Carol es Carol Sturka, protagonista de la serie, y uno de los doce seres humanos que no han sucumbido al detonante de la narración: una especie de virus que ha fundido las mentes del planeta en una conciencia colectiva perfectamente eficaz, perfectamente serena y perfectamente feliz. La escena es inquietante por el hecho de que los objetos vuelvan a su sitio tan rápido, con esa misma hipereficiencia que los retiró, pero lo que aterra de verdad es que solo una conciencia individual es capaz de devolverle al espacio su significado. El resto, fusionado en la inteligencia colectiva, habita sin habitar, camina sin recorrer, existe sin la fricción necesaria para que la arquitectura cobre sentido. Es la humanidad misma la que se ha vuelto un fantasma en su propia ciudad, una sombra tecnificada, incapaz de leer los signos espaciales que antes la ordenaban.
Es algo que revela la serie, quizá sin querer: que la arquitectura —toda arquitectura, incluso la más convencional, la más humilde— es un producto estrictamente humano. La arquitectura es un organismo simbiótico. Necesita cuerpos, decisiones, deseos, miradas. Sin ellos, la ciudad queda reducida a una carcasa eficiente. La colmena no construye calles porque trabaja con trayectos; no necesita la luz eléctrica al caer la noche porque sería un despilfarro de energía y de lúmenes; y no entiende de orientaciones porque la única orientación posible es la orientación óptima. El espacio se convierte entonces en un decorado que ya no sirve para contar historias porque ya no queda nadie que necesite narrarlas ni nadie que necesite escucharlas.
Esa idea es, en realidad, de un nihilismo elegantísimo. La desaparición de la humanidad como sujeto no pasa por la extinción del cuerpo, sino por la extinción del uso. El cuerpo sigue ahí. Respira, camina, levita en su eficacia compartida. Lo que se pierde es la conciencia que establece vínculos con lo material. Se pierde la diferencia entre un supermercado y un aeropuerto, entre una biblioteca y un garaje, entre un hogar y un almacén. Todo se pliega al mismo algoritmo silencioso.
En Pluribus, la arquitectura sobrevive, pero vacía de tensión. Un mundo sin fricción espacial es un mundo sin conflicto. Y un mundo sin conflicto, lo sabemos bien, deja de ser humano. La arquitectura —toda arquitectura, incluso la más convencional, la más humilde— es un producto estrictamente humano. Necesita cuerpos, decisiones, deseos, miradas. La conciencia se diluye en un todo indistinguible, el espacio deja de importar. Pero el punto de colisión es el mismo; el vínculo íntimo entre cómo percibimos el mundo y cómo lo habitamos deja de ser natural. Y ahí, justamente ahí, la arquitectura revela su fragilidad.
Porque si hay algo que la serie demuestra bajo su trama y su high-concept, es que la arquitectura solo existe mientras haya un sujeto que la interprete. Alguien que la recorra con la complejidad de sus memorias y contradicciones, con sus miedos, sus deseos, sus mentiras y sus relatos. La arquitectura no es un contenedor; es una red de estímulos que necesita una mente particular para cobrar sentido. Por eso, la mente colmena, al unificar miradas, destruye esa diversidad. Y también por eso, la mente escindida, al impedir que las experiencias se comuniquen, la mutila. Son dos formas diferentes de la misma desaparición. En ese sentido, la serie habla del presente. De nuestro presente. Del modo en que las ciudades empiezan a comportarse como sistemas autónomos, convertidas en decorados para recorrer, pero indiferentes a quienes viven en ellas; o del modo en que las empresas tecnológicas (y también de las otras) reducen la experiencia humana a tareas, algoritmos y métricas, eliminando así a la percepción humana como medida de la realidad. No son series de arquitectura, pero plantean una pregunta esencial, verdaderamente ontológica, sobre la comprensión del espacio: ¿Qué queda de la arquitectura, de la ciudad, cuando ya no queda nadie que necesite una ciudad o una arquitectura? O quizá más preciso: ¿Qué queda de nosotros cuando dejamos de necesitarlas? - Pedro Torrijos en el pais.es

Suena interesante. Habrá que echar un ojo a la serie antes de que los edificios dejen de tener sentido.
ResponderEliminarSaludos.
La tienes en HBOMax, ha acabado la primera tem porada, no se aún cuando vendrá la segunda, pero a serie es muy buena, del creador de Breaking Bad.
ResponderEliminarPerdón, la serie la tienes en Apple TV
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