Todo tipo de colectivos –campesinado, pasajeros de los trenes, maestros o inquilinos– siguen saliendo a manifestarse con pancartas reivindicativas, pero la pulsión de tomar las calles no es la misma que diez años atrás, en el punto álgido del proceso. En Barcelona, las cifras que divulgan los convocantes siguen añadiendo ceros a los recuentos oficiales de la Guardia Urbana, pero ahora ya no se hace ningún debate. Atrás queda aquel tira y afloja aritmético que suscitó la creación del colectivo Contrastant, que aplicaba criterios científicos al recuento de manifestantes. Màrius Serra.

La desmovilización obedece a múltiples factores, como el aburrimiento. Entre 2010 y 2020 gente que nunca antes había ido a ninguna manifestación salió a la calle más veces que un adolescente cuando descubre que las noches no son solo para dormir. Mi padre, que era cristiano pero esquivaba siempre que podía las misas, tenía una excusa perfecta cuando yo le acusaba de incoherente. Argüía que había hecho de monaguillo de misa diaria durante varios años en su Sant Guim de Freixenet natal, por lo que tenía un excedente de misas acumuladas.

La desidia de quedarse en el sofá nace de una comprensible decepción. Muchos ciudadanos catalanes se sienten ahora así con sus manifestaciones. Pueden seguir siendo tan independentistas como Bad Bunny, que le pegó un guantazo al rey Trump en su casa con la estelada independentista puertorriqueña y cantante en lengua minorizada en Estados Unidos, pero no tienen el ánimo del cantante para remover las caderas y por eso no pisan calle.

Hemos pasado de llamar por las calles a sustituirlos por los sofás en el precursor eslogan “Las calles serán siempre nuestras”. La desidia de quedarse en el sofá, con o sin mantita, nace de una comprensible decepción que, por ahora, conduce a una actitud abstencionista. La censura va dirigida a la clase política, pero también a la verdadera utilidad de llenar las calles con las mayores manifestaciones multitudinarias que se hayan visto en Europa.

La resignación impotente de los usuarios de Cercanías puede cambiar de signo en cualquier momento. Una chispa no hace fuego si antes ha llovido mucho, pero si viene precedida por una sequía pertinaz, el incendio de los sofás puede dejar en mera anécdota los contenedores ardientes de la plaza Urquinaona.