Confieso que añoro cuando Estados Unidos era hipócrita y, aunque invadía los países para quedarse con su petróleo, lo justificaba en la defensa de los derechos humanos y la democracia. El hecho de que sus más altos dirigentes defendieran esos argumentos los obligaba de alguna manera a actuar como si aquello fuera realmente lo que buscaban e imponía determinados límites a su crueldad o avaricia. Afirmar, como sucede ahora, que quieren hacerse con el control de varios países para poseer sus riquezas no supone ningún acto de transparencia, sino que sube el listón de las barbaridades permitidas. 

Ya dijo La Rochefoucauld que “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”, pues, al fingir ser honestas, las personas reconocen que la honestidad es un bien muy valioso. Por algo Luis XIV estableció unas normas de etiqueta y protocolo en Versalles, para que los nobles disimularan sus ambiciones y odios, y en esa teatralización de respeto y sumisión al monarca, germinaba una paz real, muy superior a la que habría existido sin ella.

Los filósofos nos han mostrado, asimismo, a lo largo de los siglos, cómo las virtudes morales deben cultivarse con trabajo, al igual que los músculos en el gimnasio. Las buenas acciones se practican primero en los discursos, antes de pasar a los hechos, por lo que resulta conveniente que se hable de ellas y se las defienda aun cuando la realidad –la social y la personal– se aleje del ideal.

No quiero ni imaginarme qué habría sido de la transición española sin la hipocresía, que permitió que mandos militares franquistas y dirigentes comunistas remaran en una misma dirección. Como dice Xavier Ayén en La Vanguardia, la clave es no confundirla con el cinismo. "El buen hipócrita reconoce dónde está la virtud y sacrifica la expresión de sus ideas para un bien superior… mientras que el cínico, incapaz incluso de este gesto mínimo, convierte su cobardía en lucidez fingida y su pereza moral en doctrina".