sábado, febrero 14, 2026

UNA CARRERA ENTRE DOS TORTUGAS


 Parece que la tecnología avanza rapidísimo, pero sus raíces, una ingrata y mal financiada investigación básica, crecen mucho más despacio de lo que se piensa. En la fotografía, una máquina Enigma, cuyo código descifró Alan Turing. Cordon Press, Javier Sampedro

Propone Ignacio Sánchez-Cuenca que la confianza menguante en la democracia se debe a su lentitud en adaptarse a los rápidos cambios que la ciencia impone a la sociedad. Como antiguo científico, no puedo evitar sentirme halagado por esa hipótesis, que me inviste con la agilidad de un Aquiles en comparación con la cachaza de tortuga con que se mueve el pensamiento político. A nada que lo pienso un poco más, sin embargo, me doy cuenta de que no puedo aceptar el premio. Esta carrera, en realidad, no es entre Aquiles y la tortuga, sino entre dos tortugas de lentitud exasperante. Por eso la carrera no se acaba nunca.

Los mismos ejemplos que pone Sánchez-Cuenca nos sirven para ilustrarlo. El teléfono móvil se ha hecho con nuestra rutina diaria en solo un par de décadas, es cierto, pero la ciencia que subyace a él tiene ya un siglo y cuarto. Nació en 1900 con la mecánica cuántica de Max Planck, cuando la tecnología de comunicaciones dominante era el telégrafo y la gente se seguía desplazando en coche de caballos.

El ejemplo más reciente de rapidez científica que nos viene a la cabeza es la vacuna de la covid, que estaba lista a solo un año de declararse la pandemia. Pero solemos olvidar que ello solo fue posible gracias a una ciencia que había sido desarrollada casi en solitario por dos visionarios, Katalin Karikó y Drew Weissman, que pusieron a punto la tecnología del ARN mensajero durante 20 años de investigación heroica, mal financiada y desdeñada por la industria farmacéutica y el establishment científico de la época. El ARN mensajero, por cierto, se descubrió en 1961 como consecuencia directa de la doble hélice del ADN hallada en 1953. Eso hace un total de 70 años para hacer la vacuna de la covid. Otra tortuga.

La inteligencia artificial que nos ha anegado en solo dos o tres años es un concepto publicado por Alan Turing en su artículo Computing machinery and intelligence, de 1950. El título original de la película de 2014 Descifrando Enigma, donde Benedict Cumberbatch interpreta a Turing, es 'The imitation game', que fue el nombre que dio Turing a lo que hoy llamamos test de Turing, donde un humano tiene que decidir si está hablando con una máquina o con otro humano. Hay un acuerdo general en que ChatGPT es el primer artefacto que supera el test de Turing, lo que nos vuelve a dar un plazo de 70 años entre el planteamiento del problema y su solución. ¿Eso es Aquiles? Más bien vuelve a parecer la tortuga, ¿no?

La ciencia no es rápida. La que puede ser rápida es su explotación tecnológica, siempre que los estímulos económicos estén al alcance de la mano y tengan un montón de ceros. Pero esos Aquiles dependen de una ciencia básica que no se hizo para ganar dinero, ni siquiera para resolver problemas prácticos. La física cuántica no se desarrolló para fabricar teléfonos móviles, ni la doble hélice del ADN se descubrió para curar el cáncer. Los científicos que hicieron aquello estuvieron movidos por una fuerza mucho más poderosa que la ambición, la compasión o la urgencia por cambiar el mundo. Esa fuerza se llama curiosidad, y seguramente es el verdadero motor del conocimiento, pero sus resultados son cualquier cosa menos rápidos. Son tan exasperantemente lentos como el avance de nuestros sistemas de gobernanza democrática. Insisto: una carrera entre dos tortugas.

En realidad, el desarrollo vertiginoso de la tecnología al que asistimos estupefactos tiene menos que ver con la ciencia que con la política, una política que estimula, financia y consiente la concentración de un poder económico sin límites en manos de unas pocas personas a las que nadie ha elegido para ejercerlo. Esos sí que son los Aquiles de esta fábula.

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