La publicación ese mismo año de dos trabajos inéditos de Hannah Arendt sobre el conflicto árabe-israelí en Palestina, en un momento en que este conflicto es de dramática actualidad, anima a investigar sobre la evolución que la filósofa y escritora hizo sobre el tema a través de varios escritos. Por los avatares de las circunstancias históricas que le tocó vivir, su perspectiva va cambiando, aunque siempre mantiene la preocupación y la implicación en el tema, la profundidad en el análisis y el compromiso con la verdad. Sus opiniones generaron encendidas polémicas, y tuvo que lidiar con defensores y detractores, pero ella se mantuvo firme en la posición en la que siempre se ubicó, como mujer, judía y alemana. A pesar del tiempo transcurrido, Hannah Arendt sigue siendo referente de un pensamiento comprometido. 
He recuperado este artículo de 2017, porque podría ser de hoy mismo. Avisados ​​estábamos de la barbarie israelí, como el asesinato de un matrimonio y sus dos hijos de hace unos días.

"En la puerta de Damasco, en Jerusalén, la joven palestina de 16 años Fatima Afif Abd al-Rahman Heiji, fue ejecutada extrajudicialmente por cinco soldados israelíes, que dispararon contra ella 20 veces desde distintas direcciones. Aunque la víctima cayó a recibir el primer disparo en el pecho, los soldados siguieron disparando contra su espalda mientras seguía en tierra. 
Según la versión de la policía israelí, los militares "neutralizaron" "con determinación y profesionalidad" a la niña, que les intentaba agredir con un cuchillo. Sin embargo, testigos presenciales refieren que Fátima estaba de pie, a más de 10 metros del grupo de policías y militares, cuando uno de ellos empezó a gritar "¡cuchillo, cuchillo!", alerta que dio paso a la "ejecución a sangre fría" denunciada por la Autoridad Palestina.

El suceso repite la misma pauta de hechos similares ocurridos en años anteriores; en todos ellos, según la versión de la policía israelí, los militares actúan para defenderse de supuestos intentos de agresión por parte de las menores, aunque testigos presenciales -y a veces fotos y vídeos— han mostrado que no suponían ninguna amenaza para la vida de otras personas. Así le ocurrió también a Imán al Hams, que "resultó impactado por 20 disparos en diferentes partes del cuerpo" cuando se dirigía a la escuela con dos compañeros (cadenaser.com 05/10/2004). Aunque la estructura sintáctica logre atenuar la responsabilidad de los soldados al presentar "los disparos" como agentes, que, de forma fortuita, llegan al cuerpo de la víctima, naturalmente fueron aquellos quienes, desde su torre de observación, y sin agresión o amenaza previa alguna, abrieron fuego, ocasionando que Iman huyera. En su fuga, dejó en al suelo su cartera, que fue tiroteada por los soldados, quienes dispararon a continuación, 20 veces también, contra la niña.

En bastantes casos difundidos, la cámara móvil de algún testigo recoge la dramática escena de los militares que rodean al cuerpo herido, impidiendo acercarse a ambulancias o a cualquier persona que pudiera prestar auxilio. Las víctimas mueren, en absoluto desamparo, desangrándose. A menudo, los cadáveres son retenidos y no son devueltos a la familia hasta pasados ​​algunos meses. En la foto difundida (El Español, 09/05/2017), Fátima yace en el suelo con la cara descansando sobre los adoquines de la ciudad vieja de Jerusalén, la mano en la mejilla, recogida en sí misma en un gesto definitivo de aparente paz. Alrededor, vigilantes con sus armas prestas, los hombres que acaban de matarle.

Son ya decenas de niños supuestamente terroristas quienes han sido asesinados en 2015, 2016 y 2017 por militares israelíes, la penúltima de ellos el pasado 24 de abril. Medios afines a la causa palestina señalan que, en el caso de Fátima y de otras víctimas, los propios soldados colocan el arma en el escenario. Algún vídeo muestra la estela que deja el cuchillo arrastrado hasta llevarlo cerca del cadáver. Los asesinatos ocurren en el marco de la Tercera Intifada de Jerusalén, que comenzó a mediados de octubre de 2015, respuesta palestina a las restricciones de la autoridad israelí a la entrada en la Mezquita Al Aqsa, lugar sagrado para los musulmanes.

La apelación a la "profesionalidad" y "determinación" con que los militares israelíes justifican las supuestas agresiones recuerda a los argumentos utilizados por los abogados de Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, juzgado y acusado en Israel (1961) por genocidio contra el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial y por crímenes contra la humanidad. Eichmann trató de convencer al tribunal de que el único móvil que le guio fue el del trabajo bien hecho, la obediencia y lealtad a la voluntad de sus superiores. A partir de ahí, defendió que no existía relación alguna entre sus motivaciones y el resultado de sus acciones. Por tanto, los millones de seres humanos asesinados en las cámaras de gas de Auschwitz se convertían en meros "efectos secundarios", "daños colaterales" del tan venerado "instinto de profesionalidad", virtud sagrada en la moderna ética del trabajo.

Hannah Arendt, presente en el juicio como enviada de la revista The New Yorker, acuñó la expresión "banalidad del mal" para hacer referencia a esta posibilidad de hacer el mal sin intención malévola, de forma irreflexiva (Eichmann en Jerusalén). El análisis de Arendt fue objeto de gran controversia por parte de los que consideraron que negaba la responsabilidad del miembro de las SS, a quien presentaba como un individuo perfectamente normal, sin ningún tipo de patología mental, un ser anodino, una criatura corriente, el perfecto ejemplo del burócrata puro y duro descrito por Max Weber, un hombre racional y frío que que aparta las emociones y todo lo que le distrae de sus objetivos profesionales: sensaciones, recuerdos, sentimientos... Lógicamente, ni rastro de compasión, vergüenza o culpa. Cierto es que, en todos los sistemas legales modernos, la intención de obrar mal es condición necesaria para la comisión de un delito.
Es también cierto que en estas sociedades nuestras tan complejas, caracterizadas por dinámicas con una lógica propia, la responsabilidad se difumina y la dificultad para identificar las causas y los agentes de los conflictos y de las crisis se presenta como insalvable, ya que el mundo interconectado supone la acumulación de una gran cantidad de riesgos imprevisibles a causa del contagio, a los efectos de cada caso. Innerarity). Es el nuestro un mundo sin límites, borderline, "desbocado" (Giddens), sin otra regulación que la "natural" de los mercados; un mundo de "irresponsabilidad organizada" (Beck). 
En definitiva, un mundo que necesita una redefinición de las viejas categorías, como la de la responsabilidad, de modo que, adaptada a la complejidad de nuestras sociedades, vaya más allá del problema moral de la culpa e incluya no sólo la intencionalidad, sino también los efectos, previsibles o no, de nuestros actos. De momento, difuminada la responsabilidad de los agentes de hechos monstruosos, como los perpetrados en Auschwitz, Hiroshima, Irak, Siria, Palestina, o la de los actos terroristas reivindicados por DAESH, nos queda sólo una angustiosa evidencia: "crece el mal por razones que ignoramos" (César Vallejo). Nos enfrentamos a la imposible labor de integrar en nuestra imagen del mundo y del ser humano actos brutales que chocan con nuestros esquemas cognitivos y nuestras categorías morales. Quizás para evitar la alarma, confusión, ansiedad y desconcierto que provocaría asimilar tales hechos, los medios de comunicación los hacen invisibles, como en el caso de Fátima, o los desdibujan a través de una estrategia de trivialización de la muerte (Z. Bauman). Es así como, sin un análisis riguroso de las causas profundas de los conflictos, contemplamos a diario en nuestras pantallas los asesinatos más crueles, una brutalidad desprovista de gravedad y de dolor, masacres aparentemente inexplicables, la retransmisión de bombardeos en una presentación que recuerda los juegos de la tecnología más sofisticada; o la caída de "la madre de todas las bombas" a cámara lenta, con un fondo de música cool... Por no analizar la denominación de las operaciones de guerra: "Arco iris sobre las nubes", "Hierro naranja", "Espíritu del otoño", "Paso oriental", "Primera lluvia", "Cielos azules", "Cielos azules." que provocan en nuestra mente, una inquietante disonancia cognitiva. 
Sin embargo, esta trivialización de la muerte no conjura el efecto devastador del mal, solo lo difumina y lo expande, permitiendo penetrar por las grietas más sutiles de nuestra desasosegada vida cotidiana. Naturalizándolos, quitándoles gravedad, permitimos que los males "se hinchen y se agranden". Y aunque, concretamente, nadie sea responsable, todos somos una amenaza para los demás. Ya no necesitamos demonios: cualquiera de nosotros, en las circunstancias apropiadas, puede transformarse en un monstruo. 
Y el mal yace, latente, en el sitio más insospechado. Es el precio de la falta de conciencia y de la evitación de la responsabilidad: podemos vivir una existencia donde el mal y la muerte se han trivializado, pero no conseguimos escapar del miedo, porque "mal y miedo son gemelos siameses... quizás sean incluso dos nombres diferentes para una misma experiencia: uno de ellos se refiere a lo que vemos o se oye; mundo, y el otro en el interior "Bauman). No miraremos el cuerpo acribillado de Fátima, nos liberaremos de ese desgarrador dolor garantizando la comodidad y el orden de nuestra vida, pero esperaremos ansiosos al enemigo al doblar cualquier esquina".