Dieciocho metros cuadrados. Una cama individual, una cocina mínima, una mesa, un armario pequeño, una nevera (también pequeña), una lavadora y hasta un piano. Todo en un único espacio. Para muchas personas ese escenario sería sinónimo de estrechez, renuncia o precariedad. Pero para la comunicadora y experta en finanzas personales Cristina Dayz (Barcelona, 1993), que acaba de publicar el libro Aprende a gastar (Aguilar, 2026), supuso justo lo contrario, una liberación. La experiencia de Dayz, que vivió dos años en ese espacio, podría parecer anecdótica, pero condensa una idea cada vez más presente en el debate contemporáneo sobre el consumo y el bienestar: la posibilidad de que la felicidad no esté en acumular, sino en simplificar.
Para Dayz, el frugalismo no tiene que ver con vivir en la escasez ni con privarse de todo placer. “Es tener muy claro qué te aporta valor real y felicidad en la vida, y saber decir que no a todo lo demás. Dicho así suena obvio, casi de taza motivacional”, afirma. “El problema”, explica, “es que ese ‘todo lo demás’ ocupa hoy casi todo el espacio vital. En una sociedad basada en un consumismo desaforado como la actual, hacerlo no es tan fácil como parece”.
Pero, ¿y qué hay de disfrutar de la vida? ¿Para qué trabajamos? Ante estas posibles cuestiones, defiende que el truco está en convencernos de que, muchas veces, menos es más. “Poseer menos cosas no te convierte automáticamente en un tacaño ni en un desgraciado”, señala. “Simplemente supone cuestionar algo que nos han vendido como normal: comprar todo el rato. Y quizá eso de gastar siempre no es tan normal ni tan sano como parece”.
Vivimos inmersos en un entorno económico donde gastar y poseer es sinónimo de éxito y no hacerlo se interpreta como señal de incapacidad o fracaso. “Si lo guay, lo normal y lo deseable es gastar, gastar y gastar, cualquiera que vaya a contracorriente es visto como alguien que no puede, no quiere o no sabe disfrutar”, apunta la autora. Sin embargo, esa lectura ignora una realidad básica de la que ella está convencida: “Tener menos libera muchísimo espacio mental. Hay menos ruido, menos preocupaciones, menos decisiones absurdas y más tiempo y energía para lo que cada uno considera realmente importante”, asegura.
En ese contexto, la frugalidad dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una herramienta práctica para vivir con menos miedo y más control. “Por un lado, necesitaba una mentalidad que me permitiera ser feliz con poco. Por otro, tenía claro que tenía que aprender de finanzas para no vivir con angustia constante. Pensando si podría pagar el alquiler, la comida o, en un futuro, tener hijos. También necesitaba dinero para comprar tiempo de cara a mejorar mi situación laboral, profesional y mi estabilidad”, explica quien también da consejos sobre finanzas personales en YouTube en un canal que cuenta con unos 75.000 suscriptores. El frugalismo fue su base para lograrlo.
Una de las claves del pensamiento frugal, en su opinión, es cambiar la forma en la que medimos el precio de las cosas. En su libro, insiste en que es muy útil pensar en los precios no en términos de dinero, sino de tiempo. “El dinero solo es la unidad de medida”, explica. Cuando ese cambio de perspectiva se interioriza, el consumo deja de ser tan automático. Lo ilustra con un ejemplo cotidiano: “Imagina que cobras 12 euros la hora. Tu trabajo no te apasiona, pero tampoco lo odias. Y, además, pierdes una hora y media al día en desplazamientos. Un día se te antoja hacer un pedido de comida a domicilio que cuesta 30 euros. Pero esa comida no cuesta 30 euros: cuesta unas dos horas y media de tu tiempo. Horas durante las que trabajas, te desplazas, te cansas. Normalmente alguien dirá: ‘Bueno, para eso trabajo’. Mi respuesta suele ser: no exactamente”.
La autora defiende que no trabajamos para gastar “por inercia”, trabajamos para poder vivir una vida que nos haga sentir bien según nuestras preferencias. “Y, siendo honestos, pedir comida a domicilio en la mayoría de ocasiones apenas nos aporta valor, salvo en momentos muy concretos. Es solo un ejemplo y mi opinión, quizá a otra persona sí que le aporte mucho, y eso es fantástico. No quiero moralizar el gasto, sino hacerlo consciente”. Según la experta, cuando calculas el precio de las cosas en tiempo, y no en dinero, empiezas a tomar decisiones mucho más alineadas contigo mismo. “Descubres qué merece realmente tus horas de vida y qué no”, apunta.
La simplificación material tiene también un impacto directo en el bienestar psicológico. “Tener menos libera muchísimo espacio mental”, asegura Dayz. Menos objetos implican menos decisiones, menos mantenimiento y menos estímulos constantes. “Vivir en espacios más pequeños implica menos cosas que comprar, menos cosas que mantener y menos tiempo dedicado a limpiar, ordenar o gestionar objetos”, ejemplifica. No se trata solo de una percepción subjetiva: “Tener menos posesiones reduce la sobreestimulación visual y genera una sensación de orden y armonía que el cerebro agradece muchísimo”. Para ella, esta es una de las claves menos visibles del frugalismo: su capacidad para devolver la calma en un entorno permanentemente sobrecargado.
La autora también recomienda rodearse de personas que estén en una situación similar. “Dicen que eres la media de las cinco personas con las que más te relacionas, y yo llevo constatando esta máxima toda mi vida”, asegura. “Si quieres cambiar aspectos que son difíciles para ti, ponte al lado de gente que piensa como tú, que está en lo mismo que tú, que te dará o compartirá esa energía, esas conversaciones. Personas con las que no te sientas un perro verde o que te juzgan si hablas de dinero”.
“Y un consejo, sobre todo, es no intentar recortar todo de golpe. El frugalismo no va de hacerlo perfecto, sino de hacerlo sostenible en el tiempo”, aclara. Por lo que ha de ser un proceso lento. “Empieza por observarte, no por castigarte”, apunta para terminar. “El resto irá llegando”.
Conste en acta que en este blog ya hablaba en 2013 de la SOBRIEDAD.

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