Recordarán, quizás, la historia que contaba Canetti en su libro La conciencia de las palabras. Por casualidad había encontrado una nota suelta de un autor anónimo, fechada el 23 de agosto de 1939, una semana antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Decía: "Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra". Al principio, la nota le parecía absurda y pretenciosa. Tenía la misma retórica hueca de quienes con sus frases, decía Canetti, provocaron conscientemente la guerra. Sin embargo, días después seguí pensando en la frase. El extraño comienzo: “Ya no hay nada que hacer”, expresión de una derrota total y desesperada en un momento en que debían iniciarse las victorias. Y luego ese “pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra” que, examinado más de cerca, contenía lo contrario de una fanfarronada, era la confesión de un fracaso absoluto. La confesión de una responsabilidad, precisamente allí –y esto era lo sorprendente del caso– donde menos cabría hablar de responsabilidad en el sentido habitual del término. En su desesperación, el autor se acusaba a sí mismo, no a los verdaderos causantes. Canetti concluyó reivindicando la necesidad de que existieran personas que se impusieran a sí mismas esa responsabilidad por las palabras.
Pese a todo, las palabras son poca cosa. Aunque todas las personas se impusieran tal responsabilidad en sus textos, no lograrían mover un solo barco cargado de diésel. No obstante, pensemos un poco en las palabras.
Donde más cabría esperar responsabilidad - Belén Gopegui - BLOG SEGUNDA CITA

Creo que los mecanismos que provocan una guerra se empiezan a poner en funcionamiento bastante tiempo antes de que esta estalle. Luego, ya en el momento en que los ejércitos y los compromisos de compra de material de guerra, incluyendo armamento y combustible, empiezan a funcionar es casi imparable. Eso dicen.
En todo caso, no estaría mal que se pudieran parar.
Me temo -y soy un fiel lector de Canetti- que ni los escritores ni los papas ni los buenistas ni cualquier que clame paz paz para la violencia de los Estados. Eso que se llama guerra cuando se enfrentan entre sí. Además siempre viene todo de más atrás. Los adoctrinamientos en el odio y la utilización de las ideas o de las palabras o de las leyes para perseverar en este van generando la espiral. Unas veces provocando guerras interiores, civiles, otras chocando con el vecino. Leo hoy que la extrema derecha cunde cada día más en la religión y veo las cofradías y los cofrades y me quedo pensando.