LAS VALQUIRIAS Y SUS ACREEDORES


Zúrich. La escena podría pertenecer a una novela romántica del siglo XIX: un compositor alemán, perseguido por sus acreedores, se refugia en una cabaña aislada en el bosque. Afuera, la noche es fría y silenciosa. Dentro, la luz temblorosa de una lámpara ilumina a un hombre que escribe con una mezcla de urgencia y furia creativa. Ese hombre es Richard Wagner, y la música que nace esa noche se convertirá en una de las piezas más reconocibles de la historia: La cabalgata de las valquirias.
Wagner, hoy considerado uno de los pilares de la música occidental, vivió gran parte de su vida atrapado en una espiral de deudas. Su ambición artística, unida a un estilo de vida costoso y a una relación complicada con el dinero, lo llevó a enfrentarse repetidamente a la amenaza de prisión por impago. 
En 1849, tras participar en la revolución de Dresde, huyó de Alemania y encontró refugio en Suiza. Pero ni siquiera el exilio lo libró de sus problemas económicos. Los acreedores seguían sus pasos, y el compositor se vio obligado a esconderse en varias ocasiones para evitar ser detenido.
Fue durante uno de esos episodios de huida cuando, según relatan diversas biografías, Wagner se instaló en una pequeña cabaña cerca de Zúrich. Allí, aislado y bajo una presión económica asfixiante, trabajó durante horas en una partitura que ya rondaba su mente desde hacía tiempo. La anécdota —mitificada con los años, pero coherente con el carácter del compositor— sostiene que la obertura de La valquiria tomó forma definitiva en una sola noche. El resultado fue un torbellino musical que evocaba caballos galopando, diosas guerreras y un destino inexorable.
“La cabalgata de las valquirias” trascendió rápidamente el ámbito operístico. Su fuerza rítmica y su carácter épico la llevaron al cine, a la publicidad y a la cultura popular. La escena de Apocalypse Now en la que helicópteros estadounidenses atacan una aldea vietnamita al ritmo de la música de Wagner consolidó su estatus icónico. Paradójicamente, una obra nacida en la precariedad económica de su autor se transformó en un emblema de grandeza y dominio.

 


PHILIP MORRIS EN SILICON VALLEY


  Una niña de diez años entra en un bar y pide un paquete de Philip Morris. El barman le pregunta qué edad tiene. “Dieciocho años”, miente la menor. “No me lo acabo de creer, pero si me lo ha dicho, será cierto”, piensa el barman mientras le cobra el paquete. Sustituya el bar por Instagram, el barman por Mark Zuckerberg y la niña por Kaley, una chica de California que creó su cuenta en YouTube con seis años y en Instagram con nueve.

Kaley ha llevado a los tribunales a Alphabet y Meta, las respectivas matrices de ambas plataformas. Los documentos internos de Meta presentados en el juicio –un proceso en el que incluso el propio Zuckerberg declaró– demuestran que la empresa tecnológica sabía que Instagram era perjudicial para los menores y decidió no hacer nada. Tenían informes internos, y callaron mientras Kaley desarrollaba ansiedad, dismorfia corporal y pensamientos suicidas. Este 25 de marzo, el jurado del Tribunal Supremo de Los Ángeles

ha condenado a Meta y YouTube a pagar seis millones de dólares en concepto de daños. Al día siguiente, otro jurado en el estado de Nuevo México condenaba a Meta a pagar 375 millones por violar las leyes estatales de protección de la infancia en un caso similar.

El discurso de las redes sociales del siglo XXI se asemeja al del tabaco del XX

La sentencia de Los Ángeles es la primera de una serie: hay unos 2.000 casos similares esperando turno a los tribunales de EE.UU. El sociólogo Jonathan Haidt, autor de The anxious generation (La generación ansiosa, Deusto, 2024), lleva años documentando el descenso de los indicadores de salud mental juvenil a partir de 2012, cuando coincidieron por primera vez móviles, redes sociales y conexión omnipresente. Algunos lo llaman ya el momento del tabaco de la tecnología, análogo al de noviembre de 1998, cuando la industria tabacalera tuvo que aceptar, ante los tribunales, que el tabaco era perjudicial, que lo sabían y que lo habían escondido deliberadamente.

El discurso de las redes sociales del siglo XXI se asemeja demasiado al del tabaco del XX: campañas de relaciones públicas, informes encargados a conveniencia y externalidades negativas socializadas mientras los beneficios son bien privados. No es un error de diseño; pasa por diseño: scroll infinito, reproducción automática, filtros de belleza que distorsionan la realidad, notificaciones en todo momento… un combinado pensado para maximizar el tiempo de pantalla, especialmente de los más jóvenes. 

Los veredictos de los tribunales estadounidenses deberían ser una advertencia para Europa. No es que no tengamos regulación —el DSA, el GDPR y las iniciativas de acceso de menores, entre otros ejemplos recientes—, sino que tenemos mucha norma y poca ejecución. ¿No dicen que debemos copiar la innovación de EE. UU.? Pues copiamos también la de sus tribunales. Con lo que el momento del tabaco ha llegado a las redes sociales. -  Josep Maria Ganyet en la vanguardia.cat.


ODIAR NO ES DELITO, SALVO EN ESPAÑA


 Odiar no es delito. No es ni siquiera un acto ilícito. Puede ser desagradable, nocivo para el estómago y tóxico, pero no es un crimen. Tampoco lo es expresarlo. Aunque nos afecta, lo decía Fuster.: Me odian, y eso no tiene importancia, pero me obligan a odiarlos, y eso sí que los tiene.

El delito de odio quedó incorporado al Código Penal en 1995 después de una lucha de varios colectivos con la intención de proteger a varias minorías de ataques por motivos racistas u otros referentes a la ideología, religiosos, de orientación o identidad sexual, por razón de género o discapacidad.  Si alguien siente antipatía y aversión hacia alguien y le desea el mal, es decir, si siente odio, tal y como lo define la RAE, no está cometiendo ningún delito. Odiar no es delito. Es más, todos tenemos incluso el derecho a odiar, como el derecho a amar. Tenemos derecho a sentir "antipatía y aversión" hacia nuestra cabeza, hacia los homófobos, hacia el colectivo LGTB, hacia los machistas y las feministas. El odio es libre y, sobre todo, es humano, depende pues, de cómo se manifieste y aún así estamos en nuestro derecho, o deberíamos tenerlo. Pero, una vez más, desde el Partido Popular y la judicatura se lleva más allá de los límites la interpretación de la ley, si esto les sirve para sus propósitos oscuros, aunque suponga vulnerar un derecho tan fundamental como el de la libertad de expresión y se usa y abusa impunemente del "delito de odio". 

El concepto del discurso del odio es un caballo de Troya contra la libertad. En Libertad de expresión (Ladera Norte), Jacob Mchangama señala una curiosa rima de la historia. Cuando los abolicionistas criticaban la esclavitud, uno de los argumentos para justificar la censura de su discurso “incendiario” era la difamación contra un grupo o asociación. El jaleo prefiguraba la idea del discurso del odio: un senador se quejaba de que los textos abolicionistas “contienen reflexiones que hieren los sentimientos” de los del sur; estaban siendo "profunda, vil y maliciosamente calumniados". Es más relevante la advertencia de Eleanor Roosevelt, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Defendía que sólo se proscribieran las apologías del odio nacional o religioso que incitaran a la violencia, y criticaba la propuesta soviética de prohibir el discurso del odio: “Cualquier crítica a las autoridades públicas y religiosas podría ser considerada con demasiada facilidad incitación al odio y, en consecuencia, prohibida”. Acertó: el discurso del odio es una categoría confusa que sirve para casi cualquier opinión que no nos guste.

La denuncia del discurso del odio sirve para estigmatizar y para que el poder fiscalice a los ciudadanos: es lo que proponen plataformas como Hodio. Josu de Miguel se preguntaba si el Gobierno tratará los datos sin nuestro consentimiento y si ya no está vigente en España la prohibición de tratar datos que puedan revelar opiniones políticas. Germán Teruel alerta del “potencial liberticida” de la combinación de Hodio y la ley europea de servicios digitales: por un lado, el incentivo de las plataformas es actuar “con el mayor celo censor para evitar problemas”; por otro, las herramientas están en manos de "órganos políticamente influenciables". ¿Quién defenderá el odio, que Spinoza definía como una tristeza acompañada por una causa externa? Quizás el propio filósofo neerlandés, que escribió que “en un Estado libre está permitido que cada uno piense lo que quiera y diga lo que piensa”.

Todo esto que he escrito es referente a los países democráticos, por lo tanto, no tiene nada que ver con España, donde por cualquier memez o  necedad puedes ser acusado (y condenado) por delito de odio. Que se lo pregunten a Pablo Hasél, Jair Domínguez y otros artistas o periodistas enjuiciados o condenados por causas a menudo iniciadas por Manos Limpias o Abogados (presuntamente) cristianos. Eso sí, este hecho es transversal, afecta solo a los miembros de izquierda o extrema izquierda, derecha y extrema derecha están exentos de condena por delito de odio. País. 


LA CARA OCULTA DE LAS MISIONES ESPACIALES


 ¿Desde qué prioridades y bajo qué lógica se organiza la exploración espacial? Ninguna expansión es neutra y ninguna tecnología es inocente respecto a los fines que sirve: Confieso que escribir sobre la actual expedición a la cara oculta de la Luna me obliga a atravesar una biografía entera marcada por la fascinación. Desde aquel 20 de julio de 1969, cuando la misión Apolo 11 llevó a Neil Armstrong a pisar nuestro satélite, he participado, como tantas otras personas, de una auténtica “astronautofilia”, alimentada por novelas, películas y reportajes que celebraban la llamada “conquista del espacio”. Sin embargo, hoy siento una incomodidad creciente que se convierte en rechazo abierto de esta nueva carrera lunar. Imanol Zubero - Sociólogo

Se habla de instalar bases permanentes en la Luna, como si la expansión fuera un destino inevitable de la humanidad, mientras en la Tierra seguimos siendo incapaces de garantizar algo tan básico como el acceso universal a una vivienda digna. La promesa de habitar otros mundos contrasta brutalmente con nuestra incapacidad para vivir justamente en este. Se nos habla también de explotar recursos lunares, proyectando más allá de la atmósfera una larga historia de extractivismo. La Luna aparece, así, como una nueva frontera disponible, una extensión del mismo impulso que ha devastado territorios y comunidades en la Tierra para sostener modos de vida claramente insostenibles.

Hay, además, un elemento que rara vez se enuncia con claridad: el retorno de la lógica de bloques y de competencia entre potencias al terreno espacial. Estados Unidos, China o Rusia no solo compiten por el prestigio científico, sino por posiciones estratégicas en lo que ya empieza a perfilarse como un nuevo tablero geopolítico. La historia de la carrera espacial durante la Guerra Fría confirma que estos procesos nunca son ajenos a intereses militares, y no faltan indicios de que el espacio puede convertirse en un ámbito de proyección de poder, vigilancia e incluso eventual conflicto.

En paralelo, emerge una cuestión menos visible pero igualmente decisiva: el desigual reparto de costes y beneficios. Buena parte de estas misiones se financian con recursos públicos, movilizando enormes inversiones estatales en nombre del progreso colectivo. Sin embargo, los beneficios derivados de las mismas -tecnológicos, comerciales o, en su caso, extractivos- se concentran en actores privados, especialmente en grandes corporaciones aeroespaciales y tecnológicas. Se perfila así una dinámica conocida: socialización de los costes, privatización de los beneficios.

Y, en un registro más bajo, casi susurrado, asoma otra posibilidad inquietante: la de que esta expansión no sea tanto un proyecto colectivo como una vía de escape para las élites tecnofeudales. La hipótesis formulada por Bruno Latour en Donde aterrizar resuena aquí con fuerza: la construcción de hábitats radicalmente “off-shore”, desconectados de cualquier obligación común, desde los que continuar aplicando dinámicas de acumulación por desposesión. 

Un capitalismo caníbal que, llevado al límite, fantasea con sobrevivir a la devastación que él mismo ha contribuido a generar.

Sería intelectualmente deshonesto ignorar los argumentos en sentido contrario. Quienes defienden estas misiones apelan al valor del conocimiento científico, al desarrollo tecnológico derivado y a la necesidad de ampliar el horizonte de la especie ante riesgos existenciales. También señalan que la exploración espacial ha sido, en ocasiones, un terreno de cooperación internacional y un motor de innovación con efectos indirectos positivos en la vida cotidiana. Pero incluso concediendo parte de razón a estas defensas, la cuestión de fondo permanece intacta: ¿desde qué prioridades y bajo qué lógica se organiza esa expansión? Porque ninguna exploración es neutra, y ninguna tecnología es inocente respecto a los fines que sirve.

El problema no es que miremos hacia la Luna, sino cómo y desde dónde lo hacemos. Si la mirada está guiada por los mismos procesos que han producido la crisis ecológica y social actual, entonces la expansión no será una salida, sino una prolongación del problema en otro escenario. Y aquí es donde la vieja fascinación se resquebraja definitivamente. No porque hayamos dejado de admirar la capacidad humana para ir más allá, sino porque resulta evidente que no hay “más allá” que pueda sustituir la tarea pendiente de habitar con justicia los límites de este mundo.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/opinion/cara-oculta-misiones-espaciales - Imagen de portada: Fotograma de la película 'El primer hombre', sobre la llegada de Armstrong a la luna.


ESPERANDO EL APOCALIPSIS


¡Ah!. No pasa nada, nadie viene, nadie se va, ¡es horrible!, exclaman Vladimiro i Estragón mientras esperan a Godot, aunque ellos al menos saben o intuyen que este no aparecerá, mientras que nosotros sí sabemos qué pasa, y pasan muchas cosas malas y pocas buenas.

En Canal Sur, el presidente Juanma Moreno Bonilla es entrevistado en la puerta de acceso a la plaza de la Maestranza con una deferencia más cortesana que periodística. Domingo, día de corrida, con un cartel rutilante de matadores. Los nombres de los toros parecen inspirarse en los juicios del caso Kitchen y de José Luis Ábalos: Golfante, Custodiador, Foráneo, Gentil, Francés, Corchoso, Chumbo y Espartano. Y el público, en pie, ovaciona afectuosamente al rey emérito Juan Carlos I, no se sabe si por patriotismo o porque, ahora que empieza la campaña de la renta, envidian su estatus fiscal. Mientras tanto, Irán y EE.UU. intercambian ultimátums y mentiras. Que en las sobremesas de estos días se haya hablado del estrecho de Ormuz resulta tan alarmante como sintomático. La amenaza del colapso extiende sus tentáculos con un despliegue creciente de previsiones catastrofistas. Abundan los colapsólogos, expertos en nada, que asustan y confunden al personal. Mientras tanto, el loco pelopaja ha retardado 15 días la destrucción total de Irán y un alto al fuego con la mediación de Pakistán. En Madrid, se están llevando a cabo dos juicios a la vez. Estos juicios son para 'lelos', pero M. Rajoy y María de los Dolores de Cospedal se van de rositas. Alemania prepara su ejército, mientras Pedro Sánchez celebra el 22, Y el Madrid sobrevive agónico al Bayern.
Dime que me amas, aunque sea mentira, decía Montserrat Roig, pero en estos tiempos tan revueltos no hay lugar para el amor, el apocalipsis está demasiado presente y los antiguos fantasmas de la Guerra Fría planean de nuevo sobre el planeta. Definitivamente, el siglo XXI no será el siglo de las humanidades como creía el padre de Louis Pawels. El último que apague la luz.


TRAS EXTREMISTÁN, ALCANZAR MESURISTÀN

 ¿Qué es un Cisne Negro? Lo que el ensayista Nassim Taleb llama un Cisne Negro no es un ave, sino un suceso que tiene las tres propiedades siguientes:

    1.    Es una rareza que habita fuera del reino de las expectativas normales, porque no hay ningún elemento en el pasado que apunte de forma convincente a su posibilidad.

    2.    Produce un impacto extremo con consecuencias importantes para nuestras vidas.

  3.  Está caracterizado por la predictibilidad retrospectiva. Es decir, no podemos predecirlo antes de que suceda, pero una vez que ocurre, pensamos que “lo habíamos visto venir”.

Hay muchas cosas que no somos capaces de predecir, pero que pueden cambiar nuestra vida por completo. El filósofo y poeta ecosocialista, Jorge Riechmann (en la foto), impartió en 2013 una conferencia en el Fòrum de Debats de la Universitat de València. Trece años después, vale la pena releerla, aunque sea para ceriorarse de que lamentablemente no se le ha heho mucho caso.

En “El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable” (Ed. Paidós Ibérica, 2008), el ensayista y financiero de origen libanés Nassim Nicholas Taleb pergeña las categorías de “Extremistán” y “Mediocristán”, que Jorge Riechmann recupera para señalar que el ser humano de hoy “vive entre extremos” (“extremistán”), en un mundo crecientemente complejo, dominado por el vértigo de un capital enloquecido y que ha perdido toda mesura (“Mediocristán”). Frente a ese panorama, hace falta una ética “fuerte”, colectiva y vinculada a la política, pues la ética “individual”, aunque importante, no alcanza para dar respuesta a los problemas estructurales que padece la humanidad.

Así puede resumirse la conferencia impartida por el filósofo, traductor literario y poeta ecosocialista, Jorge Riechmann, en el Fórum de Debats de la Universitat de València, titulada “¿Moderar extremistán? Sobre el capitalismo y el papel de la ética en la crisis civilizatoria”.

Riechmann suele hilvanar un discurso complejo, preciso y moteado con abundantes citas. Para explicar la noción de “extremistán” y su aplicación al mundo actual se apoya en un texto de J.A. González, C. Montes e I.Santos (“Capital natural y desarrollo: por una base ecológica en el análisis de las relaciones Norte-Sur”, en Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global): “Las alteraciones inducidas por el ser humano a partir de la Revolución Industrial han sido de tal magnitud que algunos autores se refieren ya a nuestra época como a una nueva era geológica: el Antropoceno. En ella, el impacto de las actividades humanas se deja sentir en prácticamente todos los sistemas naturales y los cambios tienen lugar con una mayor velocidad e intensidad que en el pasado, con consecuencias impredecibles tanto para los sistemas naturales como para las sociedades humanas”.

Así, “vivir en el Antropoceno significa desarrollarse en un contexto de cambios intensos, rápidos y globalizantes que delimitan un horizonte de gran incertidumbre e impredecibilidad que, por lo general, ni los individuos ni las instituciones están preparados para afrontar”.

A juicio de Jorge Riechmann, moderar “extremistán” supondría “mesurar la economía, la ecología, la demografía y la loca dinámica en la que nos encontramos”. O aplicar el título de uno de sus últimos ensayos, tomado del Chile de la Unidad Popular, “El socialismo puede llegar sólo en bicicleta” (Los Libros de la Catarata, 2012). Para controlar el sistema económico y científico-tecnológico, “nos hace falta Política en sentido fuerte, como ética de lo colectivo y democrática”. Pero también, a veces, “bastaría reivindicar la bicicleta en lugar del avión a reacción o el misil intercontinental”, subraya el profesor de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid. Hace tres años, Jorge Riechmann tituló una conferencia en el Jardín Botánico de Córdoba de una guisa similar: “Lo sencillo es hermoso”. En una época en que “niveles de complejidad cada vez mayor tropiezan con limitaciones inherentes en nuestra capacidad para gobernarla”.

En resumidas cuentas, el mundo de hoy afronta tres cuestiones cruciales, según el coordinador del libro “Meter al dinero en cintura” (Ed. Icaria). Primero, pasar de una “moral de proximidad” a una “moral de larga distancia”; además, se impone la necesidad de referencias externas “fuertes”, en sentido intelectual, moral y espiritual, para sofrenar el rapidísimo desarrollo de “extremistán” en los últimos cinco siglos, y particularmente en las tres últimas décadas neoliberales; por último, con el fin de alcanzar “mesuristán, se impone adquirir conciencia del “choque” de las sociedades industriales con los límites biofísicos del planeta.

¿Con qué ética enfrentarse a estos enormes retos? Una polémica suscitada en el blog de Riechmann (“Tratar de comprender, tratar de ayudar”), en el que el autor contrasta pareceres con uno de sus lectores, esboza los perfiles. Escribía el ensayista el 2 de octubre: “En ética ecológica, la gran cuestión moral no es “qué hago frente al contenedor de reciclaje”, sino “qué hago frente a la sede bancaria”. Lo que se encuentra detrás de la devastadora crisis ecológica que está arrasando la biosfera es la dinámica autoexpansiva del capital”. Es decir, la ética individual (sin acción colectiva) no basta para romper con las estructuras de la dominación capitalista.

El lector/interlocutor responde (en el mismo blog) que ante el dolor, ante el mal, “necesitamos más concreción, que sí que encuentro cuando se trata de apelar a la responsabilidad de cada uno, pero muchas son las veces que el roto se cose con un banco o un político del PP. Porque el problema no es señalar a la banca, sino saber por qué cobramos por los bancos en nuestras cuentas corrientes”.

A lo que zanja Riechmann: “La autoconstrucción no es una tarea sólo individual: es también una tarea social (de hecho, en cierto importante sentido, es social antes que individual). La espiritualidad en la “ciudadela interior” (Marco Aurelio) deber ir de la mano con los movimientos de masas. Si no lo logramos, se pierde la espiritualidad y se pierden los movimientos de masas”. Además, “nuestro drama es el retroceso constante en nuestras capacidades de acción colectiva, desde hace decenios”.

De hecho, si la ética no manifiesta una continuidad con la política puede convertirse en una forma de autoengaño. Porque puede plantarse un dilema moral en torno a utilizar (o no) el contenedor de reciclaje, pero lo cierto es –apunta Jorge Riechmann- que en las sociedades industriales la basura doméstica representa únicamente el 3% del conjunto de residuos. Por eso, el dilema moral del contenedor, sin más, entendido como cuestión personal, no pasa de ser una “maniobra de distracción para llenar de impotencia a individuos aislados”, apunta el filósofo. Además, es un modo de pensar que engarza con la ideología del individuo narcisista. De un modo lapidario lo condensa el crítico literario y de la cultura, Terry Eagleton: Tú puedes olvidarte del sistema pero seguro que el sistema se va a olvidar de ti. O, como afirma Riechmann, “no hay refugio en la ética individual al loco desarrollo del capitalismo”.

Uno de los fenómenos más en boga hoy, como puede advertirse en los anaqueles de librerías y centros comerciales, es la “autoayuda”. Libros que pretenden sencillas terapias, basadas muchas veces en psicología “de ocasión”, se convierten en grandes éxitos de venta. El fenómeno cobra sentido, a juicio de Riechmann, “en una cultura con tanta desagregación y fondo nihilista como la actual, donde una corriente básica es que los problemas colectivos se perciban como inercias individuales; Hay un enorme dispositivo organizado desde arriba en ese sentido”. Se trata, otra vez, de que los problemas estructurales se observen como individuales. “Si hubiera más ateneos populares y construcción de subculturas por parte de los movimientos sociales, no se abriría tanto el terreno a libros con respuestas predigeridas para las angustias de la gente”, subraya el poeta.

En la obra de Aristóteles, “ética” y “política” ya aparecen interconectadas (la existencia del ser humano sólo cobraba sentido en la Grecia clásica inserta en la polis); en el marxismo, la vida del individuo está condicionada por la estructura económica y por su adscripción a una clase social (según su relación con los medios de producción). En Manuel Sacristán y Paco Fernández Buey, con quienes Jorge Riechmann compartía un marxismo “abierto”, la política viene a definirse como ética de lo colectivo. De lo contrario, en el campo restringido de la ética individual, hay cuestiones irresolubles. Por ejemplo, ¿qué fuentes de energía, y con qué criterios, se priorizan para el consumo de un país?

Tampoco las actuales tendencias “genocidas” y “biocidas” pueden explicarse, según Riechmann, por rasgos psicológicos o impulsos individuales. “La razón reside en el capitalismo financiarizado”. James Tobin, cuyo apellido bautizó la célebre tasa sobre el capital financiero que nunca entró en vigor, contaba cómo para un banquero que conoció, su más largo plazo eran diez minutos. Esta afirmación, en un tiempo en que la información y las redes sociales corren a la velocidad de la luz, tiene “clarísimas consecuencias estructurales”.

Ciertamente, está al alcance de un individuo autorregularse y moderar sus necesidades de consumo. Incluso ingresar en hábitos “decrecentistas”. Sin embargo, “hay transnacionales que invierten enormes sumas para generar y afianzar esta cultura productivista y derrochadora”, explica Riechmann, autor de una treintena de ensayos (en solitario o en colaboración) sobre ética medioambiental, ecología política y pensamiento ecológico. Por ejemplo, en el caso del “negacionismo climático”, se esconden detrás de esta consigna unos intereses infinitamente más poderosos que una aislada acción individual.

Hay quien asegura –las eternas querellas antopológicas- que el ser humano se caracteriza por una “ambición ilimitada”, la que explicaría los escenarios de guerra y la imposibilidad del socialismo. Pero, responde Riechmann, recurriendo a Aristóteles, que puede encauzarse esta ambición mediante las buenas costumbres o las leyes justas. De hecho, “casi todas las culturas han afirmado la necesidad de desear bien en contraposición al deseo irrefrenable, que siempre se ha intentado canalizar; con excepción de la cultura occidental mayoritaria hoy, que nos conduce a un mundo terrible y hobbesiano”. El gran reto, por tanto, alcanzar “Mesuristán”. “¿Seremos capaces?”, concluye Riechmann.


Una ética colectiva frente al enloquecido “Extremistán” - diciembre 17, 2013 - Enric Llopis - Rebelión - Imagenes: tiemposcanallas.com 


MASCLETÁ ESPACIAL


 Artemis II, no es la misión tripulada que ha llegado más lejos, y sí es cierto que han visto la cara oculta de la Luna, solo que esta, está cartografiada en un 99% desde hace tiempo. Los astronautas del Apolo 13 sí pasaron por la cara oculta de la Luna, pero no pudieron verla. Aunque rodearon el lado oculto, la nave estaba orientada de forma que no tenían ventanas apuntando hacia la superficie lunar, así que no llegaron a observarla directamente. La misión tripulada del Apolo XIII, que llegó aún más lejos de la Tierra, fue por un problema técnico, que en 1970 alcanzó unos 400.171 km de distancia debido a la trayectoria de emergencia que tuvo que seguir. Artemis II está diseñada para llevar a los astronautas a una distancia algo menor que la de Apolo 13, aunque sigue siendo la misión tripulada más lejana desde 1972.

El objetivo de Artemis II, es probar la nave Orión y el cohete SLS, no romper récords, comprobar vibraciones, el cohete más potente en activo que es la primera vez que lleva humanos. Según la NASA necesitan comprobar vibraciones, cargas, perfiles de aceleración, navegación en espacio profundo. Comunicaciones más allá de la órbita lunar, etc.

En resumen, la misión del Artemis II es un paseo por el espacio como el que se dan los muy millonarios con los cohetes de Musk, una mascletá espacial con un claro mensaje político para mostrar músculo frente a China. Que la NASA haya vestido este viajecito como algo excelso, extraordinario, un hito, es parte de su autobombo. Un autobombo que no ha evitado que la administración Trump reduzca su presupuesto en un 23%. Y aquí sí que Houston tiene un problema.

Veremos si el Artemis III consigue dejar unos cuantos colonos fijos en la Luna, allá por el 2030, dicen. Y eso si que tendrá importancia, lástima que David Bowie no les pueda dedicar ninguna canción. Ah! por cierto, la luna es hija de la tierra.

Fuentes todólogo +IA - Los nazis estuvieron ya en la luna en 1945.


AQUELLOS CHALADOS EN SUS LOCOS CACHARROS


¿Un coche impulsado por carbón vegetal, como ahora alguno en Cuba, sería una buena idea?. Somos una población humana cuatro veces superior a lo que la Tierra puede mantener de forma más o menos sustentable. Y cuando fallan los combustibles fósiles, que son la fuente de energía que ha posibilitado esa enorme sobrepoblación, como ahora en Cuba (por la intensificación del criminal bloqueo de EEUU), se recurre al carbón vegetal o la leña… Es decir, a la destrucción intensificada de la vida en la Tierra (considerada como recurso natural, “biomasa”). Éste es el tenebroso horizonte humano-terrestre en el Siglo de la Gran Prueba, si no somos capaces de un decrecimiento planificado, justo y solidario (que ha de incluir también un decrecimiento demográfico “por las buenas”, es decir, basado en la salud reproductiva y el control de las mujeres sobre su cuerpo y su sexualidad). No hay nada nuevo, nada que no haya sucedido ante. Mi abuelo que era condutor de autobús, explicaba que después de la Guerra Civil, miles de autobuses, camiones y coches en España funcionaron con gasógeno, un sistema que quemaba carbón, leña o restos vegetales para producir un gas combustible. Fue una solución de emergencia ante la enorme escasez de gasolina y gasóleo. En Cuba, como explica Jorge Riechman en su blog, ya circulan así algunos vehículos, veremos cómo acabamos aquí, si sigue con su delirio el loco del pelo paja, máxime si conducir coches eléctricos tiene el peligro de que te hackeen el vehículo, y tomen el control del mismo. En España hay 15 millones de vehículos —incluidos eléctricos y conectados— que presentan riesgo de ser hackeados. Más de la mitad del parque móvil con conectividad tiene vulnerabilidades, y los incidentes de accesos electrónicos no autorizados han aumentado alrededor de un 40% en los últimos años. Habrá que volver al troncomóbil.


LLÉVAME A LA LUNA


 Lo escribió Aristóteles hace casi 2.500 años al comienzo de su Metafísica. Y con el paso de los siglos, aquella intuición no ha hecho más que corroborarse: todos los seres humanos desean, por naturaleza, conocer. Y esa pulsión, que para su maestro Platón adquiría la forma de un rapto literalmente erótico, tuvo siempre como primera motivación el asombro. Una inquietud que, a menudo, nos sorprendió mirando al cielo. En el horizonte inmediato, siempre la Luna: una esfera lo suficientemente distante como para fascinarnos, y lo bastante próxima como para empujarnos a la aventura. Si la previsión se cumple, cuatro astronautas de la misión Artemis 2 estarán hoy, lunes, más cerca de nuestro satélite de lo que lo hemos estado en los últimos 50 años. Se aproximarán sin pisar la superficie, como quien acaricia la puerta de una antigua casa, para recordar que seguimos siendo capaces de encontrar el camino.

Querer mirar más allá de la Tierra no enmienda ni desdice nuestra condición humana. Más bien, la cumple. De ahí que siempre busquemos comprender, volver a medir, mirar más lejos y predecir lo que vendrá. Este mundo se cae a pedazos y a cada paso insistimos en demostrarnos voraces, falibles y crueles. Pero, por fortuna, nuestra naturaleza sigue siendo más fuerte que nosotros y nos lleva a querer seguir entendiendo. Y si Platón no se equivocaba, ese afán no es más que el signo de nuestro apetito de bien, de verdad y de belleza.


Hablar de exploración espacial en un mundo que se desmorona tiene algo de ironía amarga. Mientras los océanos se llenan de plástico, los bosques arden y millones de personas viven en condiciones indignas, celebramos como triunfo civilizatorio el hecho de plantar una bandera en un pedazo de roca estéril a cientos de miles de kilómetros. Es difícil no ver ahí un síntoma de nuestra desconexión: somos capaces de mirar al cosmos con una ambición casi infinita, pero incapaces de mirar al suelo que pisamos sin sentir vergüenza.

La narrativa heroica de “explorar porque es humano” funciona muy bien en los discursos, pero se vuelve sospechosa cuando se contrasta con la realidad. No es solo curiosidad lo que impulsa estas misiones; también hay intereses geopolíticos, prestigio internacional, contratos millonarios y una industria que vive de prometer futuros grandiosos mientras el presente se deteriora. La épica científica convive con una lógica económica que no siempre tiene como prioridad el bienestar común.

Y sí, es cierto que la inversión espacial genera tecnología útil. Pero también es cierto que esa utilidad se convierte en excusa para justificar cualquier gasto, como si cada euro destinado a un cohete fuera automáticamente un euro invertido en progreso humano. No lo es. La tecnología no es neutral: depende de quién la controla, para qué se usa y a quién beneficia. Y la historia demuestra que los avances no siempre se distribuyen de forma justa.

La preocupación por “contaminar otros planetas” puede sonar exagerada, pero en realidad es una metáfora perfecta de nuestra incapacidad para aprender. No hemos sabido gestionar un solo ecosistema sin llevarlo al borde del colapso, y aun así hablamos de colonizar Marte como si fuéramos portadores de una sabiduría que no poseemos. La idea de exportar nuestra presencia al espacio sin haber resuelto nuestras dinámicas destructivas es, como mínimo, temeraria.

El problema de fondo es que la exploración espacial se ha convertido en una especie de coartada moral. Nos permite sentir que avanzamos como especie mientras evitamos enfrentar lo evidente: que no sabemos cuidar lo que ya tenemos. Mirar lejos es más cómodo que mirar de frente. Es más fácil soñar con terraformar Marte que descarbonizar la economía. Más fácil imaginar ciudades en la Luna que garantizar agua potable en todos los rincones de la Tierra.

Por eso la pregunta no es si debemos explorar el espacio, sino qué estamos dejando de hacer mientras lo hacemos. La ciencia puede abrir caminos extraordinarios, pero no puede sustituir la responsabilidad ética. Y si no somos capaces de priorizar la vida en este planeta, cualquier conquista fuera de él será solo una extensión de nuestra propia decadencia. elpaís+IA


CISJORDANIA, LA GUERRA SIN NOMBRE


 El 15 de marzo pasado, la familia Bani Odeh, residente en la población palestina de Tammun, en Cisjordania, tuvo la infortunada ocurrencia de celebrar el fin del ayuno del Ramadán llevando a los niños a comer dulces a un pueblo cercano. Cuando regresaban, su coche fue acribillado por una patrulla de la policía israelí, que dijo sentirse amenazada por la velocidad del vehículo. A consecuencia de los disparos, murieron el matrimonio y los dos hijos menores, de 7 y 5 años. Solo sobrevivieron los dos mayores, de 12 y 9, sentados en la parte de atrás.

La tragedia de los Bani Odeh podría parecer un fatal accidente, un dramático error, si no fuera porque la práctica de disparar primero y preguntar después se ha convertido en un hábito de las fuerzas de seguridad de Israel en los territorios ocupados. En los últimos dos años, desde octubre de 2023, cuando la organización terrorista islamista Hamas lanzó su ataque contra el Estado judío desde Gaza, y noviembre de 2025, la ONU ha registrado el asesinato de más de 1.000 palestinos –entre ellos, 213 niños– en Cisjordania. Así como el desplazamiento forzado e ilegal de 36.000 personas, en lo que el Alto Comisionado para los Derechos Humanos ve un claro indicio de “limpieza étnica”.

En dos años, más de 1.000 palestinos han muerto en Cisjordania a manos del ejército y los colonos

La mayoría de las muertes fueron perpetradas por el ejército y las fuerzas de seguridad israelíes, pero un número creciente de los asesinatos fueron –y siguen siendo– obra de grupos de colonos extremistas que se dedican a hostigar violentamente a los palestinos para expulsarlos de sus casas y sus tierras, y crear nuevos asentamientos judíos ilegales.

La actividad de estos grupos, tolerados y armados –cuando no alentados– por el Gobierno de extrema derecha israelí, ha sido calificada por el diario de oposición Haaretz de “terrorismo judío” y la compara con la violencia del Ku Klux Klan en los estados del sur de Estados Unidos contra la población negra en la época de la segregación y la lucha por los derechos civiles: “Estos incidentes ocurren casi a diario y forman parte de un plan coordinado de mayor envergadura. Estos actos de violencia tienen como objetivo sembrar el terror entre los palestinos, reducir su espacio vital y expulsarlos por la fuerza de sus tierras, en las que se establecerán nuevas granjas judías y maajazim [puestos avanzados de asentamientos irregulares] ”.

El Gobierno israelí resta importancia al fenómeno –reduciéndolo a la acción de pequeños grupos de incontrolados–, condena con la boca pequeña los ataques y no hace nada para frenarlos. De hecho, los colonos fanáticos cuentan con el apoyo del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich (del Partido Sionista Religioso, de extrema derecha), quien tiene un papel clave en la administración de Cisjordania –las antiguas Judea y Samaria, como prefieren decir–, de la que promueve su anexión definitiva y donde alienta la creación de nuevos asentamientos en vulneración flagrante de la legislación internacional.

La violencia de los colonos contra los palestinos forma parte de esta estrategia de acoso. Desde el ataque de Hamas de octubre de 2023, el Gobierno israelí, a iniciativa del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir –otro ultraderechista, líder del partido Poder Judío–, ha distribuido 157.000 licencias de armas y más de 120.000 armas entre los colonos judíos en Cisjordania, ha flexibilizado las restricciones para su posesión y ha formado 527 milicias o “escuadrones de seguridad”.

“El gobierno del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu —el más extremista de la historia del país— está impulsando un nuevo orden radical diseñado para consolidar la supremacía israelí en Cisjordania. La expansión de los asentamientos, la escalada de violencia de los colonos y las operaciones militares israelíes cada vez más agresivas están transformando su geografía y demografía. El objetivo es destruir cualquier posibilidad restante de autodeterminación palestina”, sostienen Hugh Lovatt y Tahani Mustafa, del European Council on Foreign Relations. Se trata de boicotear la solución de dos estados.

Cerca de un centenar de antiguos embajadores y diplomáticos israelíes hicieron pública recientemente una carta en la que instaban al Gobierno a poner fin a la “violencia intolerable” contra los palestinos en Cisjordania y a castigar a “los autores de estos actos atroces”. Lejos de eso, el Ejecutivo ha conseguido aprobar en el Parlamento –para satisfacción de Ben-Gvir, que brindaba con gran regocijo– una controvertida ley que instaura la pena de muerte en la horca exclusivamente para los palestinos condenados por atentados terroristas mortales. La ley se refiere a actos terroristas que pretendan “negar la existencia del Estado de Israel”, así que los terroristas judíos están exentos.

La de Cisjordania es una guerra no declarada, una guerra silenciosa y oculta –al igual que la de Gaza– por la tremenda onda expansiva de las bombas que caen hoy sobre Irán y Líbano. En la Franja las muertes de palestinos a manos de las fuerzas israelíes también son constantes: al menos 500 desde el alto el fuego acordado el pasado mes de octubre, que se añaden a las más de 70.000 víctimas mortales –cifra confirmada por el propio ejército israelí– causadas por la ofensiva militar ordenada por Netanyahu como represalia por el ataque de Hamas. El ejército hebreo, que desplegó un perímetro de seguridad marcado por una ‘línea amarilla’, mantiene hoy ocupado algo más de la mitad del enclave. El resto lo controla Hamas.

Embarcado en más guerras de las que puede abarcar –el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ha advertido del riesgo de “implosión” del ejército por falta de efectivos–, Israel cree posible desterrar definitivamente todas las amenazas internas y externas por las armas, mientras trata de consolidar sus sueños de expansión bíblicos a costa de los palestinos. Pero la guerra no le traerá la paz. Y la victoria –si se produce– no será más que una cáscara vacía. Lluís Uría Massana en la Vanguardia.


AULAS GRANDES Y PIZARRAS, POR FAVOR


 Hace años que, en varias universidades, se optó por reducir el número de alumnos por aula, de manera que, en lugar de acoger a no menos de 100 estudiantes en cada clase, se pasó a tener unos 40, que a veces no son más de 20 y, en el mejor de los casos, unos 70, dependiendo de la asistencia. Se dijo, en su momento, que la docencia era más eficiente cuando se impartía a menos estudiantes, pudiendo tener un trato más personalizado por parte del profesorado.
Jordi Nieva-Fenoll en El País.

Pues bien, no ha ocurrido exactamente así. Aunque siempre se dice lo contrario, cada nueva generación de estudiantes es intelectualmente más interesante que la anterior. Puede que no tengan exactamente los mismos conocimientos de cultura general que las generaciones pasadas, pero atesoran otros saberes que no poseen sus antiguos y, sobre todo, manejan otras destrezas. En los últimos años ha ganado mucho terreno la creatividad, la espontaneidad, la capacidad reivindicativa e incluso la atención. Esta afirmación puede extrañar sobremanera, hasta que se repara en que las redes les han dado a los jóvenes una mayor cantidad de información, que les permite establecer analogías. Además, han perdido la humillante sumisión al poder que hace que nuestra sociedad actual sea más igualitaria que la de 30 años atrás. Finalmente, jamás se había observado en una persona joven semejante capacidad de atención y de saber convivir con la soledad, cosa fácil de comprobar viéndoles con sus pantallas. Ese pantallismo se suele valorar como algo negativo (y, desde luego, puede serlo), pero también cabe pensar en cómo reconducir esa superior capacidad atencional adquirida, y de eso no se habla jamás. Por lo demás, los estudiantes cada vez son más conscientes de los enormes riesgos de manipulación y desinformación de las redes sociales, bastante más que muchos boomers, por cierto, ya que muchos de ellos se pasan el día viendo vídeos cortos en Facebook, Instagram o hasta en TikTok.

Sin embargo, las universidades parecen haberse quedado en ese período, bastante naíf, de las aulas pequeñas, la llamada “innovación docente” y los PowerPoints que, por cierto, aburren o avergüenzan —vergüenza ajena— cada día más a los alumnos. La mayoría de estos ya se ha dado cuenta de que demasiados profesores solo los leen, como si ellos fueran analfabetos, con una nula capacidad de improvisación, adaptación o ampliación de la información. Es cierto que los alumnos actuales aparentan un mayor infantilismo en demasiados casos, sobre todo en el trato con el profesorado, aunque ello es muy probablemente debido a que la mayoría no conoce el mundo laboral porque no necesita trabajar —a diferencia de antaño—, y han vivido en un entorno innecesariamente paternalista de proximidad familiar al que cuesta renunciar.

A la vez, se ha dejado atrás algo que era fundamental y que, de hecho, constituía un feliz acontecimiento vital. El aula espaciosa, con muchos estudiantes, permitía socializar y sentir que se formaba parte de una pluralidad de personas que perseguían un mismo objetivo, creándose unas dinámicas de grupo que, por desgracia, prácticamente se han perdido. El compañerismo es complicadísimo ahora al haber poquísimas personas en las clases, puesto que es difícil encontrar siempre a personas afines en grupos tan reducidos con los que, además, se pueda socializar fuera de las aulas o empezar a establecer relaciones de por vida; estas, en muchos casos, beneficiosas también en el futuro ámbito laboral. En este sentido, la tremenda —y, en muchos casos, absurda— diversificación de grados tampoco favorece la creación de esos grupos de interacción inmediata. Los dobles grados —y sus complicaciones horarias— son aún peores en este sentido, y además, por desgracia, no representan una ventaja en el mercado laboral. Casi todo el mundo sabe que, a pesar del gran esfuerzo de los alumnos por aprender todas las asignaturas, en demasiados casos se favorece un aprendizaje superficial de muchas materias. Estas no se asimilan debidamente, además del alto costo que implican.

Se piensa poco en ello, pero convendría reducir el número de grados y aumentar el de posgrados de especialización, favoreciendo con ello aulas más amplias que, paradójicamente, permiten mayor posibilidad de interacción entre el profesor y los estudiantes que la que se observa en aulas reducidas, espacios en los que casi nadie se atreve a hablar. Con grupos más amplios, no solo se aumentan las oportunidades de hallar estudiantes participativos y que los demás se animen viéndoles, sino que existen también mejores oportunidades de que los estudiantes vuelvan a ser el actor social que un día fueron, y que tanto hizo avanzar a la sociedad de tantos lugares con sus reivindicaciones de un mundo mejor, diferente en cada época, compartiendo vivencias que se recuerdan para siempre y que inspiraban una empatía y experiencia en las personas que es difícil desarrollar en solitario.

Por último, existe un elemento que, por desgracia, ha caído en desuso y que, bien utilizado, es mejor que muchísimos PowerPoints: la pizarra. Permite improvisar, sobre todo, adaptando las explicaciones visualmente a las dudas sobre la marcha planteadas por los alumnos u observadas por el profesor. Un profesor que da la clase de pie y mira a la cara a los estudiantes para preocuparse de que vayan entendiendo, obviamente, y no uno que se sienta en la mesa y solamente lee despacito unos apuntes —que, en la actualidad, es casi mejor que cuelgue en la web—. Además, las pizarras electrónicas añaden una buena cantidad de utilidades que las hacen extraordinariamente dinámicas para el alumnado. No hay que imaginar ya encerados y tizas, sino rotuladores electrónicos cuya escritura se borra con la mano, o de golpe si conviene.

En resumen, no se trata de volver al pasado, sino de recuperar del pasado aquello que fue útil y que hoy se ha perdido. Es mucho más fácil compartir conocimientos de todo tipo en grupos grandes, que, por cierto, ocasionalmente —solo ocasionalmente— también pueden ser online, si el espacio virtual excepcional o eventualmente favorece, por diversas razones que sería largo apuntar, el aprendizaje de una materia. En un momento en el que estamos deseando inspirar la lectura en los jóvenes — como en todas las épocas, por otra parte— , qué mejor que aprovechar que se pasan el día leyendo pantallas, descubriéndoles el universo inagotable de los libros, que además pueden seleccionarse de manera muchísimo más eficiente que antaño gracias a buscadores como Google o incluso a ChatGPT o Gemini, lo que recoge así la mejor parte de los frutos de la inteligencia artificial y permite contar con ella, por cierto, como asistente para una más eficiente, previsible, exigente, igualitaria y difícilmente contestable evaluación, tema en el que será inevitable adentrarse en un futuro inmediato, todavía impactado por la crisis repentina de los actuales métodos de evaluación con el advenimiento de la inteligencia artificial generativa.

Insisto, no hay que volver a las aulas de mediados del siglo XX, sino recuperar de ellas aquello que las hizo inmortales, eliminando las razones por las que, paradójicamente, murieron. Entre otras, un profesorado, salvo excepciones, absentista, autoritario y tedioso, dictador de apuntes, que en nada, absolutamente en nada, se parece a muchos de los profesores de hoy en día. Y sin renunciar a una más que benéfica tecnología con la que no pudieron ni soñar nuestros antepasados.


PODER IMPEDIR LA GUERRA

Recordarán, quizás, la historia que contaba Canetti en su libro La conciencia de las palabras. Por casualidad había encontrado una nota suelta de un autor anónimo, fechada el 23 de agosto de 1939, una semana antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Decía: "Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra". Al principio, la nota le parecía absurda y pretenciosa. Tenía la misma retórica hueca de quienes con sus frases, decía Canetti, provocaron conscientemente la guerra. Sin embargo, días después seguí pensando en la frase. El extraño comienzo: “Ya no hay nada que hacer”, expresión de una derrota total y desesperada en un momento en que debían iniciarse las victorias. Y luego ese “pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra” que, examinado más de cerca, contenía lo contrario de una fanfarronada, era la confesión de un fracaso absoluto. La confesión de una responsabilidad, precisamente allí –y esto era lo sorprendente del caso– donde menos cabría hablar de responsabilidad en el sentido habitual del término. En su desesperación, el autor se acusaba a sí mismo, no a los verdaderos causantes. Canetti concluyó reivindicando la necesidad de que existieran personas que se impusieran a sí mismas esa responsabilidad por las palabras. Pese a todo, las palabras son poca cosa. Aunque todas las personas se impusieran tal responsabilidad en sus textos, no lograrían mover un solo barco cargado de diésel. No obstante, pensemos un poco en las palabras. 

Donde más cabría esperar responsabilidad - Belén Gopegui - BLOG SEGUNDA CITA


ORWELL EN EL SUPERMERCADO


 Dicen que cuando uno tiene un martillo ve clavos en todas partes. Es la tendencia –tan humana– a resolver los problemas con la herramienta más a mano. Pero, ¿qué ocurre cuando el que ve clavos y se precipita a clavarlos, venga o no venga a cuento, no es la persona que tiene el martillo, sino el martillo, por su cuenta? - Carles Casajuana en la vanguardia.

No hace mucho, Warren Rajah, ciudadano británico, fue obligado a irse de un supermercado de la cadena Sainsbury donde compraba habitualmente, en Londres, porque el programa de vigilancia a través del reconocimiento facial contratado por la empresa le confundió con otra persona. Los empleados del supermercado invitaron a Rajah a abandonar el local, pero no acertaron a explicarle por qué debía irse. No lo sabían. La presunción de todos era que le habían pillado en algún establecimiento de la cadena intentando robar, pero Rajah insistió en que nunca había causado ningún problema.

Le dijeron que se pusiera en contacto con la empresa de reconocimiento facial, Facewatch, y los responsables de Facewatch le pidieron que enviara una fotografía suya y una copia de su pasaporte para verificar si coincidían con las imágenes que tenían en su base de datos. Como es lógico, Warren Rajah dijo que no le correspondía a él demostrar que no era ningún delincuente, que quien debía demostrarlo, para prohibirle la entrada en los supermercados, era Sains­bury. Pero sus protestas fueron inútiles.

Warren Rajah debe de ser un santo, o está tan acostumbrado a los productos de Sainsbury que no le apetecía cambiar de supermercado, porque se armó de paciencia e hizo todo lo que le pidieron. Gracias a ello, después de varias idas y venidas, el asunto se aclaró. Los empleados del supermercado habían interpretado mal la información que habían recibido de Facewatch. Le habían confundido con otra persona. Sainsbury no tenía nada contra él. Podía entrar en todos los locales de la cadena. Sorry. Un malentendido.

¿Quién manda aquí, los algoritmos y los que se están haciendo­ de oro con la adicción que crean o nosotros?

El caso en sí no tiene ninguna importancia, pero ilustra bien un nuevo peligro. Los ordenadores y programas informáticos no han oído hablar de la presunción de inocencia. No entienden de estos refinamientos. Para ellos, todos somo culpables hasta que demostremos que somos inocentes.

Son las primeras escaramuzas de una guerra que no ha hecho más que empezar y que sin duda será una de las conflagraciones del siglo. ¿Quién manda aquí, los algoritmos y los que se están haciendo­ de oro con la adicción que crean o nosotros? El progreso siempre nos quita con una mano una parte de lo que nos da con la otra. Como dijo –más o menos– la humorista estado­unidense Alice Kahn: “Si quiere una lista de los inconvenientes del progreso tecnología digital, marque tres”.


¿Y SI EL APOCALIPSIS NO FUERA EL FINAL, SINO EL COMIENZO?

 La historiadora del arte María Pandiello, analiza el imaginario colectivo del fin de los tiempo, y enlaza episodios históricos concretos, como la Peste Negra, o el surgimiento de movimientos milenaristas en la Europa bajomedieval, para trazar paralelismos con la presente era de incertidumbre: Tenemos mil imágenes en la cabeza que recuerdan y evocan el apocalipsis, algunas de ellas incluso permean de manera crónica nuestro presente. En un momento de caos geopolítico, guerras, cambio climático y crisis económicas, las imágenes apocalípticas no faltan, sino que se asemejan a una realidad presente o por venir: En este terreno abonado aparece Apocalipsis: revelaciones, miedos y futuros posibles de la historiadora del arte María Pandiello, un volumen publicado el pasado mes de noviembre por la editorial La Felguera, que se enfoca en reflexionar sobre el concepto de apocalipsis, su creación y sus imágenes. El libro analiza el imaginario colectivo del fin de los tiempos, y enlaza episodios históricos concretos, como la Peste Negra o el surgimiento de movimientos milenaristas en la Europa bajomedieval, para trazar paralelismos con la era de incertidumbre que estamos atravesando. 

El apocalipsis, como menciona Pandiello en su libro, significa revelación en griego antiguo. La autora parte de esta etimología para desmontar la interpretación más catastrofista, rechazando la idea de que el apocalipsis es un acontecimiento sin más posibilidades políticas que la del sufrimiento, una visión que llega a reproducirse incluso desde las nuevas tecnologías y el imaginario bélico. Ya en el primer capítulo, Pandiello habla de cómo no deberíamos dejar el imaginario del apocalipsis en manos de los individuos que se construyen unos búnkeres lujosos en esta época. Como Pandiello destaca citando la tesis de De Martino, el apocalipsis es “una metáfora recurrente cuando la cultura ya no puede sostenerse a sí misma ni puede garantizar la dignidad de las vidas”.

Más allá, Pandiello plantea la idea de vivir en un mundo donde el apocalipsis ya ha sucedido, y en el que tenemos que reencontrarnos con las ruinas. La idea de la ruina está muy presente en el libro, una noción que la autora reconoce ha sido inspirada por la novela de Mary Shelley El último hombre y la visión histórica de Walter Benjamin.

Para Pandiello, el apocalipsis no es una explosión repentina “como quieren hacernos creer quienes se lucran construyendo búnkeres de lujo; sucede de forma lenta, muchas veces dolorosa y a veces es incluso imperceptible. Son movimientos históricos que dejan atrás un mundo obsoleto y se abren hacia uno nuevo”. Por eso, el libro termina con las ruinas. Y en un presente marcado por el calentamiento global, los genocidios y la amenaza constante de la guerra nuclear, esa pregunta adquiere una urgencia total.

Frente a todo ello, Pandiello lanza una última reflexión, tan lúcida como necesaria: “En este contexto parece comprensible —y deseable— la invocación del fin de un mundo, que no debe confundirse con el fin del mundo”. Porque quizás lo que se termina no es la vida, sino una forma de entenderla. Y en esa distinción, en ese matiz, reside justamente la posibilidad de imaginar algo nuevo.

El artículo és más largo, pero prefiero destacar esta última parte que és para mi la más interesante y disruptora de la concepión que se tiene del apocalipsis.

¡Y SI EL APOCALIPSIS NO FUERA EL FINAL, SINÓ EL COMIENZO?



GENTE QUE NO QUIERE VIAJAR A MARTE

"No nos equivoquemos con las preguntas morales" 
«En ética ecológica, la gran cuestión moral no es “qué hago frente al contenedor de reciclaje”, sino “qué hago frente a la sede bancaria”. Lo que está detrás de la devastadora crisis ecológica que está arrasando la biosfera es la dinámica autoexpansiva del capital.»

“la catástrofe ya tuvo lugar”

Resulta a veces irritante la insistencia en que “el hundimiento hace tiempo que sucedió y que hoy vivimos ya entre las ruinas del mundo previo a la industrialización masiva”, o también “la verdadera catástrofe, que ya ha tenido lugar, ha sido la renuncia a la libertad que supuso la industrialización de la existencia” (dos formulaciones de Juanma Agulles en su personal cruzada contra la “burocracia de la catástrofe”) - Jorge Riechmann - escrito completo:  






¿PUEDE CHINA AYUDAR A RESOLVER LA GUERRA?

 Poco después de que Pakistán, Arabia Saudí, Egipto y Turquía se reunieran para intentar que Irán y Estados Unidos e Israel iniciaran conversaciones para poner fin a la guerra, sin que se concretase ninguna propuesta, China y Pakistán han impulsado una iniciativa de cinco puntos, muy genérica, invitando a las partes a un cese de las hostilidades, a iniciar conversaciones, proteger a la población civil, asegurar el estrecho de Ormuz y seguir los principios fundacionales de la ONU. China es, de lejos, el principal importador de Pakistán, de ahí que mantengan buenas relaciones. 

No es propiamente una propuesta de paz, que requiere de una agenda específica, sino una invitación al diálogo, y en un momento en que Estados Unidos no sabe exactamente cómo salir del atolladero en que le ha metido Israel, y que está buscando la manera de salir guardando las apariencias, sin ser derrotado, pero difícilmente cantando victoria.

De hecho, en las 60 guerras que hemos tenido en los últimos 35 años, el 35% acabaron con un acuerdo de paz, el 18% con victoria militar de una de las partes y un 12% quedaron desactivadas por diferentes razones. Y puede ser que esta última opción, la desactivación por desescalada, sea lo más probable que suceda, a pesar de que Israel quiera llegar hasta el final con una victoria militar, pero no podrá hacerlo sin el apoyo directo de Estados Unidos, que todavía no sabe cómo explicar las razones de haberse implicado en esta guerra.

Irán depende totalmente de China, así que esta puede influir para que se avenga a una pronta solución a la guerra

China es el principal cliente de Irán, que le vende la mayor parte de su petróleo a través de mecanismos muy irregulares, pero eficaces para sortear las sanciones a que está sometido. Pero, así como la economía china no depende de Irán, Irán sí depende totalmente de China, por lo que este último país tiene la capacidad para influir política, económica y diplomáticamente sobre Irán, para que se avenga a una pronta solución a la guerra, que afecta a todo el mundo, y mucho a las exportaciones chinas. China, que siempre busca la estabilidad de los mercados, no puede influir sobre Estados Unidos en esta guerra, pues es su principal rival económico, pero sí sobre Irán. 

Quedará pendiente, sin embargo, lo más importante, que es un cambio de paradigma entre Israel e Irán, perpetuos enemigos existenciales que deberán concertar una tregua ideológica para subsistir en el futuro. Sería el primer paso. - Vicente Fisas en la Vanguardia.

Este desastroso  i caótico desmadre internacional me remite al chiste del partisano búlgaro, que es el papel que podría desempeñar China al solucionar este caos.

"Un heroico partisano búlgaro de la Segunda Guerra Mundial escribe en su diario: 

  • Lunes - Hoy hemos desalojado del bosque a los fascistas. 
  • Martes - Hoy los fascistas nos han desalojado del bosque. 
  • Miércoles - Hoy hemos desalojado nuevamente del bosque a los fascistas. 
  • Jueves - Hoy los fascistas nos han desalojado nuevamente del bosque. 
  • Viernes - Hoy hemos combatido todo el día en el bosque. 
  • Sábado - Hoy el guardia forestal nos ha desalojado del bosque, a nosotros y a los fascistas." 


HORMIGAS COMO MASCOTAS

 Un cuerno de rinoceronte, los colmillos de marfil de un elefante, las escamas de los pangolines o pájaros vivos como loros, guacamayos o tucanes de plumaje coloreado. Aunque en el imaginario colectivo el tráfico ilegal vinculado a la vida silvestre se asocia habitualmente con especies exóticas o grandes seres vivos de lugares recónditos del planeta, una nueva tendencia despierta la preocupación entre los defensores de la naturaleza en África: el comercio ilegal de hormigas como mascotas para mercados. En los últimos meses las autoridades aeroportuarias de Kenia han detectado varios intentos masivos de contrabando de hormigas Messor cephalotes, muy valoradas entre los clientes por el gran tamaño y el comportamiento grupal. 

Dos casos recientes han desatado la inquietud por la magnitud: a principios de mes, un ciudadano chino fue detenido en el aeropuerto de Nairobi con más de 2.000 hormigas reina escondidas en cápsulas de pastillas o en rollos de papel y el año pasado dos ciudadanos belgas, uno de vietmián tras ser interceptados con más de 5.400 hormigas reinas en la maleta, trasladadas dentro de jeringuillas. El negocio no es del tamaño de un insecto: en el mercado negro, una hormiga reina de esta especie alcanza un precio de unos 200 euros cada una, un tercio de su coste por vías legales. Aunque en el traslado varias hormigas mueren, los dos últimos negocios interceptados en la capital keniana rozaban una cifra total de entre 400.000 y un millón de euros.

Desde el Servicio de Vida Silvestre de Kenia (KWS en sus siglas en inglés), más habituados a proteger a leones o elefantes, advierten que estos incidentes, que califican de “hechos históricos”, marcan un cambio preocupante y una diversificación en los patrones de tráfico de vida silvestre, que ahora incluyen especies menos conocidas. ecológico. La policía keniana detuvo a un traficante con 5.400 hormigas vivas en la maleta para venderlas como mascotas en Europa y Asia

La evolución de la demanda preocupa a los expertos. Según el estudio Globalización e invasión de las hormigas, si bien el transporte accidental de estos insectos ha ocurrido históricamente, a menudo en barcos o aviones, el auge de internet a principios de la década de 2000 facilitó su comercialización masiva como mascotas. Su fácil comercialización –una colonia consistente en una reina fecundada y algunas trabajadoras puede enviarse fácilmente en jeringuillas u hormigueros artificiales por correo tradicional– hizo el resto. Al aumento del interés se añade la inexistencia de un marco jurídico internacional que regule el mercado de hormigas y que ha creado un limbo legal que facilita la explosión del negocio. Un estudio publicado en Biological Conservation, que monitorizó en 2023 el comercio online de hormigas, detectó en sólo seis meses la venta de casi 59.000 hormigas de 209 especies sólo en China y otro observó un crecimiento fulgurante de sitios web dedicados a la venta de estos insectos de cuatro a más.

Es preocupante vivir en una ciudad con más perros que niños, pero lo es aún más acabar hablando en las hormigas, aunque sean reinas y de tamaño superior. Quizás se inspiró en ello el humorista José Mota cuando en el programa El hormiguero bromeó con Pablo Motos diciendo que Trump no solo quiere Groenlandia y levantar muros, sino que amenaza con poner aranceles a las hormigas.

Quien sentía fascinación por las hormigas fue Salvador Dalí, quien las pintó en 79 de sus cuadros, incluida La persistencia de la memoria, donde cubren un reloj naranja, simbolizando la decadencia del tiempo, o en El gran masturbador, donde aparecen en la boca de la figura, asociadas al placer ya la de la destrucción. "He llegado a la certeza de que la hormiga es un ser superior", declaró en una entrevista. Fue Dalí quien quiso que aparecieran cientos de ellas sobre una mano en Un chien andalou, que rodó Luis Buñuel. Como no encontraban hormigas en París, Buñuel le pidió que las consiguiera en Cadaqués, pero al parecer se fugaron de su caja en el tren y las tuvieron que encargar a un entomólogo, que las logró en la sierra de Guadarrama.

La hormiga ha inspirado a los fabulistas, por su condición de insecto laborioso e inteligente, de Esopo en La Fontaine, incluido Fernández de Lizardi, autor del elefante y la hormiga, donde el paquidermo subestima su insignificancia, hasta que se le cuela a la trompa y lo muerde. A Trump nunca le leyeron esa fábula de niño, una pena. Aldekoa/Carol en la vanguardia.


30 AÑOS DE LA BROMA INFINITA

David Foster Wallace fue, en alguna etapa de su vida, obsesivo-compulsivo, genial, alcohólico, hiperhidrosico, drogadicto a varias bandas, profesor, novio, marido, tenista, instructor de tenis, superdotado, ansioso-depresivo, fóbico, posósil, mal, violento, violento, violento fumador, competitivo, exagerado, dependiente, misógino, guarda nocturno, inseguro, popular, religioso, insatisfecho, suicida, corruptor de menores. Su vida estaba llena de notas a pie de página que sufrían una metástasis de sentido que escapaba a todo control. Como él mismo, al parecer. Treinta años después de la publicación de 'La broma infinita', (1-2-1996) nuestra vida es una nota al pie que remite a otra nota al pie y así sucesivamente, una red de redes, una plataforma de plataformas de televisión, una ficción de ficciones de la que no podemos apartar la vista, un partido de tenis que no hemos aprendido a ganar, que nunca podremos ganar.
 

David Foster Wallace, nacido en 1962 en Ithaca (Nueva York), es uno de los narradores más influyentes del panorama literario de las últimas décadas, y su magnum opus, La broma infinita, una novela que supera el millar de páginas e incorpora más de 400 notas que constituyen otras tantas ramificaciones tentaculares de la narración central, marcó un hito en la historia de la literatura. Convertido en un mito que trasciende la esfera de lo literario, su influencia sobre narradores de todas latitudes no hace sino aumentar con el transcurso del tiempo.

Las circunstancias de su muerte son bastante conocidas. Esa tarde, su mujer tenía una inauguración de sus obras pictóricas en una galería ubicada en las cercanías de Claremont, California, donde vivía la pareja. De manera algo inesperada, en el momento de salir, David Foster Wallace anunció que prefería quedarse en casa. Cuando su mujer volvió lo encontró colgado en el garaje de su vivienda. Su reputación había ido creciendo de manera gradual, convirtiéndolo en un icono de lo que debería ser la literatura del futuro. La broma infinita no es más que parte de un legado enormemente rico y complejo, que incluye obras fundamentales también en el ámbito de la no ficción.

En las marquesinas de las salas de arte y ensayo, en los posters y anuncios se obligó a poner: “LA BROMA: Se recomienda muy seriamente que NO suelte nada de dinero para ver esta película”, que por supuesto los habitués del arte y ensayo pensaron que era una broma antipublicitaria inteligentemente irónica, así que soltaban su dinero a cambio de pequeños papelitos y entraban con sus chalecos de lana y tweeds y vestidos sin mangas y se hinchaban de café expreso en el bar del teatro y encontraban asientos y se sentaban y hacían esos ajustes precine de posturas y piernas y miraban en derredor con una especie de intensidad distraída y veían las cámaras Bolex H32 de triple objetivo –una sostenida por un tipo viejo y encorvado, la otra, complejamente montada sobre la inmensa cabezota de un chico extrañamente inclinado hacia delante con lo que parecía un pincho metálico que le salía del tórax– las grandes cámaras al lado del letrero de SALIDA con luces rojas a ambos lados de la pantalla, pensaban los espectadores, estarían allí para un anuncio publicitario o antipublicitario o para un documental metafílmico entre bambalinas o algo así. Y así hasta que se apagaban las luces y empezaba la película y lo que se veía en la amplia pantalla pública era una proyección de amplio ángulo y binoculada del mismísimo público de arte y ensayo entrando con los cafés expresos en las manos, eligiendo asientos y sentándose y mirando en derredor y poniéndose cómodos y haciendo breves comentarios precine a sus acompañantes de gruesas gafas sobre el No Pague Para Ver Esto y lo que probablemente significaban las Bolex desde un punto de vista artístico y poniéndose cómodos a medida que se apagaban las luces y ahora miraban la pantalla (es decir, a sí mismos, resultaba ser) con las sonrisas fríamente excitadas de la expectación que precede a un espectáculo de alto vuelo, sonrisas que ahora la cámara y la pantalla revelaban a medida que se borraban fila tras fila de las caras de los espectadores que ahora miraban menos expectantes y más inexpresivos y luego confusos y finalmente se convertían en expresiones faciales plenas de furia e indignación. La duración total de La broma era exactamente hasta que se fuera de la sala el último espectador de piernas cruzadas harto de contemplar su propia imagen inmensa y proyectada, de sí mismo como espectador de arte y ensayo presa de un especial sentimiento de mala leche, de estafa e indignación, todo lo cual duraba unos veinte minutos como máximo, salvo si había críticos o académicos de cine...

Barbara Bleisch en un vibrante artículo en el PAIS habla de envejecer y de cómo se va desdramatizando todo con el paso de los años, y habla también de David Foster Wallace...

Una posición como esta se acerca a la que ilustró en forma de parábola el escritor  David Foster Wallace en el texto titulado Esto es agua, que se convertiría en su célebre discurso de despedida: “Había una vez dos piezas jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor les saludó con la cabeza y les dijo: "Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?". Los dos piezas jóvenes siguieron nadando un trecho, por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”. Con este discurso, Foster Wallace quería dejar patente que “las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las que más cuesta explicar”. Todos nosotros tenemos “patrones de creencias”, como él mismo les llama, es decir, certezas de que damos miedo sentado sin cuestionar. No sólo el agua en la que nadan los dos piezas o el aire que respiramos, sino también sentencias internas y prejuicios de toda la vida de los que casi nunca somos conscientes, pese a que constantemente nos regimos por ellos.

Resumen y sinopsis de La broma infinita de David Foster Wallace - Lecturalia

Un lugar: Enfield, Massachusetts. A cien millas de la Gran Concavidad, un yermo radiactivo lleno de bebés mutantes del tamaño de aviones, criaturas sin cráneo y hordas de hámsters salvajes.

Una época: el año de la Ropa Interior para Adultos Depend, en el Tiempo Subsidiado, en América regida por el totalitarismo ecológico de la ONAN, governada a su vez por la obscura Oficina de Servicios No Especificados, en guerra perpetúa contra el ultraviolento antiONANismo de Quebec.

Una institución: la Academia Enfield de Tenis, ultraelitista y donde impera una disciplina destinada a abolir todo placer. 

Una familia: los Incandenza. James Incandenza, óptico militar convertido en cineasta de après-garde, y su mujer, la promiscua Avril, que alimenta oscuras conexiones con la guerrilla de Quebec. Y sobre tres hijos: Orin, genial pateador de fútbol americano y seductor transnacional; Mario, enano y deforme, cineasta como su padre y poseedor de una sensibilidad prodigiosa, y Hal, promesa del tenis juvenil y atormentado por un secreto terrible..

Y una película: El samizdat. El Entretenimiento. La broma infinita. Con el poder de enloquecer a todo lo que la vea y destruir así la civilización. El arma perfecta por la que todos se enzarzarán en la Guerra Final por el control de América.


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