El apocalipsis, como menciona Pandiello en su libro, significa revelación en griego antiguo. La autora parte de esta etimología para desmontar la interpretación más catastrofista, rechazando la idea de que el apocalipsis es un acontecimiento sin más posibilidades políticas que la del sufrimiento, una visión que llega a reproducirse incluso desde las nuevas tecnologías y el imaginario bélico. Ya en el primer capítulo, Pandiello habla de cómo no deberíamos dejar el imaginario del apocalipsis en manos de los individuos que se construyen unos búnkeres lujosos en esta época. Como Pandiello destaca citando la tesis de De Martino, el apocalipsis es “una metáfora recurrente cuando la cultura ya no puede sostenerse a sí misma ni puede garantizar la dignidad de las vidas”.
Más allá, Pandiello plantea la idea de vivir en un mundo donde el apocalipsis ya ha sucedido, y en el que tenemos que reencontrarnos con las ruinas. La idea de la ruina está muy presente en el libro, una noción que la autora reconoce ha sido inspirada por la novela de Mary Shelley El último hombre y la visión histórica de Walter Benjamin.
Para Pandiello, el apocalipsis no es una explosión repentina “como quieren hacernos creer quienes se lucran construyendo búnkeres de lujo; sucede de forma lenta, muchas veces dolorosa y a veces es incluso imperceptible. Son movimientos históricos que dejan atrás un mundo obsoleto y se abren hacia uno nuevo”. Por eso, el libro termina con las ruinas. Y en un presente marcado por el calentamiento global, los genocidios y la amenaza constante de la guerra nuclear, esa pregunta adquiere una urgencia total.
Frente a todo ello, Pandiello lanza una última reflexión, tan lúcida como necesaria: “En este contexto parece comprensible —y deseable— la invocación del fin de un mundo, que no debe confundirse con el fin del mundo”. Porque quizás lo que se termina no es la vida, sino una forma de entenderla. Y en esa distinción, en ese matiz, reside justamente la posibilidad de imaginar algo nuevo.
El artículo és más largo, pero prefiero destacar esta última parte que és para mi la más interesante y disruptora de la concepión que se tiene del apocalipsis.
¡Y SI EL APOCALIPSIS NO FUERA EL FINAL, SINÓ EL COMIENZO?
