Los pájaros empiezan a tejer sus nidos con la delgada fibra óptica de los millones de pequeños drones explosivos que rusos y ucranianos se han lanzado para matarse en los bosques y campos del este de Ucrania.

Cuando Putin ordena desde su búnker o Trump tuitea desde su cama, en otro punto del planeta una hormiga cambia de rumbo. La teoría de la mariposa nos dice que el aleteo de un lepidóptero en Brasil puede provocar un tornado en Texas. Es un concepto fundamental de la teoría del caos: los sistemas caóticos –como el clima o la bolsa de valores– son extremadamente sensibles y una diminuta diferencia en un punto de partida altera del todo su evolución. Lo descubrió el meteorólogo y matemático Edward Lorenz en 1961: al redondear una décima (de 0.506127 a 0.506) en su programa de predicción meteorológica, el sistema generó un pronóstico del clima completamente diferente al original.

Los novísimos sistemas caóticos –como los tuits de Trump o las operaciones militares especiales de Putin– han invertido la teoría de la mariposa: con la geopolítica en modo tornado, el ganador final será lo diminuto. Los insectos, por ejemplo: las cucarachas soportan hasta diez veces más radiación que los humanos debido a la lenta división de sus células. Me temo que para entonces no quedará ningún humano para contarlo, ni La Vanguardia , pero ya se lo cuento yo ahora.

La invasión rusa de Ucrania ha superado en duración a la invasión de la Unión Soviética por el Tercer Reich, y las pequeñas criaturas se van adaptando: los pájaros empiezan a tejer sus nidos con la delgada fibra óptica de los varios millones –sí, varios millones– de pequeños drones explosivos que rusos y ucranianos se lanzan a la cara en los campos y bosques del este de Ucrania. El aleteo del gorrión no provoca un tornado, aquí es el tornado el que provoca cambios en el hogar del gorrión.

Las aves construyen sus nidos guiadas por un instinto genético usando solo sus picos y patas como herramientas. Dominan técnicas como el entrelazado de ramas, el amasado de barro para sellar estructuras, el tejido con fibras e incluso la costura usando seda de araña como hilo. O fibra óptica que quizá el pajarito ha encontrado junto al cadáver de un soldado en el Donbass.

El gorrión no distingue entre un cadáver humano y el cadáver de un ratón, al igual que la gallina no distingue entre un cuenco de plástico made in China y el casco de un soldado del imperio del káiser: los dos sirven para darles pienso. Es la lección geopolítica más fértil de mi vida y la aprendí siguiendo sobre el terreno las crónicas que Agustí Calvet­, Gaziel , escribió en la Primera Guerra Mundial para La Vanguardia desde el sur de los Balcanes.

Con el armisticio, el ejército alemán dejó en 1918 toneladas de metal bélico esparcido por el paisaje y, a lo largo del siglo XX, en las granjas de la vertiente macedonia del monte Kaimakchalan han servido el pienso en la cavidad de los cascos alemanes. Todo era tan cotidiano y abismal: vi a una gallina picotear sobre un casco que tenía un orificio en el lateral sellado por el granjero, orificio abierto por la bala o la metralla que segó la vida del soldado que creía su cabeza blindada por el acero.

Así acaban los imperios, con sus cascos suavemente balanceados por el picoteo de una gallina hambrienta.

También seguí el rastro de Gaziel por el norte de Francia, y en una colina del frente del Marne-Argonne donde él vio morir a un soldado, me encontré una granja. Albert Varoquier, el campesino, acumulaba en un gran cobertizo los incontables objetos que había ido encontrando en el vientre de los campos de batallas muertas.

“Beaucoup de bla, bla, bla... beaucoup de bla, bla, bla”, repetía el granjero como diciendo que las palabras que desprendían esos objetos son infinitas. Y juntos abrimos una lata de sardinas militar de 1917 por estrenar, marca Clovis le Gaulois, el primer rey de los francos. Y abrir la última lata de sardinas de la Primera Guerra Mundial fue revelador: en su interior nos apareció el miércoles de Ceniza. En fin, la locura.

Hay una canción infantil inglesa que habla de tres gansos volando en bandada: “Uno voló hacia el este, y uno voló hacia el oeste, y uno voló sobre el nido del cuco”. Es la canción que dio origen a la novela de Ken Kesey y posterior película de Miloš Forman, Alguien voló sobre el nido del cuco . En inglés coloquial, un loco es un cuckoo , un cuco, y un manicomio es el nido del cuco.

Vista hoy, es como si el trumpismo se hubiera apoderado del argumento de la película y le hubiese dado la vuelta. El mensaje original es una crítica a las instituciones represivas y un canto a la lucha por la libertad individual frente al control del sistema: solo hay que encajar lo que entiendes por libertad y por sistema a tu propia locura.

Es como si Randle McMurphy (el perturbado protagonista) hubiese pasado el testigo a Trump: solo hay que cerrar los ojos e imaginar a ese Jack Nicholson describiendo a la prensa el gigantesco salón de baile, modelo Sissi emperatriz, en cuyo tejado –lo acaba de anunciar el presidente– se instalará un enigmático “puerto para drones”.

Alguien, algún día, también volará sobre el tupé de Trump.


Plàcid Garcia-Planas,  en Cabaret Voltaire, la vanguardia.com