Escenario de una pesadilla global: Rusia emergiendo como la potencia hegemónica en Eurasia tras la capitulación de Ucrania; China, convertida en su socio (silencioso y superior); EE UU normalizando referendos digitales, sobre las armas o el aborto, manipulados por desinformación algorítmica; y la UE reducida a un bloque tecnocrático, sin alma. En un ensayo de política ficción, la ex ministra de Asuntos Exteriores Arancha González Laya dibuja el mundo que nos espera si Europa no reacciona.
¿En qué momento se jodió Europa? Durante décadas pensamos que el proyecto europeo desaparecería por amenazas externas, pero nunca imaginamos que sería por la irresponsabilidad de sus líderes. Nunca por la inacción de su ciudadanía. Nunca porque Europa dejara de ser ese horizonte que el resto del mundo aspiraba a alcanzar.
Si tuviéramos que elegir una fecha concreta, esa sería el día en que las tropas rusas entraron en Kiev. Ucrania capituló. Con la complicidad de EE UU y China, Rusia emergió como la potencia revisionista hegemónica en Eurasia.
Era 2027. Al levantar Estados Unidos sus sanciones contra Rusia, y acuciados por una competencia industrial despiadada de Trump y Xi Jinping, la industria europea —con la alemana al frente— demandó la reapertura del gasoducto Nord Stream. Ningún Estado miembro tuvo el arrojo suficiente para justificar ante su ciudadanía la desindustrialización por ayudar a Ucrania. Los drones rusos, con tecnología taiwanesa —que China se había anexionado—, consiguieron lo que no habían logrado en febrero de 2022. Así se culminó el colapso del orden internacional liberal. El que surgió tras la Segunda Guerra Mundial. El que yo misma había contribuido a fortalecer desde finales de los años noventa. Fue entonces cuando el sueño neoimperial de Putin se hizo realidad. Aunque vivió poco para presenciarlo.
Con gran parte de Ucrania, Bielorrusia y el sur de Kazajistán bajo control directo o indirecto, Rusia conquistó territorios y recursos: concentraba más del 40% del suministro mundial de trigo y cereales. El Consorcio del Pan Eurasiático, controlado por oligarcas cercanos al Kremlin, raciona exportaciones con criterios políticos: los países considerados hostiles —como Francia, Alemania o Japón— enfrentan bloqueos, mientras que los aliados, como Irán, Serbia o Argelia, obtienen descuentos estratégicos.
Aprovechando el vacío estratégico dejado por Occidente, Rusia cerró un acuerdo con Siria para instalar una base naval permanente en Tartús, ampliando su presencia militar en el Mediterráneo oriental. La influencia rusa no se detuvo. Moscú firmó acuerdos de seguridad alimentaria con Egipto y fue ganando terreno político en Grecia, donde desde 2030 gobierna una coalición ultraconservadora con claros vínculos prorrusos.
El Mediterráneo, antaño símbolo de unidad y origen compartido, se transformó en un escenario hostil. A la deriva entre faros abandonados, submarinos silenciosos y drones espía, los naufragios de barcos llenos de migrantes y refugiados, transportados por mafias sin escrúpulos, se cruzaban con narcolanchas de última generación y piratas buscavidas que merodeaban con el silencio cómplice de algún capitán al servicio de la marina rusa.
En esta distopía, África es el campo de batalla silencioso del presente donde todos juegan. Con su explosión demográfica, reservas estratégicas de minerales raros y dependencia alimentaria, se ha convertido en el epicentro de la geopolítica del siglo XXI. África no es la víctima silenciosa del nuevo orden: es su piedra angular ignorada. Quien controla sus rutas, puertos y campos no necesita disparar misiles en Europa o Asia. Solo tiene que esperar. Porque en este siglo distópico, el futuro no se decide donde brillan los satélites, sino donde se siembra el grano, donde se extrae el litio y las tierras raras, y donde se negocia una barra de pan con una bandera extranjera.
En este nuevo mundo de 2049, China no es el aliado de Rusia, sino su socio silencioso y superior. Fue determinante en la caída de Ucrania: mientras Occidente enviaba armas y paquetes de ayuda, Pekín incrementaba discretamente sus importaciones de gas y trigo ruso, proporcionando al Kremlin la liquidez necesaria para resistir las sanciones.
Tras la victoria rusa, China obtuvo acceso exclusivo a recursos estratégicos en Siberia y Ucrania —litio, gas, cereales— en condiciones preferenciales. Impulsó la construcción de un corredor ferroviario directo entre Pekín y Odesa, gestionado por empresas mixtas chino-rusas. Y de un corredor marítimo por el Ártico. Nuevas Rutas de la Seda que se han convertido en el eje de la geoeconomía del siglo XXI. China es como la seda: suave, sinuosa, envolvente. Actúa de forma sibilina a través de su diplomacia blanda. El arte de la guerra es saber esperar a que el enemigo se mueva. Mientras, ella observa a los enemigos caer.
Pekin se ha convertido en el arquitecto del mundo posoccidental. Ha levantado una red alternativa al sistema SWIFT, ha fundado un tribunal arbitral económico con sede en Shanghái, y ha impuesto el yuan digital como moneda de referencia en más de 40 países del sur. Su lema no oficial lo resume todo: “Mientras otros conquistan con tanques, nosotros lo hacemos con contratos”. Es el imperio invisible.
A nivel doméstico, el nuevo líder Xi Jan Pung sigue el control férreo de su antecesor, aunque más obsesionado con la videovigilancia y las epidemias globales. El Partido Comunista ha perfeccionado un sistema de control total basado en vigilancia biométrica y reeducación social. Tras la anexión de Taiwán en 2031, bautizada como Operación Gran China, cualquier disidencia es cruelmente castigada. No obstante, no todo es pan y rosas para el nuevo imperio. Con una clase media cada vez más envejecida —la tasa de natalidad es la más baja de la historia, 0,9 hijos por mujer— y robots domésticos insuficientes, caros de fabricar y aún más caros de mantener, China se ha visto obligada a abrir sus puertas a inmigrantes del Sudeste Asiático y África para cubrir tareas de cuidados y servicios básicos, lo que ha originado problemas de convivencia.
En paralelo al ascenso del dragón, vivimos el declive del que era el guardián del mundo libre. EE UU dejó de exportar democracia para exportar algoritmos de control, gas licuado y nostalgia. La ruta 66 se ha convertido en el nuevo centro de peregrinación de los que buscan la esencia del mundo de ayer: cowboys, Chevrolets y Harley-Davidson con música de fondo de Dolly Parton.
Casi en paralelo a la derrota de Ucrania, y ante la inacción de Europa, EE UU se hizo con la joya de la corona: Groenlandia. Un día Trump aterrizó con el Air Force One en Nuuk, repartió perritos calientes entre los fieles congregados con gorras de MAGA y colocó la bandera en directo, haciéndose un selfi. Tras el evento, retransmitido en directo por Tucker Carlson, y la firma del acuerdo entre EE UU y el Gobierno autónomo de Groenlandia, en el que se recogía la celebración de un referéndum de independencia, la OTAN dejó de existir de facto. Trump desplegó al recién creado cuerpo de élite DDA (el ejército de la doctrina Donroe), que se encargó de mantener presencia en el territorio sin derramar ni una gota de sangre. La primera ministra danesa convocó un referéndum en Dinamarca que simplemente constató que la población danesa tenía más miedo a que ganara el no que el sí. Lo más fácil era desprenderse de aquel bloque de hielo y que pareciera que eran los propios daneses los que preferían hacerlo antes que empezar un conflicto con EE UU. Dinamarca estaba demasiado preocupada por mantener su statu quo y controlar la migración y el empleo que por la isla de hielo.
Así EE UU mató dos pájaros de un tiro. Puso fin a la principal institución internacional militar del mundo, de la que ya no sabía cómo deshacerse, y se convirtió en el Rey del Ártico, desplazando a Rusia y China hacia sus respectivas zonas de influencia. EE UU se aseguraba el gran arsenal de materias primas por explorar en la gran isla de hielo, y también la puerta de entrada de la nueva ruta comercial que reducía el tráfico marítimo entre Asia y Europa en 10 días.
¿Qué hizo Europa entonces? Lo mismo que hizo cuando las tropas especiales estadounidenses sacaron a Raúl Castro de La Habana en una lancha rápida: emitir comunicados expresando lo profundamente conmocionados que estaban ante los hechos.
Tras la reelección de un presidente aislacionista en 2028, EE UU abandonó sus bases en Europa limitando su presencia a operaciones de inteligencia remotas. En el Pacífico, Washington mantiene un pulso débil con China por el control del mar de Filipinas y los estrechos de Malaca, pero sin comprometerse en conflictos abiertos. En América Latina se ha instalado la “Gran Valla Americana” para contener las cada vez menores oleadas de inmigrantes. Ya no hay sueño americano al que emigrar.
En el plano interno, la democracia estadounidense se ha convertido en un decorado de cartón piedra. Se han normalizado los referendos digitales sectoriales, sobre armas, aborto o educación, manipulados sistemáticamente por desinformación algorítmica. La mayoría de la ciudadanía ya no vota: delegan su voto en sistemas digitales que deciden en función de “afinidad emocional”. Los partidos son aplicaciones gratuitas, los mítines se retransmiten por streaming y los líderes son influencers efímeros. El sistema educativo ha sido colonizado por la desinformación. Se ha legalizado el “derecho a la versión propia de los hechos”, incluyéndolo en la Primera Enmienda. La ciencia es opcional, la vacunación es considerada de wokes y las escuelas enseñan lo que dicta cada gobernador. Las universidades tradicionales han perdido peso frente a las “academias patrióticas”, centros de formación ideológica con financiación privada y agenda doctrinaria.
Carnaval de Viareggio, en Italia, el pasado febrero. En la carroza están, de izquierda a derecha, el presidente de China, Xi Jinping; el presidente de Rusia, Vladimir Putin; el presidente de Estados Unidos, Donald Trump; el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. IPAS / Alamy / CORDON PRESS
Cinco conglomerados tecnológicos controlan el 80% del PIB. Son corporaciones- fortaleza, con ejércitos privados, tratados de inversión propios y ministros de facto no sujetos al control del Congreso. Incluso el Tesoro ha sido parcialmente privatizado y las reservas federales están custodiadas por BlackRock. El estilo Trump llegó para quedarse. EE UU ya no pretende cambiar el mundo. Solo pretende que el mundo no lo cambie a él.
Y en este mundo distópico, muchos lectores os estaréis preguntando qué ha pasado con Europa. En contra de muchos vaticinios agoreros, la Unión Europea no ha desaparecido, pero ha dejado de ser un actor de poder. Ha mutado en la Confederación Administrativa Europea: un bloque tecnocrático, funcional, pero sin alma.
Bruselas se ha convertido en un nodo logístico y financiero. La Comisión Europea administra fondos de resiliencia climática, gestiona el comercio digital y supervisa el mercado común, pero carece de voz estratégica. El Parlamento Europeo sigue existiendo, aunque con una participación mínima —de los 826 diputados electos solo acuden la mitad— y un poder marginal.
La UE ya no actúa unida. En las políticas de exterior, migración y defensa, los Estados miembros operan por libre o en miniligas: el eje París-Roma-Atenas, con una orientación prorrusa; el eje Varsovia-Bálticos, empecinados en mantener con vida la OTAN; la alianza francoalemana se ha desvanecido tras la llegada de Marine Le Pen al Elíseo; España, Italia y Grecia, con partes del territorio totalmente desertificadas ante el avance del cambio climático, se sienten abandonados ante la presión migratoria. Europa ha pasado de mirar al Este a mirar a ninguna parte.
La UE no tiene ejército ni capacidad de disuasión. Alemania no logró rearmarse. Francia actúa por su cuenta. Solo los Bálticos y Polonia invierten, y lo hacen con ayuda estadounidense. El Báltico se ha convertido en una trinchera, el Mediterráneo en un coladero y los Balcanes en un polvorín.
El colapso del proyecto europeo es ya una realidad. El sueño integrador ha muerto. La UE sobrevive administrando su declive. No ha sido destruida, pero ha sido vaciada de voluntad histórica. Lo que un día fue el proyecto más ambicioso de cooperación entre pueblos se ha convertido en una red de oficinas con diseño minimalista bien gestionadas, pero sin capacidad de influencia.
Este escenario distópico no es una proyección de futuro. Ni los más importantes mandatarios del Kremlin soñarían con este escenario tan beneficioso para ellos. Pero no está de más hoy imaginar todo lo que podría pasar si Europa no reacciona. Si Europa se deja llevar por los egoísmos nacionales. Aunque hoy nos sintamos solos en el mundo, debemos recordar que la UE siempre ha ido a contracorriente de la historia. Eso es lo que la hace más valiosa que nunca. Su espíritu por remontar. Por dar grandes pasos justo cuando más se necesita. Porque Europa no es un accidente, es una decisión. Y ha llegado el momento de decidirla de nuevo. ¿Y si no somos capaces de avanzar? Bienvenidos a Europa 2049.
Arancha González Laya (San Sebastián, 1969) fue ministra de Asuntos Exteriores entre 2020 y 2021, y directora del Centro de Comercio Internacional de la ONU entre 2013 y 2020. En la actualidad es decana de la Escuela de Asuntos Internacionales del Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po). Este texto es un ensayo adaptado a partir de un capítulo de su último libro, Solos en el mundo: Estados Unidos amenaza, Rusia hace la guerra, China reconstruye un imperio… ¿Y Europa?, que publica Arpa Editores el próximo 3 de junio.


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