Últimamente se cita mucho a Tucídides. No lo digo por este escrito de Antoni Puigverd en La Vanguardia, sino porque en general, en los medios escritos y orales, a menudo se suele citar al historiador griego, pero no siempre de la manera adecuada, según opina Puigverd.
"En los días previos a la visita de Trump a China, las secciones de política internacional de la prensa se llenaron de referencias a la llamada “trampa de Tucídides”, una idea del politólogo Graham Allison, que sostiene que la guerra es inevitable cuando una potencia existente empieza a temer a la potencia emergente. Este concepto proviene de una lectura superficial de Tucídides (considerado, con Heródoto, uno de los padres de la historia como disciplina intelectual), el cual, ciertamente, al principio de su Guerra del Peloponeso, hablando de las causas del enfrentamiento entre Atenas y Esparta, dice: “La causa más verdadera, aunque la que menos se manifiesta en las declaraciones, pienso que la constituye el hecho de que los atenienses, al hacerse poderosos e inspirar miedo a los lacedemonios, les obligaron a luchar (Libro I, capítulo 23). Años más tarde, sin embargo, Tucídides, en un pasaje conocido por los filólogos como el “Segundo Proemio” (Libro V, capítulo 26), sostiene que la guerra fue el resultado de la soberbia y los errores de ambos bandos: “Se cometieron por una y otra parte idéntico número de violaciones de los tratados”.
Días antes del viaje de Trump, tanto se habló del concepto de Allison que el propio Xi Jinping pidió a EE.UU. “superar la trampa de Tucídides” y alentó a los respectivos estados “a actuar como socios, no como rivales”. Trump visitaba China angustiado por la guerra de Irán. De ahí su tono contenido, tan distinto al que nos tiene acostumbrados. Y de ahí, sobre todo, su petición de ayuda para desatascar el estrecho de Ormuz, vital para la economía del mundo. Xi, con frialdad oriental, sin comprometerse sobre Irán, advirtió a su huésped de que una mala gestión del delicado tema de Taiwán podría conducir a una ruptura de las relaciones bilaterales.
Las guerras de hoy se declararon para confirmar la reputación, pero recogen desprestigio
¿Por qué incluso Xi habla de Tucídides? ¿Por qué la arcaica guerra del Peloponeso (431-404 a.C.) puede iluminar la rivalidad entre la potencia global de EE.UU. y el emergente poder chino? ¿Tan importante es para el mundo actual un historiador que escribió hace 2.500 años? Para nosotros, hispánicos, acostumbrados a utilizar los clásicos sólo para ornamentar, es una sorpresa constatar que en EE.UU. Tucídides es analizado en los estudios de geoestrategia y en las academias militares. Empezó un filólogo, Donald Kagan (padre del famoso Robert Kagan). Según ha explicado Luca Iori en la revista de geopolítica Limes, Kagan fundó un think tank neoconservador (Project for the New American Century, en el que participaron personajes tan decisivos como Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz) que conformó el pensamiento estratégico estadounidense hasta el punto de determinar su desastrosa política en Oriente Medio.
Explicando el desastre griego, Tucídides sostiene que los verdaderos motores humanos son el miedo, el honor y el interés. En consecuencia, Kagan afirmaba que, si la paz depende de mantener intacto el honor y el prestigio de la potencia dominante, cualquier desafío regional debe ser contestado de inmediato con la fuerza militar para no mostrar debilidad. Esto es lo que hicieron los Bush (padre e hijo) con Sadam Husein en Irak; lo que hicieron Bush hijo y Obama en Afganistán (debido a Bin Laden). Y es lo que está haciendo Trump con Irán ahora mismo. También es lo que hace Putin con Ucrania e Israel en los siete frentes que tiene abiertos.
Por influencia de una forzada lectura de Tucídides, todas estas guerras se han iniciado para mantener el prestigio militar de unas potencias en contraste con rivales emergentes. Y todas están causando una enorme pérdida de reputación. La Navy americana campaba incontestada por los océanos, pero Irán ha demostrado lo fácil que es complicarle la vida. Putin está empantanado en el Donbás. Israel abre frentes nuevos, pero no puede cerrar ninguno. Los estrategas no han leído bien a Tucídides. Su gran historia demuestra que las guerras en el exterior surgen sobre todo para curar o sublimar conflictos internos (la gran fractura americana actual) y terminan siempre con la decadencia de los contendientes. Atenas y Esparta quedaron sometidas a su viejo enemigo común: el imperio persa, y terminaron fagocitadas por un rey macedonio, el padre de Alejandro. Luego ya vino Roma, y el mundo griego inspiró sobre todo nostalgia".

Publicar un comentario