La memoria involuntaria es uno de esos fenómenos que parecen pequeños, casi insignificantes, pero que contienen una fuerza capaz de reorganizar la vida interior. No se convoca, no se busca, no se trabaja: irrumpe. Y en esa irrupción, a veces mínima —un olor, un sabor, una textura, una luz—, se abre una grieta por la que el pasado entra con una nitidez que ninguna voluntad podría producir. Sobre esta memoria y Proust, reflexiona Gabriel Magalhães a través de una experiencia personal.
“La memoria involuntaria es la grieta por la que el tiempo recuerda que no existe.”
"A partir de una cierta edad, la vida va rifando enfermedades entre nuestros amigos, y un servidor, por descontado, participa también en este sorteo macabro. Recientemente, a una persona muy querida le tocó un grave problema de salud, de estos que pueden llevárselo todo por delante, como un huracán desquiciado. Hablando por teléfono con este amigo catalán, él me comentó una de las posibles consecuencias de la intervención quirúrgica que su dolencia exigía, algo que le inquietaba: la pérdida del habla.
–No se preocupe demasiado –le dije–. Según la ley de Proust, eso, en principio, ya no va a ocurrir.
Y, claro, tuve que explicar a mi amigo esta ley consoladora que me he inventado para mi buen gobierno y que es una de las aspirinas de mi vida. Al final del primer tomo de En busca del tiempo perdido , ese gigantesco tapiz de sutilezas y minucias de Marcel Proust, el narrador, entrando en los balanceos agónicos de la adolescencia, se enamora líricamente de una muchacha. No son fáciles los primeros contactos –casi nada es fácil y directo en el universo de este autor–, y el joven, en su soledad, imagina cartas deliciosas que ella le escribirá y que él va redactando en el borrador de su mente. Hasta que se da cuenta de que nunca recibirá esas epístolas porque lo que se imagina no pasará jamás como lo hemos soñado. Nuestra imaginación quema , destruye posibilidades de la vida real. El protagonista deja entonces de garabatear en su espíritu esas misivas para aumentar las probabilidades de que algún día le llegue una carta de la joven. Enunciemos, pues, la ley de Proust: en principio, todo lo que imaginamos no sucederá, por lo menos del modo que lo habíamos pensado. Podrán pasar muchas cosas malas, muchas cosas buenas, pero no exactamente aquellas que alimentan nuestra ansiedad o que nuestra vanagloria paladea en nuestra fantasía.
Cuando pasan los años, uno debe admitir que la ley de Proust es cierta. Se han escrito muchas novelas sobre la diferencia abismal entre lo que uno suponía que sería su existencia y lo que al final fue su biografía. La más importante creación novelesca portuguesa, el libro Os Maias (1888), de Eça de Queirós, trata el asunto. Es una biblia del desengaño, como La educación sentimental, de Flaubert, o Una vida, de Maupassant.
En principio, todo lo que imaginamos no sucederá, por lo menos del modo que lo habíamos pensado
En nuestra juventud, la ley de Proust nos parece inaceptable porque vivimos centrados, hipnóticamente, en las alucinaciones de la luna del parabrisas de nuestro porvenir, sin prestar mucha atención a lo que fluye en el espejo retrovisor de los recuerdos. Para aceptar este principio proustiano, hay que tener alguna humildad estructural y esta suele venir con los años, cuando viene. Una vez admitida, la ley de Proust nos libera de la cohorte de fantasmas que todos llevamos dentro. Y en los cuales, por desgracia, a menudo creemos a pies juntillas, sufriendo innecesariamente.
Por lo tanto, todo lo que temes no sucederá. Puede parecer esto una forma de buenismo, algo que no anda lejos de la inocencia optimista del Cándido de Voltaire, lo admito, pero en realidad el axioma no determina que la desgracia o el sufrimiento no llegarán: sencillamente, serán muy distintos de lo que vamos recelando. Además, la ley de Proust tiene otra cara: tampoco lo que sueñas de grandioso para ti, esos caramelos de gloria que se chupan por dentro, serán reales. Este principio termina siendo un modo superior de clarividencia, que deja en nuestro espíritu una gran paz, serena y lisa como la arena de una playa en el primer amanecer, cuando ha bajado la marea.
Y lo curioso es que esta ley, que vale para las personas, también resulta cierta para las naciones. Uno de los grandes temores de la historia portuguesa ha sido la ocupación militar de nuestro país por España, su poderoso vecino. Sobre todo después de la recuperación de la independencia, en 1640, aquello que los portugueses llamamos la “restauración”, la gran pesadilla de los lusos fue una posible invasión española triunfante. Para combatir esta inquietud, este gran fantasma, se imaginó un complicado plan: transportar toda la corte y el Estado a Brasil, para seguir alzando allí el estandarte de la independencia nacional. No fue, sin embargo, necesario desencadenar este arbitrio durante los siglos XVII y XVIII. Y cuando, en 1807, finalmente se activó la operación y toda la corte huyó hacia Río de Janeiro en una gran armada, los ejércitos que habían atravesado la frontera eran las huestes galas de Napoleón Bonaparte, comandadas por Junot, que venían a vendernos las doctrinas de la Revolución Francesa a cañonazo limpio, como se vendió en el 2003 el ideal democrático a Irak. Este sería otro modo de formular la ley de Proust: el mundo real resulta mucho más creativo que nuestras ficciones, algo que los novelistas saben ser la pura verdad.
Y ¿cómo está mi amigo? Pocos días después de su operación, hablé con él por WhatsApp, con cámara incluida. “¿Me oye, Gabriel?”, fue lo primero que me dijo. Y sonreía. Estaba entubado, se alimentaba por una sonda, le espera una larga recuperación, pero hablaba bastante bien. Los propios médicos confesaron que la intervención había ido mejor de lo que esperaban: también para ellos la ley de Proust tuvo alguna vigencia. La vida humana es dura y, en este tiempo de tantas sombras, el alma se nos puede llenar de visiones espantosas como horizonte de futuro. No creamos en ellas. Hay que confiar en la dinámica divina de la realidad, capaz de inventar, en cada instante, maravillas cotidianas que no habíamos previsto.

0 Comentarios