Hace años que, sobre todo desde los mandatos de Ada Colau, el Ayuntamiento se muestra reacio a vetar los juegos de pelota en el espacio público barcelonés y, en caso de conflicto, trata de mediar y encontrar soluciones a medida. El Ayuntamiento entiende así el juego como un derecho ciudadano y también como uso legítimo del espacio público. Sin embargo, en el caso de la ronda de Sant Antoni, la filosofía del "prohibido prohibir" no ha dado frutos. El distrito del Eixample activó su servicio de mediación hace más de un año y también destinó a agentes cívicos, pero la situación no ha mejorado. El cansancio, en cambio, sí.
La ronda de Sant Antoni es hoy un escenario de aquellos que explican más de lo que parece. Por la tarde, cuando la luz decae y las farolas todavía no han tomado el relevo, la calle se convierte en una especie de teatro improvisado: los adolescentes ocupan el centro de la escena, los vecinos hacen de público involuntario y los comerciantes, desde las puertas medio abiertas, observan con esa mezcla de resignación y alerta que sólo da el oficio.
La pelota, mientras, hace su vida propia. Rebota contra fachadas, se desliza entre piernas, se escapa hacia las terrazas, entra en las tiendas como un animalito desorientado. Y en algún momento, inevitablemente, alguien piensa —o susurra— aquella frase de Serrat que resuena como una verdad doméstica: “Niño, deja ya de joder con la pelota.” No es un grito, es un suspiro. Una forma de decir que la paciencia también tiene límites, que la convivencia no es infinita, que la ciudad no puede ser siempre un patio de escuela.
Pero tampoco es tan simple. Porque estos chicos no tienen otro sitio. Barcelona ha ido borrando espacios para ellos con la misma eficacia con la que ha multiplicado terrazas, zonas de paso y rincones instagramables. Los pequeños tienen parques; los adultos, bares; los turistas, la ciudad entera. Los adolescentes, en cambio, sólo tienen la calle, y la calle —cuando no está pensada para ellos— se convierte en un campo de batalla de usos, miradas, derechos que chocan.
La gente mayor, que anda con paso corto y memoria larga, no ve juego: ve imprevisibilidad. Y la imprevisibilidad, a cierta edad, pesa. Los comerciantes tampoco ven juego: ven cristales que pueden romperse, alarmas que pueden saltar, clientes que pueden irse. Y los chicos, que sólo quieren estar juntos, moverse, gritar, existir, tampoco entienden por qué el mundo adulto les mira como un problema ambulante.
La ciudad, mientras, hace equilibrios. Habla de mediación, de sensibilización, de convivencia. Pero la convivencia no es un cartel ni un agente cívico: es urbanismo. Es planificación. Es entender que si no existen espacios para cada edad, cada edad acabará luchando por el espacio que encuentre.
Y así, la ronda de Sant Antoni se convierte en un espejo: vemos una ciudad que quiere ser amable pero que a menudo improvisa; una ciudad que defiende el derecho a jugar pero no sabe dónde poner el juego; una ciudad que habla de comunidad pero que, cuando llega la noche, se divide entre quienes quieren descansar y quienes aún no han aprendido a estar quietos.
Quizás la solución no es prohibir ni tolerarlo todo, sino asumir que la ciudad necesita más espacios intermedios, más lugares donde los adolescentes no sean intrusos ni sospechosos, más criterio y menos resignación. Y quizás también hay que recordar que, detrás de cada pilotada, hay una energía que la ciudad no sabe dónde poner. Y que, si no le da un sitio, acabará estallando allí donde pueda.
Mientras, la pelota seguirá rodando por Sant Antoni, tozuda, alegre, inoportuna. Y alguien, desde un balcón o desde una silla plegable, volverá a pensar -con una sonrisa cansada- que Serrat, como siempre, tenía razón.

El individualismo cada vez más eso, personalizado, individualizado, yo hago lo que quiero porque me sale, yo ocupo porque me parece, yo lleno de terrazas de bar las calles porque me lo pide la clientela, yo incordio porque es la libertad y soy libre, etc. está al orden del día.Se dirá que siempre se jugó a la pelota, pero cuando se molesta ¿qué hacer? ¿Se tienen que sacrificar no tanto los ancianos como cualquiera que quiera estar tranquilo? Etc.
ResponderEliminarEs que en las ciudades a los niños les han qutado las calles, y luego se quejan de que estan enganchados al móvil. Todos tienen sus espacios en las calles menos los niños.
EliminarTengo un vecino en la casa de al lado que juega a la pelota en su patio. Me habrá colado pelotas y balones de todo tipo y dureza unas 40 veces a lo largo de los siete años que llevan viviendo aquí. A veces la cuela el niño, otra vez la cuela el padre, que está jugando con el niño, y cuando esto ocurre se esconden. Ni una sola vez han pedido disculpas por ello. ¡ Viva la buena educación! Lógicamente no me quedo con las pelotas. Las suelo devolver tirándolas a su patio tras un par de días de arresto domiciliario.
ResponderEliminarEso tuyo es un caso aparte, igual no deberias devolverla asi a lo mejor al venir a buscarla te darian las gracias.
EliminarLo de jugar a la pelota en la calle es un derecho que tienen los niños, lo que sucede es que no hay espacio para ellos, entre las mesas de los bares, el carril bici, las motos aparcadas en las aceras, etc, la acera no da para más, y las plazas estan para los paseadores de perros y jubilados ocupando todos los asientos.
Saludos
No es el caso de donde vivo. Esto es un pueblo, con muchísimo campo alrededor para jugar y darle al balón. Además hay campos de fútbol. Lo del vecino es un ejemplo de mala educación por parte del padre, que educa a su hijo en no pedir disculpas ni dar nunca las gracias. Jamás me han pedido la pelota. Y eso que a veces la he tenido secuestrada varios días. Les da lo mismo. Tienen más. Lo peor de todo es que el padre, director de una sucursal de la Caixa, está enseñando a su hijo valores negativos para andar en sociedad: nunca reconozcas un error, nunca pidas disculpas, haz lo que te dé la gana y jamás des las gracias a los demás.
EliminarPues vaya vecino te ha tocado, da para contar su historia en un cuento.
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