Y van pasando los años, hay revueltas, movimientos alternativos, algún momento en el que parece que se va a romper el eslabón de esta cadena que nos oprime y angustia, pero es un espejismo, pocos mandan y muchos obedecen, así de simple, y ha sido, es y será así, por los siglos de los siglos.
El problema es que cada vez más, mandones y mandados son más idiotas, más estúpidos, y eso sí que es un problema, pues antes, en los mandones se suponía que había, aunque fuera poco, cierta hebra de inteligencia, de lucidez, y eso, hoy en día, ha desaparecido, los mandones son todavía más idiotas. Este es el principio del final del círculo vicioso de la estupidez humana. Ya lo decía Cole en su axioma: "La cantidad total de inteligencia del planeta permanece constante. La población, sin embargo, sigue aumentando" .
Hay quien decía que llevamos 28 siglos de estupidez humana, y el lamentable espectáculo sigue después de él, quizás sí que hay que hacer caso a Postman y divertirnos hasta morir. ¿Que tra cosa podemos hacer? En el resumen de los hechos, hemos perdido y el Gran Hermano ha ganado, Winston lo descubrió, tarde, pero lo descubrió, y lo entendió, entre lágrimas perfumadas de ginebra.
"La voz de la telepantalla todavía estaba derramando información sobre prisioneros, botines, matanzas, pero el griterío exterior se había reducido un poco. Los camareros habían vuelto al trabajo. Uno de ellos se le acercó con una botella de ginebra. Winston, sentado en medio de un sueño de bienaventuranza, ni se fijó, que le estaban llenando de nuevo el vaso. Ya no corría ni gritaba entusiasmado. Había vuelto al Ministerio del Amor, se lo habían perdonado todo y tenía el alma blanca como la nieve. Era al banquillo de los acusados, lo confesaba todo e implicaba a todo el mundo. Más tarde estaba andando por un corredor revestido de baldosa blanca, tenía la sensación de andar bajo los rayos del sol, con un guardia armado detrás de él. La bala, tanto tiempo esperada le entraba por el cerebro. Levantó la mirada hacia aquel rostro enorme. Le había costado cuarenta años de aprender qué tipo de sonreír se escondía detrás el bigote oscuro. ¡Qué malentendido tan cruel e innecesario!. ¡Qué exilio tanto tozudo como obstinado, lejos del pecho amoroso!. Dos lágrimas perfumadas de ginebra le manaron a ambos lados de la nariz. Pero ahora ya estaba todo bien, todo era correcto, la lucha había acabado. Había obtenido la victoria sobre él mismo. Estimaba el Grande Germà". "George Orwell, 1984"

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