Navegando, me encuentro con Paco del Campo, un afable hombre mayor que lleva siempre la misma ropa (camisa de cuadros, chaleco de punto) y sabe elegir sandías y preparar remedios para dormir mejor. Lleva solo dos semanas publicando sus vídeos, pero ha conseguido más de un millón de seguidores entre Instagram y TikTok que parecen adorar sus consejos sobre cómo comprar pimientos o qué hacer con un aguacate marrón. No uses sal refinada, dice, mírale la base a los apios. Vende libros electrónicos de entre cinco y 13 euros con sus consejos, y está contento porque le va muy bien con ellos. Compruebo que tenemos media docena de contactos en común, personas educadas y con muchas horas de internet a sus espaldas. Pregunto a una de ellas y me dice que ese abuelo no para de salirle y que le parece entrañable. Ni ella —ni, estoy segura, la mayor parte de sus seguidores— han notado que Paco no existe y está creado con inteligencia artificial. Bien mirado, hay algo extraño en su voz y en sus escenarios, perfectos fondos rurales de los que cuelgan ramilletes de aromáticas. Está muy bien hecho y sus vídeos no aparecen etiquetados como artificiales. Dentro de los términos legales de su web sí se reconoce que “Paco del Campo” es una denominación comercial, y que el nombre y el NIF de la persona supuestamente creadora es otro.

Paco es quizá el caso más llamativo, por su crecimiento explosivo y su habilidad para desactivar precauciones con una sonrisa bonachona, de un mundo, el de los falsos influencers creados con IA, que las redes sociales no parecen querer o poder controlar. Sigo navegando y compruebo que existen decenas de cuentas similares. Suman millones de reproducciones, posiblemente realizadas por humanos que creen estar recibiendo contenido legítimo. Manuel del Campo, con pinta de granjero, tiene más de 500.000 seguidores en Instagram; Sofía y Eduardo, “expertos en salud holística”, unos doscientos mil cada uno. Sus contenidos son similares a los de Paco, y sus libros también, solo que en lugar de llamarse “Los remedios naturales de Paco” se titulan “Los 150 remedios naturales del campo” o “Más de 160 remedios holísticos”. En este universo de ganapanes digitales donde todo el mundo se copia entre sí, la frontera de la legalidad es difusa, no existen controles editoriales, y el daño que pueden causar sus consejos virales aparentemente inofensivos pero que juegan con la salud es evidente. Resulta fácil y barato crear un Paco en una tarde y ganar unos miles de euros vendiendo un archivo PDF como mínimo decepcionante y, en el peor de los casos, peligroso.

En mi paseo digital veo que están de moda los mismos arquetipos de la sabiduría ancestral que llevan siglos convenciéndonos: viejas sabias, monjas que desvelan trucos del convento, curanderos de mediana edad, chamanes exóticos. Poseen audiencias considerables y venden productos digitales clónicos. Otras redes de falsos influencers de salud han llegado a comercializar suplementos, o a suplantar a médicos legítimos con sus gemelos digitales. Este tipo de picaresca no es nueva, pero sí su dimensión, su alcance y la velocidad a la que mejora la calidad del engaño. Que un Paco cualquiera consiga confundirme a mí también es solo cuestión de tiempo, si es que no ha sucedido ya. Ayer la cuenta publicaba el testimonio desvergonzado de una mujer también creada con IA: “Yo no soy muy de comprar en internet, que hay mucho ladrón suelto, pero tú, Paco, me diste confianza desde el primer momento”.

Delia Rodríguez en elPaís