Apenas habían pasado 15 minutos de las ocho de la mañana cuando, el 6 de agosto de 1945, los habitantes de Hiroshima tuvieron un terrible despertar: el bombardero estadounidense Enola Gay dejaba caer sobre la localidad la primera bomba atómica de la historia. El suceso precipitó el final de la II Guerra Mundial. El coste humano y moral aún hoy no se ha pagado.
No sé si se hablará mucho el seis de agosto de este año, en agosto todo queda apagado. Este terrible poema de Sankichi Toogue, relata con una enorme y poética dureza, aquellos trágicos hechos de hace 70 años.
El 6 de agosto, de Sankichi Toogue
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¡Cómo podremos olvidar aquella centella!
En un instante los 30,000 en las calles desaparecieron
En el fondo de las tinieblas, aplastados
los gritos de los 50,000 cesaron.
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Cuando el humo huracanado y amarillo se desvaneció
los edificios estaban rajados, los puentes derretidos
los trenes llenos de gente quedaron chamuscados
vasto páramo de escombros Hiroshima.
Con pieles colgando como tiras viejas
con las manos en su pecho
pisando líquido encefálico
vistiendo pedazos de tela quemada en sus caderas
lloraban hombres y mujeres desnudos caminando en procesión.
Cadáveres como budas de piedra, dispersos en el jardín de una escuela.
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La muchedumbre se agolpó en la orilla del río,
luego trepó a las balsas,
y se convirtió en una pila de cadáveres bajo el sol abrasador.
En medio de las llamas que se levantaban en el cielo crepuscular
los barrios donde vivían mi madre y mis hermanos, aplastados vivos,
fueron cubiertos por el fuego
en un lugar lleno de excrementos
muchachas escolares estaban tiradas;
los vientres hinchados, los ojos arrancados, las cabezas sin pelo,
los cuerpos descuartizados.
El sol matutino alumbró a una masa anónima apiñada.
Nadie se movía.
En el estancamiento del hedor
se oía sólo el zumbido de las moscas.
¡Cómo podremos olvidar aquel silencio
que caía en la ciudad de 300,000 habitantes!
¡Cómo podremos olvidar
aquella plegaria nunca pronunciada por las cuencas blancas y
vacías de nuestras mujeres y nuestros hijos!
EL HORROR - ABADDÓN EL EXTERMINADOR
1945 - La mañana del bombardeo de Hiroshima - relata el señor Yamamoto - iba en bicicleta cuando oí un ruido de aeroplanos. Pero no presté atención, porque por entonces estábamos habituados. Dos minutos más tarde se levantó una gigantesca columna de fuego en medio de terroríficas explosiones, como el chasquido de mil truenos a la vez. Mi bicicleta fue arrojada al aire y yo caí detrás de una pared. Cuando pude trepar, vi una horrible confusión, sentí un enloquecido griterío de chicos y mujeres, así como chillidos de personas seguramente malheridas o moribundas, Corrí hacia casa, advirtiendo en el trayecto gente apretándose grandes heridas, otros cubiertos de sangre, la mayor parte quemados. Todos mostraban el mayor pavor que yo he visto en mi vida, y el mayor sufrimiento concebible. Más allá de la estación se veía un mar de fuego y todas las casas destruidas. Me angustiaba pensar en mi único hijo Masumi y en mi mujer. Cuando por fin logré llegar, entre escombros e incendios, hasta lo que había sido mi casa, no había más paredes y el piso estaba inclinado como por un terremoto, con pilas de cristales rotos y fragmentos de puertas y falso techo. Mi mujer herida, clamaba por nuestro hijo, que había salido para hacer un pequeño mandato. Lo buscaremos por todas partes, en la dirección a la que había ido, hasta que nos encontraremos a un ser desnudo, casi sin piel, con el pelo también quemado, que gimiaba en el suelo, casi ya sin fuerzas para contraerse. Con horror le preguntaremos quién era, y con voz apenas comprensible el desgraciado murmuró con una voz extrañísima: Masumi Yamamoto. Tokio - AFP.
De 'Abaddón el exterminador' - Ernesto Sábato.

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