LOS INVISIBLES DE CEUTA


 Los últimos datos oficiales disponibles -que hay que confirmar siempre con fuentes locales o actualizadas- indican que en Ceuta hay unos 250 menores migrantes tutelados por la administración autonómica, aunque la cifra ha ido fluctuando mucho desde la crisis de 2021, cuando llegaron cerca de 1.500 jóvenes en pocos días. Actualmente, según informes del Ministerio de Inclusión y Servicios Sociales y de la ciudad autónoma de Ceuta, la mayoría de estos menores se encuentran en centros de acogida o programas de retorno voluntario, mientras que unas decenas siguen viviendo en la calle o en espacios informales, a menudo en situación de vulnerabilidad y sin documentación.

La gestión es compleja: el sistema de protección está saturado, y el traslado a la Península o el regreso a Marruecos depende de acuerdos bilaterales que a menudo se atascan. Las ONG locales denuncian que muchos de estos jóvenes no quieren volver y no pueden avanzar, atrapados entre dos fronteras que les niegan futuro.

Ceuta es hoy un laboratorio de la impotencia europea. Detrás de las vallas, entre el hormigón y el mar, viven -o malviven- unos doscientos cincuenta menores migrantes, según los últimos datos oficiales. Llegaron solos, empujados por la miseria o por la ilusión de un futuro que no existe. La mayoría están en centros de acogida saturados, y una parte —unas decenas— siguen rodeando la calle, sin papeles, sin escuela, sin horizonte.

Europa, que presume de derechos humanos, no sabe qué hacer con ellos. España, atrapada entre la legalidad y la compasión, tampoco. Marruecos les niega, la Unión Europea les ignora, y las ONG locales hacen lo que pueden con recursos que no llegan. Mientras, estos jóvenes se convierten en sombras que nadie quiere mirar, en una frontera viva que recuerda a diario la distancia entre los discursos y la realidad. Y, por si fuera poco, el mapa político español añade una capa más de cinismo: ninguna comunidad gobernada por el PP quiere acoger a estos menores. Todos reclaman "soluciones", pero nadie quiere ser parte de la solución. La solidaridad territorial, tan invocada en otros debates, se hace aquí pequeña, minúscula, casi ridícula. Los chicos de Ceuta no son una causa: son un problema que se prefiere mantener lejos, en la periferia, en ese rincón donde la moral no molesta.

En las redes, el debate es tan ruidoso como estéril: unos reclaman mano dura, otros apelan a la solidaridad. Pero ninguno de los dos bandos habla de estos chicos como personas. Son símbolos, disculpas, materia prima para la indignación. Y así, Ceuta se convierte en un espejo incómodo: el lugar donde Europa se ve tal y como es, una potencia que ha perdido su alma.

La pregunta es muy sencilla: ¿Qué vale una vida cuando no tiene pasaporte?

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