Ahí está el asunto. ¿Y si el problema no fueran los alumnos que usan ChatGPT, sino una universidad que lleva años evaluando cosas que una máquina puede hacer en diez minutos?.
La universidad tendrá que enseñar a usar la IA, porque los futuros profesionales van a utilizarla
La reacción ha sido prohibir. Algunas universidades ya vetan la IA en los trabajos. Estupendo, prohibamos que salga el sol. El problema no pasa tanto por pillar al tramposo como por saber qué acredita exactamente el trabajo que se presenta: si las aptitudes del estudiante o la pericia de una IA. Y perseguir a la máquina con detectores cada vez más sofisticados solo añade otra capa más de burocracia a la universidad.
Que se pregunte al alumno, pero de verdad. Que defienda lo que ha escrito, que demuestre lo que ha aprendido, que explique por qué eligió una fuente, que responda cuando le lleven la contraria. Que resuelva algo que no estaba preparado de antemano. No porque la conversación sea un ritual pedagógico, sino porque así resulta bastante más difícil esconder que no tiene ni idea. Con la clase ocurre algo parecido.
El profesor se limita a leer los apuntes, ajeno a que compite con una IA que trabaja de noche, sin descanso, y explica lo mismo cien veces sin perder la paciencia. Gandul, no sé, pero el estudiante no es idiota por elegir la opción cómoda. Quizá se la están brindando.
La universidad tendrá que enseñar a usar la IA, porque los futuros profesionales van a utilizarla. Un abogado podrá pedirle un borrador a la máquina, pero lo preocupante será si no sabe detectar cuándo esta le responde una estupidez. Hay que empezar por cambiar la forma de evaluar. Y, luego, repensar el ECTS, transformar el TFG y devolver valor a la enseñanza presencial. Solo así la universidad y sus inquilinos evitarán hundirse en la ignorancia. - Susana Quadrado Mercadal - La foto es de Marc Carnicé/Sirerafoto.

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