Como toda ciudad, está organizada por calles. El creador del nomenclátor, un musicólogo que se muestra algo esquivo al principio, me las muestra: avenida de las Trece Rosas, plaza del Pueblo Gitano, plaza Blas Infante, plaza Catalunya, plaza Rosa de Luxemburgo… Y la mejor de todas, claro: la plaza Andaluces de Jaén. Hay ingenio, elocuencia, sentimiento... Incluso las vías que dan a la fuente tienen nombres acuáticos o navales, como la calle Acorazado Potemkin. El musicólogo, que trabaja en la comisión de Urbanismo, dibujó a mano alzada el único mapa de la ciudad, pero no deja fotografiarlo: «hay mucho neonazi suelto y aquí hay personas en situaciones vulnerables». No encuentra necesario entregar al enemigo la cartografía del lugar; ya hay flechas en el suelo para facilitar la orientación.
Conforme me voy adentrando voy descubriendo las diferentes comisiones que organizan esta «ciudad efímera de la resistencia» —llamada así por un filósofo que duerme allí desde el primer día—: la comisión de Información y Comunicación, encargada de organizar la logística; la de Archivo, que redacta actas de todo el movimiento desde la primera noche —y que espero que esté haciendo bien su trabajo, pues con el tiempo podrían exportar un modelo para otras ciudades efímeras igual de necesarias—; la comisión de Mediación, que turnan vigilantes en las entradas del fuerte por si ven a «ultraderechistas» que quieren meter bulla; el Parque Público de Tiendas (PPT), que organiza, entre otras cosas, la rotación de algunas 'viviendas' por el bienestar de sus habitantes; Construcción, formada por geógrafos, topógrafos y arquitectos técnicos —uno de ellos, ya jubilado, trabajó para el gobierno de la ciudad— que han diseñado un sistema de cuerdas, agujeros y contrapesos para vaciar el agua acumulada en las lonas —de ahí los adoquines—; Cuidados y Enfermería, con profesionales de la salud que atienden crisis de ansiedad, enfermedades y otras dolencias físicas…
Esta impresionante ciudad cuenta con servicios públicos: bomberos, abogados, cine, biblioteca y espacio de coworking, almacén, banco de alimentos, ferretería, fanzineteka… ¡y hasta un periódico, 'La Lona'!
Esta impresionante ciudad, que ha sido señalada por Ayuso como un nido de terroristas, también cuenta con servicios públicos: unos bomberos con plan de evacuación y protocolo de emergencia; dos abogados de guardia, cuyos nombres han de memorizar todos los ciudadanos por si son detenidos; un cine, una biblioteca en construcción y un espacio de coworking; almacén, banco de alimentos, ferretería, fanzineteka… ¡Y hasta un periódico que reparten cada mañana y que ellos mismos redactan e imprimen! Llamado La Lona.
Además de un ascensor que da al Metro, tres comercios madrileños han quedado atrapados dentro de la ciudad: un estanco al que llaman «Fidel Castro», una administración de lotería, que se lamenta porque no está vendiendo apenas lotería de Navidad, y una tienda de souvenirs. Ojalá la plaza hubiera tenido unos aseos públicos, pero por no tener, en las últimas décadas no tuvo ni bancos ni sombras, solo unas tibias penumbras proyectadas por unos toldos de dos millones de euros que nunca sirvieron para nada —salvo para la acampada, curiosamente, pues sus altas estructuras han sido cruciales para levantar las tiendas—. Pero los manifestados se las apañan sin aseos, pues disponen de una lista de comercios afines que les prestan el baño, como la maravillosa librería Mujeres, que hasta ofrecieron un servicio de ducha. El pueblo unido jamás será vencido, decía Quilapayún. Desde luego, podrá encantar u horrorizar la acampada, pero es innegable la impecable organización de los movimientos sociales progresistas y de izquierda. Parecen hormigas. No puedo imaginarme algo semejante urdido y llevado a la práctica por los llamados cayetanos, que antes de la primera asamblea comprarían un cartón en El Corte Inglés para sentarse y no mancharse los pantalones blancos.
«Como en cada ciudad, también ha habido algún robo. Somos una sociedad en pequeña escala, es normal. Lo raro sería lo contrario», me confiesa un organizador. Y admiro su comprensión.
Culturalmente, la ciudad es muy efervescente. Veo talleres de autoedición, de reciclado, clubs de lectura, conciertos, recitales… ¡Y a unas lesbianas leyendo en voz alta a santa Teresa! Más de cuarenta asociaciones se organizan periódicamente en las asambleas y dan forma a la parte inmaterial de la ciudad. Bien orquestados, respetan el alcantarillado y el ancho de las calles para los servicios de emergencia, limpian cada día el suelo dentro y fuera del perímetro de seguridad pactado con la policía y los bomberos; colocan cajas en varios de sus establecimientos para ayudar a Ceuta, conscientes de los problemas de su país…
Os confieso que nunca vi tan viva esta plaza, y la cruzo a menudo, pues vivo en Lavapiés desde hace ya casi diez años. Un ente vivo y soñador. Almeida vio un cuchillo para cortar pan y untar hummus y sintió miedo; ve peligro donde yo solo veo ilusión y una esperanza en ciernes. ¡Y un magnífico uso del ágora! De una plaza que es, por fin, habitada. La escultura de la osa, cubierta de pegatinas, sonríe. Ha dejado de ser fondo de las fotografías de los turistas a vigilar la ciudad efímera levantada por los jóvenes de Madrid. Y siente orgullo.
Antes de marcharme de la ciudad dentro de la ciudad, le pregunto a un ciudadano efímero por los dibujos de bridas que encuentro por todos lados. Me dice que es «todo un símbolo para nosotras, pues es un instrumento que, como nosotras: une, resiste y junta». - David Uclés en la Vanguardia.

3 Comentarios
Me dan envidia. Me gustaría ser joven y estar ahí. Pero también me gustaría que la mitad del censo de esa ciudad Sol, dejaran la tienda el 29N para ir al colegio electoral.
ResponderEliminarEsta vez creo que será diferente, están muy motivados.
EliminarA ver si es así, pues luego no ves ni un joven votando.
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