El Reino de España, es ahora mismo como una nave perdida en el centro de una gran tormenta donde olas y vientos la dominan como un juguete. Está en riesgo el sistema democrático que nació en medio de grandes dificultades y equilibrios, pero en un contexto de gran esperanza histórica. Ha sido una larga época de prosperidad y libertad. Las sombras de los años finales no pueden eclipsar las bondades de una época que, sin embargo, ahora perjudica a las jóvenes generaciones, que son las más desencantadas y, por consiguiente, las más fácilmente seducidas por tremendismo: del “a por ellos” a los CDR.

Hay mucha tensión ambiental. En su momento, la flema del presidente español llegó a parecer grandiosa: he ahí el hombre que deja pasar los problemas. Era el nuevo inventor de la máquina del tiempo: los problemas se resolverían solos o se pudrirían. No se han podrido: queman. La corrupción lo infecta todo, hasta las universidades; y la crisis territorial se está envenenando cada día más, ahora ya internacionalizada. El tempo de Rajoy ha dejado de deslumbrar. Lo que está en riesgo ya no es el timón del Gobierno (todo el mundo sabe que a medio plazo acabará en manos de Cs). Lo que ahora está en riesgo es el sistema. La monarquía se la juega. Una república aznariana (que en Catalunya literalmente explotaría) es mucho más verosímil hoy que hace 10 o 15 años, cuando se hablaba de ella.
Ahora todo el mundo se da cuenta de la irresponsabilidad de no afrontar los problemas. La judicialización del conflicto catalán está desgastando España en el contexto internacional. Cada día se destinan más energías a castigar a los díscolos, a forzar las leyes, a evitar que Puigdemont se convierta en un hombre respetado en Europa. Si la crisis generacional y la crisis catalana eran las dos columnas agrietadas del edificio del 78, ahora una nueva columna amenaza ruina: el primer partido, el PP, no sólo podría perder las próximas elecciones, sino que podría desaparecer, engullido por Cs. La gota de Cifuentes ha colmado el vaso.
Mientras tanto, dando por hecha la protección de Alemania, el independentismo está eufórico. Es bipolar. Ahora bien: la estrategia catalana de la complicación puede sufrir muy pronto algún revés sonado, puesto que, tras la decisión de los jueces de Schleswig-Holstein, el Estado español es ahora un león herido. Su herida, un eco del malestar de 1898, no anuncia nada bueno: recordemos que el pesimismo de la generación del 98 desembocó en el falangismo. El PP querrá tapar sus errores con más tremendismo. Ciudadanos ya no puede moderarse: debe tensar la cuerda todavía más. El PSOE agoniza (esperando el sorpasso triste, inútil, de Podemos). Por su parte, el independentismo, abandonando las tentaciones pragmáticas, persistirá en la vía de la complicación internacional, indiferente a la gobernación catalana.

Tremendismo jurídico, crudeza policial, tensión internacional, intensificación del conflicto, ninguna concesión a la política... España reencuentra el viejo camino de siempre. La verdadera memoria histórica de España es la adicción al desastre. - antoni puigverd - lavanguardia.com
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Francesc Puigcarbó

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