Criminalizar a los inmigrantes en España, un país donde la inmigración sube al mismo ritmo que la seguridad, es tan miserable como tratar a los y las ciudadanas de imbéciles al decirles que un inmigrante que delinca debería ser expulsado, algo que ya contempla el Código Penal, como han insistido estos días públicamente muchos juristas ante la sarta de barbaridades que han echado por la boca los dirigentes de Vox, los del PP en su carrera electoral (empezando por Feijóo) y sus canales de repetición automática. 

España ha sido históricamente un país de grandes movimientos migratorios —desde el éxodo rural del siglo XX hasta la llegada masiva de inmigrantes extranjeros en las últimas décadas—, pero eso no siempre se traduce en una comprensión profunda del fenómeno. Aunque millones de españoles emigraron dentro del país o al extranjero, esa experiencia se ha diluido en el relato colectivo. La migración interior (del campo a la ciudad, o entre provincias) se normalizó tanto que dejó de verse como "migración" en sí. La emigración exterior (a Europa o América) se recuerda más como una necesidad económica que como una experiencia compartida con los migrantes actuales. A todo ello habría que añadir a los exiliados de la Guerra Civil, no solo a Francia, sino a México, Chile o Argentina, donde por cierto fueron bien acogidos.

España ha vivido todas las caras de la migración, pero entenderla requiere más que haberla experimentado: exige empatía, educación y voluntad política. El irrepetible Forges nos lo explicó  en una de sus viñetas: “Sentimos como íberos, tememos como celtas, pensamos como griegos, reímos como romanos, trabajamos como hebreos, amamos como árabes y creemos como gitanos. ¿Cómo puede haber un español racista?”. Que no nos manipulen; en nuestra diversidad, en la diversidad de España desde sus orígenes, en sus lenguas, en sus culturas, en sus gentes que vienen y van,… está nuestra grandeza frente a un mundo cada vez más autoritario y violento con el vulnerable, el pobre. Porque, al final es eso; el fascismo es eso y parece mentira que haya que contarlo de nuevo y un siglo después.