Los recientes sucesos de Venezuela han empujado a muchos analistas a la convicción de que el mundo se encamina hacia un nuevo orden, si es que no está ya instalado en él, marcado por el multipolarismo regional imperialista: un orden en el que un reducido y selecto grupo de grandes potencias podrán hacer y deshacer en sus respectivos patios traseros sin que nadie les tosa, y así, se ha interpretado la trapacería de Trump y las declaradas intenciones de seguir por el mismo camino en Cuba y Colombia, y quién sabe si en Groenlandia, como una invitación a Beijing a imponer por la fuerza su soberanía sobre Taiwán y a Putin a continuar su empresa restauración del imperio zarista frente una Unión Europea desorientada e inerme.

Mientras tanto, Donald Trump lleva días repitiendo que su intervención en Venezuela gira en torno al petróleo, pero, bajo tierra, este país tiene muchas otras riquezas infraexplotadas. Las grandes mineras estadounidenses podrían aterrizar en los próximos meses en busca de minerales imprescindibles. Venezuela tiene la cuarta mayor reserva de carbón de Sudamérica, posee en el subsuelo grandes cantidades de coltán y otras tierras y metales críticos, y tiene uno de los mayores depósitos de oro del planeta, que lleva una década intentando explotar sin éxito. El Plan Minero 2019-2025 de Venezuela se ha centrado en 13 minerales: oro, diamante, hierro, carbón, coltán, níquel, sílice, fosfato, feldespato, bauxita, mármol, granito y caliza. Algunos sirven simplemente para la construcción, pero otros son clave para fabricar baterías, placas solares y todo tipo de aparatos electrónicos.

“Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará”, afirma el Eclesiastés. A la postre, desde una perspectiva materialista habrá que ver si toda esta supuesta transición hacia un nuevo orden no es sino la enésima estratagema del capital para su preservación. Igual que, como señalaba Perry Anderson, las dictaduras fascistas de los años 30 fueron la solución histórica para el peligro derivado del movimiento obrero, la expansión triunfante del trumpismo y el reparto del mundo entre imperios al servicio de oligarcas podría interpretarse como la respuesta ante las amenazas que el capital enfrenta en nuestro tiempo, destacando entre todas ellas el agotamiento del sistema económico vigente ante el inminente colapso ambiental del planeta. En 1915, Rosa Luxemburgo vaticinó que el futuro nos depararía “socialismo o barbarie”. Pues bien, el futuro ha llegado y no es ya que haya salido barbarie: es que nos encontramos en algún lugar a mitad de camino entre '1984' y 'Un mundo feliz', con incipientes barruntos de Terminator, y la consagracion de la distopica Idiocracia.

Con información de eldiario.es e infolibre