Era solo un ligue, no estaban casados y, para no tener problemas con el puritanismo de los ayatolás en su vuelo hacia el estrecho, los dos llegaron al aeropuerto de Teherán por separado. Como si no se hubieran visto en su vida. En los controles, en filas diferentes, fueron interrogados por la policía.
A él le preguntaron a qué se dedicaba, y para no acabar de decir la verdad se le ocurrió responder con el oficio de todos sus antepasados: marino.
Y a ella la policía le preguntó de entrada qué hacía viajando al estrecho con un español... ¡ya lo sabían!: los iraníes son los alumnos más aventajados del Mosad en esta parte del planeta.
También le preguntó a qué se dedicaba su amigo español, a ver si se contradecían: no habían pactado previamente una misma respuesta.
–¿Y cómo se te ha ocurrido contestar que soy marino? –le preguntó él, muy sorprendido, ya fuera del control.
–Porque soy iraní –le respondió ella, como si el simple hecho de serlo, como estos días le está quedando claro a Trump, explique lo inexplicable.
Volaron hacia la isla de Qeshm y, de allí, en una golondrina cutre, navegaron hasta la isla de Ormuz. Mi amigo no pudo nadar sus ocho kilómetros de costa porque el mar estaba en algún punto demasiado picado. Ascendieron a los acantilados –una irreal paleta de azules, ocres, amarillos y rojos– y ella soltó su velo al viento. Así suelen ser los campos de batalla: hermosísimos.
Regresaron a la isla de Qeshm, donde tenían reservada habitación a través de un Airbnb local que no hace preguntas: pecar en Ormuz, el estrecho que decide en qué mundo vivimos.
Velo al viento en los acantilados de la isla de OrmuzMi amigo, avezado al fondo de los mares, buceó por esta isla y me describe la peculiar suciedad de sus aguas, la delicada turbiedad existencial que supura una autopista de superpetroleros que hoy pagan peaje por pasar.
“Había muchos bichos raros”, explica, “y el agua estaba muy caliente”.
Tan caliente como el agua de la isla del Telégrafo que un día buceé en el lado omaní del estrecho, en un fiordo del extremo norte de la península de Musandam, una atalaya geológica sobre esta yugular petrolera, desmedida mole que se hunde por el choque (y subducción) de la placa tectónica arábiga con la placa euroasiática. El agua en la isla del Telégrafo es caliente, y los tiburones que vi, pequeños. Se llama así porque en 1864 albergó una estación repetidora británica que amplificaba los mensajes del cable submarino del golfo Pérsico, parte del cable telegráfico Londres-Karachi.
La guerra paraliza ahora el mayor espectáculo del estrecho: las cabras y corderos persas que surfean Ormuz hacia este fiordo omaní. Cuando los misiles callen, los bovinos llegarán de nuevo a primera hora al puerto de Jatab. Y llegaran, esencialmente, mareados: habrán cruzado Ormuz encerrados en cajas de fibra de vidrio, sobre pequeñas planeadoras sorteando primero a los guardacostas iraníes, y luego –en la penumbra–, a los superpetroleros que pasan como filas de orugas. De vez en cuando, alguna planeadora se estampa contra su pesado metal.
Aquí, los mareados corderos y cabras serán apretujados en camiones y acabarán degustados por el Golfo.
Al caer el sol, los contrabandistas iraníes volverán a la república de los ayatolás cargados con productos electrónicos y cigarrillos americanos. Las planeadoras regresarán a la oscuridad de Ormuz tal como llegaron: al fondo del puerto verán el fuerte que los portugueses construyeron hace cuatro siglos para proveer de dátiles y agua a sus barcos, y grupos de delfines escoltarán su salida hacia el volátil estrecho.
Algún día bucearemos entre restos de electrodomésticos y de misiles como hoy buceamos los restos del cable que unía Londres y Karachi, aún visibles en el fondo de la isla del Telégrafo, que los británicos abandonaron por el calor y la hostilidad de las tribus locales.
Cualquier breaking news de esta guerra es, esencialmente, un avance informativo arqueológico. Plàcid Garcia-Planas Marcet


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