¿SE PUBLICARÁN EN EL FUTURO NOVELAS SIN IA?

Menos de un 1% de los alpinistas que suben al Everest lo hacen sin oxígeno artificial y en estilo alpino (con el mínimo equipaje). De entrada, por la extrema dificultad de esta modalidad, pero también por los problemas añadidos que plantea hacerlo rodeado de turistas que sí recurren a esta forma de dopaje.  El alpinista que sube a pulmón abierto sufre más el frío que el que se ayuda de oxígeno embotellado, pero es este, por su presencia masiva, el que colapsa los pasos más angostos y el que obliga así al primero a hacer unos parones muy peligrosos para su integridad. 

Y luego está la tentación, tan humana, de renunciar a la pureza de la escalada sucumbiendo a ayudas que están al alcance de la mano, como asirse en algún momento a la barandilla de cuerda que facilita el acceso a la cumbre. Al esfuerzo sobrehumano que supone ascender con solo el 35% del oxígeno disponible a nivel del mar hay que añadir, así, la fuerza de voluntad necesaria para rechazar la ayuda de una baranda que está a solo metros de distancia y desde la que los turistas ven al escalador sin oxígeno no solo como si fuera un extraterrestre, sino también como el aguafiestas que los pone en evidencia. La consecuencia de este despropósito es que muchos alpinistas de élite renuncian a subir al Everest. Solo van los que no tienen otro remedio porque se han marcado el reto de los catorce ochomiles, o los que eligen vías más exigentes y, por lo tanto, solitarias, que son los menos.

La metáfora de escalar el Everest suele utilizarse cuando se describe la dificultad de escribir una novela, una actividad que es también muy exigente, incluso en el aspecto físico (que se lo pregunten a los traumatólogos especializados en la columna). 

Igual que los montañistas, los novelistas se han beneficiado también de ciertos avances tecnológicos. El acceso desde casa a las hemerotecas digitalizadas o los buscadores online facilitan mucho la labor de documentación, aunque algunos románticos prefieran la atmósfera entrañable de la hemeroteca física o la compañía fiel del diccionario Fernando Corripio para encontrar sinónimos.

De hecho, Google introdujo en 2015 un cambio imperceptible en su algoritmo que supuso un paso intermedio hacia los actuales modelos de Inteligencia Artificial (IA) generativa. A partir de entonces, el buscador convertía palabras en significados y ajustaba los resultados en función del comportamiento previo del usuario. Por ello, no llevan del todo razón los autores que, siendo usuarios del buscador de Google, rechazan de plano haber usado la ayuda de la IA. Se ajustan a la verdad, pero solo hasta cierto punto, porque, incluso cuando se acude a una hemeroteca digital –pese a que la tecnología de base es una práctica tan analógica como el escaneo– en el proceso de consulta se interactúa con sistemas de IA que filtran, interpretan y reorganizan la información.

En cualquier caso, recurrir a esta ayudita sería comparable a la decisión del montañero de usar un tramo de cuerda o de escalera que una expedición previa ha dejado instalada en la montaña. Nada grave. Una muleta que solo los muy puristas rechazarían. El problema llega cuando se popularizan los chats de IA generativa y descubrimos que la máquina está en condiciones de crear. Y no solo eso: preparada para crear cada vez con más calidad.

En poco tiempo se ha pasado del “nunca escribirá como un humano” a la preocupación del editor ante la posibilidad de que le cuelen novelas con dopaje algorítmico. Ya no se trata solo de echar mano de tramos puntuales de cuerda: la nueva IA incorpora oxígeno inagotable y de fácil uso; asideros desde el campo base hasta la cima; aproximación a los campamentos en helicóptero y moqueta y plantas ornamentales en las tiendas de campaña. El kit completo del escritor de éxito.

Está pasando. La editorial Hachette ha retirado la novela superventas Shy Girl , de Mia Ballard, ante la evidencia del uso relevante de inteligencia artificial. Ballard se excusó declarando a The New York Times que una persona contratada para editar el texto se ayudó de la IA. Una editora barcelonesa explicaba esta semana en privado que ya ha recibido el primer manuscrito dopado . ¿Cómo lo supo? En la entrevista con el autor, este no estuvo a la altura de la originalidad y el nervio del texto.

Los editores están inquietos, porque sus estructuras no están preparadas para contener lo que se avecina. Un problema añadido es que los sistemas de detección de IA en los textos son por el momento poco fiables: ofrecen porcentajes no desdeñables de falsos positivos y de falsos negativos. El escritor Jorge Carrión tuiteó hace unos días el resultado de pasar el primer párrafo de Cien años de soledad, de 1967, por el verificador ZeroGPT: la conclusión era que el texto de Gabriel García Márquez era cien por cien IA. “Estamos entrando en un mundo absolutamente demencial”, concluía Carrión.

Seguro que hay detectores mejores que este, pero ninguno garantiza la precisión absoluta porque se basan en patrones estadísticos de lenguaje y no en pruebas directas, pero también porque tienen problemas cuando se enfrentan a modelos muy sofisticados de IA y porque no analizan el proceso de escritura.

En este escenario, no es descabellado imaginar que cada vez más lectores o espectadores acabarán aceptando los relatos o guiones creados con la ayuda de la IA. Ya está sucediendo: las fórmulas de éxito que utilizan las plataformas de contenido, como incluir un muerto en el inicio del primer capítulo de una serie, responden ya a sugerencias algorítmicas.  Es más, muchos pensarán que, si la IA se ha infiltrado ya en la mayoría de nuestras actividades personales o profesionales, ¿por qué deberían quedar exentas las novelas?

En un futuro distópico pero no necesariamente lejano, sobrevivir en el mundo del libro sin muletas de IA puede llegar a ser tan difícil como lo era ganar el Tour sin hacer trampa en la era de Lance Armstrong. Pero no porque la IA vaya a superar la creatividad humana, sino porque los humanos habremos sepultado bajo tierra nuestro nivel de exigencia.

Por suerte, sin embargo, siempre habrá héroes (o antihéroes) que desafíen la norma.

 Miquel Molina Muntané- lavanguardia.com 


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