Lo escribió Aristóteles hace casi 2.500 años al comienzo de su Metafísica. Y con el paso de los siglos, aquella intuición no ha hecho más que corroborarse: todos los seres humanos desean, por naturaleza, conocer. Y esa pulsión, que para su maestro Platón adquiría la forma de un rapto literalmente erótico, tuvo siempre como primera motivación el asombro. Una inquietud que, a menudo, nos sorprendió mirando al cielo. En el horizonte inmediato, siempre la Luna: una esfera lo suficientemente distante como para fascinarnos, y lo bastante próxima como para empujarnos a la aventura. Si la previsión se cumple, cuatro astronautas de la misión Artemis 2 estarán hoy, lunes, más cerca de nuestro satélite de lo que lo hemos estado en los últimos 50 años. Se aproximarán sin pisar la superficie, como quien acaricia la puerta de una antigua casa, para recordar que seguimos siendo capaces de encontrar el camino.
Querer mirar más allá de la Tierra no enmienda ni desdice nuestra condición humana. Más bien, la cumple. De ahí que siempre busquemos comprender, volver a medir, mirar más lejos y predecir lo que vendrá. Este mundo se cae a pedazos y a cada paso insistimos en demostrarnos voraces, falibles y crueles. Pero, por fortuna, nuestra naturaleza sigue siendo más fuerte que nosotros y nos lleva a querer seguir entendiendo. Y si Platón no se equivocaba, ese afán no es más que el signo de nuestro apetito de bien, de verdad y de belleza.
Hablar de exploración espacial en un mundo que se desmorona tiene algo de ironía amarga. Mientras los océanos se llenan de plástico, los bosques arden y millones de personas viven en condiciones indignas, celebramos como triunfo civilizatorio el hecho de plantar una bandera en un pedazo de roca estéril a cientos de miles de kilómetros. Es difícil no ver ahí un síntoma de nuestra desconexión: somos capaces de mirar al cosmos con una ambición casi infinita, pero incapaces de mirar al suelo que pisamos sin sentir vergüenza.
La narrativa heroica de “explorar porque es humano” funciona muy bien en los discursos, pero se vuelve sospechosa cuando se contrasta con la realidad. No es solo curiosidad lo que impulsa estas misiones; también hay intereses geopolíticos, prestigio internacional, contratos millonarios y una industria que vive de prometer futuros grandiosos mientras el presente se deteriora. La épica científica convive con una lógica económica que no siempre tiene como prioridad el bienestar común.
Y sí, es cierto que la inversión espacial genera tecnología útil. Pero también es cierto que esa utilidad se convierte en excusa para justificar cualquier gasto, como si cada euro destinado a un cohete fuera automáticamente un euro invertido en progreso humano. No lo es. La tecnología no es neutral: depende de quién la controla, para qué se usa y a quién beneficia. Y la historia demuestra que los avances no siempre se distribuyen de forma justa.
La preocupación por “contaminar otros planetas” puede sonar exagerada, pero en realidad es una metáfora perfecta de nuestra incapacidad para aprender. No hemos sabido gestionar un solo ecosistema sin llevarlo al borde del colapso, y aun así hablamos de colonizar Marte como si fuéramos portadores de una sabiduría que no poseemos. La idea de exportar nuestra presencia al espacio sin haber resuelto nuestras dinámicas destructivas es, como mínimo, temeraria.
El problema de fondo es que la exploración espacial se ha convertido en una especie de coartada moral. Nos permite sentir que avanzamos como especie mientras evitamos enfrentar lo evidente: que no sabemos cuidar lo que ya tenemos. Mirar lejos es más cómodo que mirar de frente. Es más fácil soñar con terraformar Marte que descarbonizar la economía. Más fácil imaginar ciudades en la Luna que garantizar agua potable en todos los rincones de la Tierra.
Por eso la pregunta no es si debemos explorar el espacio, sino qué estamos dejando de hacer mientras lo hacemos. La ciencia puede abrir caminos extraordinarios, pero no puede sustituir la responsabilidad ética. Y si no somos capaces de priorizar la vida en este planeta, cualquier conquista fuera de él será solo una extensión de nuestra propia decadencia. elpaís+IA

Visto lo visto, parece que muchos están en la luna.
Salut.