Antes, el saber y la experiencia estaban en manos de las personas mayores; actualmente se han canjeado los papeles, la experiencia se ha perdido, sobrepasada por la modernidad, y el conocimiento se está desvaneciendo, y la gente mayor ha perdido autoridad y se ha perdido en medio de la velocidad a la que se mueve el nuevo conocimiento. Hay quien cree que la vida es solo una sucesión de instantes, un calendario que se va deshojando sin mucho orden. Pero los instantes nunca son inocentes: nos moldean, nos dejan marcas, nos hacen y nos deshacen. La experiencia —esta palabra tan gastada— es, en realidad, la única materia prima con la que trabajamos. Vivimos en tiempos que veneran la novedad, el clic inmediato, la velocidad que todo lo borra. Y sin embargo, lo que nos sostiene es justo lo contrario: lo que hemos vivido, lo que hemos aprendido a golpes, lo que hemos entendido demasiado tarde. La experiencia es una alquimia lenta; convierte lo que nos ocurre en lo que somos. No hay algoritmo que lo haga por nosotros.

Cuando echamos la vista atrás, no vemos fechas, sino texturas: el olor de un verano antiguo, la luz de una habitación donde tomamos una decisión equivocada, la voz de alguien que ya no está. La experiencia es nuestra única biblioteca, y cada uno guarda sus volúmenes, llenos de manchas, subrayados, con páginas arrugadas. Imperfecta, sí, pero nuestra. Claro que esta mirada nos puede provocar solastalgia más que nostalgia, todo cambia muy rápido.

Y ahí viene la parte incómoda: la experiencia no garantiza nada. No nos hace más sabios por decreto, ni mejores, ni más lúcidos. Solo nos da material. La sabiduría —si es que existe— es la forma en que lo procesamos. Hay quien convierte el dolor en cinismo y quien lo transforma en una mirada más ancha. Hay quien repite los mismos errores con una fidelidad admirable, y quien aprende a andar de otra manera.

Quizás esta es la idea de que vale la pena salvar: que somos borradores, siempre a medias. Y que la experiencia —la propia, la de los demás, la que nos llega por sorpresa— es la única brújula que tenemos. Una brújula imperfecta, pero suficiente para seguir avanzando.

Decía Ciorán que la vejez es la autocrítica de la naturaleza, pero uno cree que más bien se trata de una venganza, muy cruel por cierto.