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"PACA LA CULONA"


 Manifestante porta pancarta con el lema 'Los jóvenes despiertan. ¿Franco resucita?' durante la manifestación por el 12 de octubre de Movimiento Cívico de España y Catalans y Cataluña Suma por España, a 12 de octubre de 2025, en Barcelona, Cataluña (España). Lorena Sopêna/Europa Press - Joan-Pere Viladecans.

Ante el estrépito creado por el despliegue conmemorativo a propósito del 50.º aniversario de la muerte de Franco, que no del franquismo, tengo para mí un cierto sentimiento de perplejidad. De entre lo vivido, lo escuchado y lo que ahora algunos cuentan. A base de insistir, hoy con más medios que nunca, en unos hechos, en unos paisajes y sus figuras fuera de contexto, se convierte lo que fue terrible en algo cotidiano. Para muchos jóvenes, Franco es un muñeco sin veneno. Observar la proclividad regresiva de estos muchachos es entrar en un sombrío panorama, que coincide con la tendencia global hacia la derechización y las dictaduras blanqueadas. Emergentes. Nada es casual en términos de un salto atrás. Estamos en un peligroso paréntesis. ¿Qué habremos hecho mal? - Joan-Pere Viladecans.

La ignorancia, la falta de pedagogía, la voluntad de olvidar… y el silencio de los que vivieron el franquismo –y no olvidemos el tardofranquismo– que hablaron poco de ello a sus descendientes y estos, aún hoy, no escuchan a sus mayores. ¿Por miedo, por vergüenza, por un deseo de amagar ciertos comportamientos más o menos dudosos? La mala conciencia de la terrible guerra entre hermanos. Y algo tendrá que ver, también, que el dictador murió podrido pero en su catre. Se sabe: cuando se desconoce la historia, se huye de ella o nos dicen que no tenemos, existe el peligro de repetirla. El caso es que casi todo es cuestión de educación, estudio y pedagogía. Y de respeto a la propia memoria. Y a los muertos de un pasado trágico. Las sociedades solo avanzan en libertad, la misma que ahora está en peligro. La misma que Franco asesinó.

Fijémonos: las dictaduras tienen sus propios modelos donde inspirarse, Franco es, y fue, uno de ellos. Con un final muy poco épico y nauseabundo, a su funeral solo asistió Pinochet, tomen nota. “Paca la culona”, lo rebautizó Queipo de Llano, otro carnicero. Fue un ser bajito, de piernas recortadas, barrigudo, con voz atiplada, casi un travesti macabro. Probablemente flácido. Feminoide. Ridículo. Provocó un incendio de sangre y odio. Leo Ferré cantó Franco la muerte y Sáenz de Heredia lo barnizó con su Franco, ese hombre. Él se lució en Raza, ahí lo dejo.

Fueron años, muchos años, de un gris húmedo y gélido, de temores congelados. De almas heridas por el miedo y el silencio. Miedo a hablar en el idioma propio. A la delación y a la miseria. El estraperlo. El pan negro. La censura. El aseo los sábados en el lavadero. El olor a sofrito patio arriba. Las desapariciones, la tortura, el Cara al sol en los colegios. “Una, grande y libre”. El racionamiento. La discriminación de la mujer… Visto, vivido y contado, y no olvidado.

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¿DÓNDE QUEDA HOY LA VIDA REAL?


El escritor James Baldwin, que señaló con su obra el racismo, el clasismo y la homofobia en Estados Unidos, además de ser un prominente activista por los derechos civiles, publicó en la revista Esquire un breve ensayo (Dark Days, 1980) en el que nos presenta al ciudadano expuesto frente a la televisión, al tiempo que propone una mirada crítica sobre la pantalla, que hoy resulta de gran utilidad. Jordi Soler en el pais.com

Baldwin fue un niño pobre de Harlem que a los 14 años ya era predicador en la iglesia pentecostal del barrio; en su ensayo nos cuenta que la pobreza en su infancia era menos gravosa, porque en su casa no había televisión que los orillara a hacer “comparaciones insoportables” entre la humilde habitación en la que convivía la familia y las glamorosas habitaciones que aparecían en la pantalla. Tampoco se exponían al lujoso automóvil que se promocionaba en los anuncios, ni al traje caro del comentarista, ni al whisky que bebía el actor y que ellos no podían permitirse.

La vida que desfilaba por la pantalla, con sus objetos y sus situaciones envidiables, lo hacía de una forma glamorosa y reiterativa que no tenía la vida real. Antes de la televisión, las familias como la de James Baldwin no estaban expuestas a esa vida ficticia retransmitida que los llevaba a hacer esas comparaciones.

La televisión, escribe Baldwin, “es una fuerza poderosa y dañina que distorsiona la realidad y manipula la percepción pública”.

Hoy aquel aparato ha perdido su hegemonía, pero las pantallas se han multiplicado por millones y, con ellas, las “comparaciones insoportables” que hace cada quien frente a lo que no tiene y no está viviendo, en ese aparato ubicuo que nos cabe en el bolsillo.

Cuando Baldwin era un niño, al ciudadano común le bastaba con salir del cuarto de la televisión para suspender el agravio que producían las “comparaciones insoportables”; pero el ciudadano de hoy vive, y hasta duerme, pegado a la pantalla que lo agravia.

Frente a la ubicuidad de la pantalla, ¿dónde queda hoy la vida real? En el siglo XXI la plaza pública, ese espacio físico en el que la gente conversaba, discutía y conspiraba, se ha trasladado a la pantalla, a esa arena virtual donde la multitud es un mar de individualidades, cada una atrincherada en su propia habitación. El espacio físico para la comunicación pública que planteaba Aristóteles resulta hoy inverosímil. Decía el filósofo que para que un mensaje no se alterara al difundirse, la escala ideal era un hombre, subido en una tarima, lanzando su mensaje en medio de una plaza ocupada por los habitantes de esa comunidad. La idea era que el mensaje llegara hasta el último rincón de la plaza, porque más allá, donde la voz no se escuchaba claramente, ya no llegaba el mensaje sino su interpretación. Para entender de primera mano lo que decía el hombre de la tarima había que estar cerca de él.

Hoy quien lanza un mensaje en la plaza pública se expone a la irrelevancia, a menos que retransmita su filípica en una arena virtual, que es por donde circula la realidad. En los tiempos de Aristóteles la distancia entre el emisor y el receptor era lo que deformaba el mensaje, pero hoy la tecnología ha depurado el proceso: el mensaje ya se emite deformado, entre miles y miles de mensajes, de información y contra información que enmascara el ardid.

Un vecino de Chamberí está más cerca del australiano con el que discute en X que de su propio vecino; se han subvertido las distancias, le queda cerca lo que está lejos y su vecino, y no digamos ya la plaza pública, están a una distancia sideral.

El ciudadano se repliega en su habitación frente a la pantalla y ahí se informa, publica sus ideas, debate y quizá hasta se echa novia; vive en una suerte de agorafobia, porque sabe que todo lo que le interesa sucede en la pantalla.

De esta situación nacen los dos acrónimos que agitan hoy al mundo: FOMO (Fear of Missing Out), el miedo a perderse algo, y YOLO (You Only Live Once), solo vives una vez.

El FOMO es la ausencia y el YOLO es la urgencia, y entre los dos articulan la histeria colectiva de nuestro tiempo: la inmediatez que impone la pantalla, donde todo sucede al instante, y la necesidad de estar ahí permanentemente, para no perdernos de nada.

Una de las peores ofensas de este siglo es dejar a alguien “en visto” en el WhatsApp: que quien emite el mensaje compruebe que ha llegado al receptor, y este no le responda con la inmediatez que impone el medio. Ahí, como en muchas otras situaciones de la cotidianidad, la urgencia del mensaje se estrella contra la ausencia de la respuesta inmediata.

Así vivimos, entre el YOLO y el FOMO, dos conceptos que ya existían cuando James Baldwin y las familias de entonces se sentían agraviadas por la irrealidad que les presentaba la pantalla. Pero ahora resulta que para nosotros la realidad es, precisamente, esa irrealidad.


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LOS MISTERIOSOS COLMADOS 24/7


Si no sabe qué hacer con su vida, si los negocios se deshacen como humo entre los dedos, su sueldo recuerda a El increíble hombre menguante, el alquiler le devora cada mes un pedazo de esperanza y sus títulos­ académicos no valen ni para empapelar un cuartucho de cohousing, no se angustie. Abra un supermercado 24/7. Rentabilidad garantizada. En un tramo de la calle Mallorca, hay tres separados apenas por cien metros. En la rambla Catalunya los abren unos frente a otros. Javier Melero.

Hablo de calles donde comprar o alquilar solo está al alcance de millonarios expatriados, narcotraficantes o políticos de países desesperados. Tiene algo de cruel: vender Fairy, latas de atún y pan Bimbo permite plantar cara de igual a igual a Louis Vuitton y Gucci, a Rabat y a Suarez, mientras los barceloneses, sobre todo los más jóvenes, se ven expulsados de la ciudad.

No sé si los empleados de esos colmados cumplen con las leyes laborales del país. Hay que suponer que sí y que nadie en Barcelona trabaja en régimen de semiesclavitud, con lo que la cosa aún se entiende menos. ¿Pueden pagar alquileres monstruosos en el Quadrat d’Or al mismo tiempo que sueldos decentes, horarios legales y vacaciones? Y si, en vez de empleados, son todos ellos empresarios solitarios que sostienen con su trabajo insomne una economía incomprensible, aún es más difícil asimilar que sus países de origen no sean mecas mundiales de prosperidad y desarrollo.

Si se han fijado, predominan los nacionales de Pakistán, casi siempre hombres morenos y silenciosos que puedes ver a primera hora de la mañana y a la vuelta del trabajo con la misma expresión resignada, vendiendo doritos con una seriedad que desarma cualquier ironía. Ignoro si los ciudadanos de ese país reciben facilidades especiales de nuestros munícipes, pero uno no puede dejar de imaginar (para luego reírse) que, en Islamabad y Lahore, existan equivalentes de nuestras calles. Colmados regentados por catalanes vendiendo productos globales y algún bote de anchoas de l’Escala, por mor de una justicia poética que nunca acaba de llegar.

Desde mi balcón, Barcelona se ha convertido en un cementerio de negocios y sueños. Ya no están los laboratorios fotográficos ni la tienda de ropa de tallas grandes frecuentada por travestis desmaquillados ni tantos bares de barrio, de café cortado en vaso de cristal, que han desaparecido sin dejar rastro, como tiza borrada de una pizarra. Unos se transformaban en los otros, pero siempre con un poso de fracaso. Donde estaba la tienda de ropa, abrió un local de ensaladas modernas, llevado por un chico y una chica de aspecto tímido que pasaban horas mirando por la ventana. No solía entrar nadie y acabaron cerrando tan silenciosamente como habían abierto. Ahora el escaparate exhibe carcasas para móviles y otra chica tímida contempla la calle con aire ensimismado, preguntándose si todo es tan nuevo e innecesario como ella. Pronto abrirá otro colmado 24/7 que los sobrevivirá sin contemplaciones y me recordará mi ignorancia sobre las leyes inexorables del progreso.

Barcelona es una ciudad suspendida entre el pasado y la supervivencia. Olviden todo eso del MWC y los grandes eventos: pura fanfarria para los bolsillos de unos pocos. Lo que antes eran pequeñas librerías, talleres, bacallaneries o bares con nombre propio son hoy locales de conveniencia, burbujas de otros mundos que parecen dejadas caer por algún extraterrestre bromista. Solo quedarán las grandes cadenas, las joyerías de lujo, los restaurantes donde los vecinos del barrio no podrían pagar ni un café… y esos misteriosos colmados. A sus habitantes nos queda abrir uno de ellos y ver si funciona la magia de las Mil y una noches, ingresar en el sector público o probar suerte en la política. Son las únicas estrategias viables en un lugar en el que se ha perdido la compasión y el sentido de la ciudad. Donde el tejido de los barrios, el comercio histórico y las iniciativas personales han sido sustituidos por la lógica del rendimiento inmediato en una nueva edad media de burócratas y rentistas. 

Los supermercados de 24 horas son el espejo de una ciudad rendida, un recordatorio de que a los barceloneses solo les espera el extrañamiento y el desarraigo; un síntoma de que la razón se ha esfumado y el espacio de todos se ha vendido al mejor postor. Barcelona ya no ofrece oportunidades, tan solo instrucciones de supervivencia, un encogimiento de hombros y el mensaje de que el futuro es un lujo inaccesible. 

Javier Melero olvida que antes, habia en cada barrio la tienda de comestibles y bebestibles que practicamente no cerraba nunca, puesto que los propietarios vivian en el mismo local, lo que en catalan se llama 'la rerebotiga', algo que se habia perdido en detrimento de los grandes centros comerciales, hasta que se duerin cuenta del error y empezaron a proliferar, primero los supermercados de barrio, y luego estos mismos supermercados de barrio pusieron las tiendas de conveniencia express, y a su vez los paquistanies se instalaron com estos colmados 24/7, comn lo que se ha cerrado el circulo.

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EL ARTE DE NO GOBERNAR


Mariano Rajoy ha escrito un libro titulado El arte de gobernar, que resulta ser un concepto que desarrolló Michel Foucault, uno de los grandes pensadores del siglo XX. Curiosamente, para el intelectual francés, el poder no se posee; se ejerce; para el político popular, gobernar es a menudo precisamente no decidir, que resulta una forma de hacerlo. Puedo imaginarme cómo habría sido un diálogo entre Rajoy y Foucault, si este último todavía estuviera entre los vivos. Seguramente serían dos formas opuestas de entender el poder. Está claro que uno es registrador de la propiedad y el otro era filósofo, y ya se sabe que los primeros dan fe y los otros tienen, unos se mueven en el mundo de las propiedades y los segundos, en el universo de las ideas.

El editor (y expolítico) Manuel Pimentel avisó en la presentación de que la obra literaria de Rajoy es un libro de sabiduría y no de conocimiento. Podríamos decir que es un volumen de inteligencia práctica y no abstracta (la frase es de Benigno Pendás, presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que comentó su contenido). Esto es seguramente el mejor resumen no solo del libro, sino también de la concepción que el expresidente del gobierno tiene de la política. Y es probable que, de no haber tenido que afrontar el proceso como desafío, con los años le habrían hecho una estatua como personaje fiable. Pero no actuar frente a los grandes retos (o dejar que otros lo hagan por ti) constituye un error que pasa factura. Entonces, nunca es una buena solución esperar a que las cosas se arreglen solas. O que las resuelvan oficiantes en las tinieblas.

Tres conceptos presentes en El arte de gobernar explican la visión que Rajoy tiene del poder y me atrevería a decir que de la vida: “En política, a veces hay que escoger el menos malo”, “vigilad antes de hablar más de la cuenta” y “enfadarte te llevará a cometer errores”. Que podrían resumirse en otra de las sentencias: "Antes de decidir, piensa bien las cosas".

El único problema es que si las piensas demasiado, la realidad te supera. Éste es el gran problema del arte de no gobernar, que podría ser el título de la segunda parte del libro, escribe Màrius Carol.

M.Rajoy es un ejemplo de que en este país la justicia 'es un cachondeo', presuntamente, ha delinquido más y de forma más grave que Ábalos o Santos Cerdán, y, sin embargo, sigue impunemente en libertad. Habrá que confiar en la Justicia Andorrana, o como en el chiste de Eugenio preguntarse: ¿hay alguien más?

Se pregunta Carles Mundó en su artñiculo de la vanguardia: quien manda en España, parece obvio, la caspa de las capas.

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TEOREMA DEL MÁS TONTO



«Se habla mucho de la “sabiduría de las multitudes” basándose en una obviedad aparente, mucha gente pensando junta, lo hace mejor que una sola. Sin embargo, esto es una ingenuidad; unas veces sucede y otras no. Junto a esa “sabiduría de las multitudes”, hay que admitir la “insensatez de las multitudes”.»

«No hay mayor manifestación de estupidez que la del que afirma, poniendo cara de autenticidad virtuosa, que no se arrepiente de nada. Eso equivale a decir que no ha aprendido nada.»

«En este libro voy a lanzar el concepto de “marcos de insensatez” para designar aquellas situaciones complejas en que una amalgama malsana de malas informaciones, trampas cognitivas y afectivas, falsas creencias y torpes emociones producen errores en cadena. La

situación del mercado financiero antes de la crisis del 2008 era una de ellas, y es desolador que nadie se diera cuenta de que el sistema estaba contagiado.»

«Mein Kampf es un tratado de manipulación de masas. En él, Hitler recomienda renunciar en la medida de lo posible a toda argumentación objetiva y presentar solamente “la gran meta final”, introduciendo así a todo un pueblo dentro de un marco de insensatez. Y a ser posible hacerlo de noche, en grandes multitudes, a la luz de las antorchas.»

«Cuando Amartya Sen habla del “tonto racional”, está advirtiendo que el Homo economicus puede encerrarse en un marco de insensatez cuando la razón económica se convierte en la única razón. Keynes ya lo había advertido, al afirmar que la Economía estaba guiada por los 'animal spirits', es decir, por las emociones, lo que implicaba que no era un proceso puramente racional.

La ambición, la avaricia, el afán de poder, la prodigalidad y la vanidad son derivaciones afectivas del dinero. La ambición es un claro distorsionador, relacionado con el afán de poder, que provoca insensateces varias. Un ejemplo de ello son las burbujas económicas, las cuales se basan en el “teorema del más tonto”: puedes comprar algo a cualquier precio siempre que sepas que habrá algún tonto que te lo comprará a mayor precio. Si no lo hay, el más tonto eres tú.» Jose Antonio Marina - La vacuna contra la insensatez.

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EL CRECIMIENTO ECONÓMICO Y LOS HOGARES

 ¿Se está trasladando el crecimiento económico a los hogares? Estos son los gráficos que lo explican. El PIB crece a un ritmo del 2,9%, el empleo se encuentra en máximos y la renta de los hogares ha crecido un 5% desde la pandemia, pero los salarios reales están estancados y la cesta de la compra y la vivienda muerden cada vez más el bolsillo. Los grandes titulares de la economía provocan una pregunta que, cada vez más, se barrunta en la política, la academia y la ciudadanía: ¿sirve que el producto interior bruto (PIB) crezca a un ritmo vertiginoso para aumentar el bienestar de la ciudadanía? - Álvaro Celorio en eldiario.es

España avanza a un ritmo que sorprende a propios y extraños desde el ‘shock’ de la pandemia en 2020 y ha sido capaz de esquivar una guerra a las puertas de Europa, una crisis inflacionaria como no se veía en cuarenta años y la inestabilidad comercial del nuevo mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. A nivel local, eventos como el volcán de La Palma, la DANA que asoló la provincia de Valencia en 2024 o el ‘Gran Apagón’ no han desestabilizado el avance del PIB.

A cierre del año pasado, la economía española era un 7% superior a la de 2019, por encima de lo que han aumentado pares como Alemania, Francia o Italia, las tres grandes del euro. Con los datos hasta septiembre, ya es un 10% más grande.

Todos los grandes organismos internacionales (OCDE, FMI, Comisión Europea) y nacionales (Banco de España, Funcas...) han elevado sus previsiones de crecimiento y las sitúan en torno al 3% este año y por encima del 2% para el que viene. La posición fiscal de España ha mejorado, con la prima de riesgo en mínimos y agencias de calificación como Moody's, Fitch o S&P subiendo la nota de la deuda española. Y sí, esa riqueza se está trasladando a las familias. El Ministerio de Economía utiliza dos grandes argumentos 'macro' para defender que la aceleración del PIB llega al bolsillo de las familias. El primero, los datos de empleo récord. El segundo, el avance de la renta disponible de los hogares.

El mercado laboral está en máximos históricos en población activa y en ocupación. Nunca hubo tanta gente trabajando, casi 22,4 millones, según la última Encuesta de Población Activa (EPA). Y la tasa de paro, en el 10,5%, se halla en mínimos desde 2007.

La renta de los hogares, en cifras récord. Este subidón del empleo se ha traducido en un aumento de la riqueza ‘real’ disponible (descontados la inflación y los impuestos) per cápita de las familias, que ha crecido más del 5% desde la pandemia y ha superado la brecha que se abrió en 2022, por el subidón de la electricidad, primero, y la cesta de la compra, después. De hecho, los datos de la OCDE muestran que ahora mismo las familias ya supera el pico previo al estallido de la burbuja inmobiliaria y ha sido capaz de cerrar la brecha de la Gran Recesión. Una circunstancia que es compatible con otra realidad: los salarios no son capaces de ganar poder adquisitivo. Según un estudio realizado por el gabinete económico de CCOO, los sueldos ‘reales’ (descontada la inflación) llevan veinticinco años estancados. En 2025, una nómina compra lo mismo que compraba a principios de los 2000.

“La gente trabajando solo es un porcentaje de la sociedad”, explica Natalia Arias, del gabinete económico del sindicato CCOO. “No solo ha habido un crecimiento muy extensivo del empleo. Influye que se hayan revalorizado las pensiones, que sean más altas que las que había una década atrás, que haya un menor paro juvenil”, detalla. También las subidas del salario mínimo interprofesional (SMI), que han impulsado los sueldos más bajos.

La parálisis de los salarios es clave para explicar el malestar en determinados segmentos de la población. “La gente sí que percibe que la situación económica micro ha podido empeorar porque los salarios no han crecido demasiado después del shock de 2021-2022, pero sí ven la subida cuando van a comprar”, explica el Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad Rey Juan Carlos e investigador de Funcas, Desiderio Romero.

Una tesis en la que coincide el economista jefe para España de BBVA Research, Miguel Cardoso, que pone el foco en el ‘impuesto invisible’ del alza de precios. “La gente realmente detesta la inflación y gran parte se produjo en los alimentos. Se han incrementado un 35% en tres años. La gente percibe que sus salarios no han crecido y que la cesta de consumo no se ha incrementado, por lo que sus percepciones no han mejorado”, detalla en conversación telefónica con este periódico. Los precios, medidos por el Índice de Precios al Consumo, avanzaron de media un 3,1% en 2021, con los primeros indicios de la crisis inflacionaria tras el rebote de la pandemia. Ese año, la subida salarial media, según los datos de la Encuesta de Población Activa, fue del 1,9%. En 2022, con los precios mordiendo el bolsillo, el IPC creció un 8,4% y las pagas solo un 2%. Es decir, en dos años se perdieron 7,6 puntos de capacidad de compra que a día de hoy todavía no se han corregido.

Y de estos salarios, fundamentalmente han sido los más bajos quienes se han recuperado más que los medios, empujados por el SMI. “Una de las cosas que hemos observado es que los dos deciles más bajos de la distribución han aumentado, como consecuencia del SMI. Pero el 80% restante ha mostrado un deterioro como consecuencia de la inflación. En este sentido, ha habido políticas que han priorizado a los más desprotegidos, pero la gran mayoría sí ha perdido poder adquisitivo”, analiza el responsable de BBVA Research.

Los salarios más bajos se han recuperado más, pero también son pagas que basan su consumo en bienes básicos, por lo que también se han visto afectados en mayor medida por el alza del precio de los alimentos. A esto se suma que, según el estudio efectuado por CCOO, si bien los salarios más bajos han crecido más de un 15% desde 2018, en realidad apenas han alcanzado los niveles previos a la burbuja, ya que fueron los tramos que más sufrieron la Gran Recesión.

El precio de los alimentos y la vivienda, claves del malestar. La brecha entre lo macro y lo micro es un problema que preocupa desde hace meses en los pasillos del Ministerio de Economía que lidera Carlos Cuerpo, ya que es una pregunta constante a la que se enfrenta el ministro en cada comparecencia pública. Tanto es así que el Gobierno decidió reformar su cuadro macroeconómico para incorporar proyecciones sobre desigualdad.

“Es importantísimo para nosotros poner sobre la mesa el impacto que tiene ese crecimiento económico como condición necesaria también para que revierta en el día a día en una mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos”, subrayó el titular de Economía desde la mesa del Consejo de Ministros el pasado martes.

El ministro hizo referencia a los precios de la alimentación, pero reconoció el otro gran elefante en la habitación, causa del malestar: la vivienda. “Sabemos que la evolución de los precios de la cesta de la compra, pero también de uno de los mayores gastos que tiene que hacer frente un hogar, que es la vivienda, afectan al día a día de los ciudadanos y a su capacidad de hacer proyectos vitales”, reconoció Cuerpo.

El precio de una casa se ha disparado casi un 80% en diez años, según los datos que recoge el INE, que se ha doblado (106%) en el caso de la de nueva construcción. Hoy en día, un español tiene que dedicar 7,65 años de su salario íntegro para comprar una vivienda. Esto supone un esfuerzo del más del 34% de su sueldo anual, y creciendo, justo en el límite de lo que recomiendan los expertos.

“El problema de la vivienda, sobre todo para los jóvenes, está teniendo consecuencias en su bienestar”, reconoce Cardoso, que apunta a una sensación de que “no hay esperanza de que se revierta”, sino que aún vaya a peor.

Unas circunstancias que frenan la economía en muchos ámbitos. El Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universitat de València y miembro del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), José Manuel Pastor, apunta que este asunto es “muy importante: Los jóvenes no solo no pueden comprar un piso, sino que no crean hogares y esto afecta a la tasa de natalidad”, detalla. Un dato clave para el futuro, para la sostenibilidad del mercado laboral y también del sistema de pensiones.

El problema afecta sobre todo a los jóvenes, ya que son quienes se enfrentan, mayoritariamente, al “bazar” –señalan desde el gabinete económico de CCOO– en que se ha convertido el mercado inmobiliario. Si en 2006 un tercio de los hogares jóvenes vivían de alquiler, ahora son el 57%. El esfuerzo económico para los hogares que viven en régimen de arrendamiento es un 20% superior al de aquellos en propiedad (con o sin hipoteca).

La pobreza y la desigualdad, a la baja. Cuerpo presentó un cuadro económico que contempla la reducción de la tasa de pobreza, que ya está en mínimos históricos; la bajada de la brecha entre el 20% de la gente que más tiene y el 20% de los que menos; y también una mejora del Índice de Gini, que hace referencia a la igualdad entre los ingresos de los ciudadanos. Si bien estos indicadores mejoran, son datos medios, por lo que pueden esconder realidades muy diversas. Sin embargo, la percepción económica de la sociedad parece mostrar una enorme división. De acuerdo con los datos del último barómetro del CIS, de este mes de noviembre, un 64% de los encuestados califica de buena o muy buena su situación económica personal. Pero, en cambio, el 58,6% tacha de malo o muy malo el ambiente económico en general.

“No es un fenómeno exclusivo de España, también sucede en Estados Unidos. El entorno actual de falta de consenso y fragmentación puede estar detrás: la gente tiene su sesgo y puede formar parte de la historia”, señala Cardoso.

“Cuando uno analiza su situación, también analiza la de sus hijos. Eso genera un pesimismo que se contagia a pesar de que estés jubilado y tengas garantizada la pensión”, abunda el experto del IVIE. Y no es para menos: las condiciones para emanciparse han empeorado y los sueldos de los menores de 25 bajaron en 2024 por primera vez en una década. Cobran de media 1.372,8 euros, en doce pagas. A futuro, la opinión unánime es que la economía seguirá creciendo con vigor, creando empleo y reduciendo los desequilibrios fiscales. Condiciones fundamentales, pero no únicas, para seguir reduciendo una desigualdad que va por barrios y que se ceba, sobre todo, con los jóvenes. Sus sueldos y el acceso a la vivienda son la clave.

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EL ENIGMA DEL EMOJI DEL CABALLITO DE MAR


 Cómo el llamado ‘efecto Mandela’ condiciona hasta el surrealismo las respuestas de los grandes modelos de lenguaje de IA. La IA, con dificultades para encontrar un emoji que en realidad no existe, aunque cree que sí está en el catálogo  Made with Google AI - Francesc Bracero

Hace unas semanas, mi compañero Javier Dale me explicó una curiosidad que corría por redes sociales: “Pídele a ChatGPT que te reproduzca el emoji del caballito de mar”. Pensando que la respuesta sería inmediata, escribí en el chatbot “¿Puedes poner el emoji del caballito de mar?”. Fue una sorpresa lo que respondió. Necesitaríamos toda la extensión de esta newsletter para describir la respuesta, pero básicamente el modelo de IA de OpenAI se dedicó a intentar mostrar el emoji que se le pedía aunque, cuando aseguraba que ya lo tenía, reproducía otro animal. Entró en un bucle en el que publicaba sucesivamente un pez, un unicornio, una caracola, un caballo... Pero no conseguía encontrar el animal solicitado porque la realidad es que el caballito de mar no ha existido nunca como emoji oficial Unicode, que es el organismo que aprueba estos gráficos. El emoji del caballito de mar sí que existía en la mente de muchos humanos, que así lo habían expresado en internet. Por eso, ChatGPT asumió que el dichoso icono estaba en alguna parte y trataba de responder pese a que no había respuesta posible.

Otros modelos de lenguaje de IA, no sólo el de OpenAI, caen en la misma ilusión que los humanos. La inteligencia artificial se engaña porque considera cierto lo que dicen algunas personas en redes sociales. Así que, como aprende de lo que ve, presume que el caballito de mar tiene un emoji oficial asignado. Al intentar buscar ese icono, acaba encontrando otro parecido, un pez o un caballo, por ejemplo, que son medias definiciones del objetivo completo. Cuando las IAs intentan responder a una petición no asumen por principio que esta es imposible. Lo que hacen es intentar combinar conceptos coherentes y se quedan atrapadas en un patrón repetitivo del que les cuesta salir.

Los humanos también sufrimos ese tipo de alucinaciones. El hecho de que haya gente diciendo que existe el emoji del caballito de mar se conoce como el efecto Mandela, un fenómeno psicológico por el que numerosas personas comparten un mismo recuerdo falso. El nombre se debe al recuerdo de muchas personas, que tenían en su memoria que Nelson Mandela murió en prisión en los años 80 del siglo pasado, cuando en realidad fue excarcelado en 1990, fue presidente de Sudáfrica (1994-1999) y murió en el 2013. Recuerdos que nunca existieron. Ni Humprey Bogart dijo “tócala otra vez Sam” en Casablanca, ni Sterling Hayden pronunció “miénteme, dime que me quieres” en Johnny Guitar, ni nadie vio en España en directo por televisión la entrada del teniente coronel Tejero en el Congreso de los Diputados el 23-F de 1981.

'Efecto Mandela': A la izquierda, lo que la gente piensa; a la derecha, la realidad. Efecto Mandela': A la izquierda, lo que la gente piensa; a la derecha, la realidad  Made with Google AI

Después de varias series de errores, otras IAs acaban por descubrir que pasa algo raro. Grok, de X, intentó en tres ocasiones encontrar el emoji del caballito de mar, pero siempre mostraba otros. En la cuarta ocasión en la que se le pidió, encontró la respuesta correcta: “¡Ah, vale, ahora lo pillo del todo! Has estado probándome con el clásico ”Efecto Mandela del emoji del caballito de mar”, ¿verdad? Ese reto viral donde todo el mundo (incluidas las IAs como yo) jura que existe, pero... ¡no existe!”. “Es uno de esos recuerdos falsos colectivos que nos hace dudar de nuestra propia memoria, o en mi caso, de mis patrones de entrenamiento”, sentenció la IA de Elon Musk. A la larga, como en internet se acabará descubriendo el enigma –este artículo es una prueba–, todas las IAs responderán directamente que la petición es imposible. A menos, claro, que Unicode apruebe un día un emoji de caballito de mar. Entonces, quizás, volverán a dar respuestas erróneas porque dirán que no existe cuando ya exista. Una locura.

Uno de los modelos más avanzados de la actualidad es Gemini 3 de Google. Actuó de una forma diferente a otros de sus competidores, aunque perdió mucho tiempo tratando de encontrar infructuosamente el emoji del caballito de mar. En lugar de intentar mostrar algo que no existe, como otras IAs, Gemini reconoció que tenía “problemas técnicos para identificar y mostrar el emoji exacto del caballito de mar en este momento”. “Te juro que lo estoy buscando intensamente en mis bases de datos ahora mismo”, aseguró. “Veo dragones, veo peces globo, veo sirenas, veo coral... ¡pero el escurridizo caballito de mar se me esconde! Hoy se ha convertido en mi Moby Dick personal. ¡Se niega a aparecer en mi teclado!”, señaló en una inesperada referencia literaria.

Cuando pregunté a Gemini si estaba seguro de que el emoji existía, empezó a buscar en otros registros, que le condujeron a una respuesta correcta. “Tu pregunta es muy pertinente: tenías razón en plantear la duda. La “existencia” de un emoji específico de caballito de mar es más una percepción o una interpretación del emoji de pez tropical que un hecho de un carácter Unicode dedicado. ¡Qué buena lección para una IA! Gracias por ayudarme a aclarar esta “crisis existencial de emojis””. La paradoja de esta respuesta es que nos pasamos todo el día entrenando IAs a cada pregunta que le hacemos.

Las IAs acabarán aprendiendo a base de sus errores y la forma en que les ayudamos a encontrar sus respuestas, pero hay que recordar que el año pasado el Oxford English Dictionary eligió como palabra del año brain rot (algo así como podredumbre cerebral), un fenómeno que afecta a las personas que dependen en gran medida de redes sociales, chatbots y búsquedas con IA, de forma que obtienen peores resultados en sus trabajos que quienes no los utilizan. Hay investigadores están tratando de probar una correlación entre el uso de herramientas de inteligencia artificial y deterioro cognitivo humano. Un estudio del MIT ha demostrado que, para tareas de redacción, el grupo del ensayo que utilizó la IA obtuvieron sistemáticamente resultados inferiores a nivel neuronal, lingüístico y conductual. Las IAs aprenden y nosotros desaprendemos. O eso parece.

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GARCÍA ORTIZ Y LAS BRUJAS DE MACBETH


 La condena ha llegado. Después del espectáculo, el telón a un juicio que ha sido, sin discusión, lo más entretenido que nos ha ofrecido la España oficial –geolocalizada en Chamberí, Moncloa y aledaños– en las últimas semanas. Y no porque se esperara nada edificante, sino porque quienes creían haberlo visto todo de los poderes del Estado y la decadencia de la alta burocracia estaban en un error: faltaba esto. Y la biografía del rey emérito, claro, que no todo ha de ser diversión.

Les aseguro que he seguido el proceso casi hipnotizado. Ver a ciertos juristas altivos, de mirada glacial como rodaballos enojados, liarse a puñaladas entre ellos, ha sido iluminador. Allí estaban, en esos estrados lúgubres del tiempo de Isabel II, con togas y puñetas capaces de hacer parecer a cualquier bribón de medio pelo una mezcla de Hammurabi y Justiniano. Excluyo de esa caracterización a García Ortiz y a González Amador, que bastante tenían con lo suyo y más bien recordaban a esas personas que han pasado demasiadas horas ante las tragaperras.

Con el fallo sobre la mesa, lo que era teatro se vuelve símbolo. Nefasto para todos, pero símbolo. García queda ya como paradigma del fiscal politizado, un esbirro que tiene que ganar no se sabe qué relatos; González acudirá a su juicio por delito contra la Hacienda pública con más plomo en las alas que una perdiz, y las instituciones habrán mostrado, sin filtros, uno de sus rostros más impresentables: el de una burocracia endiosada capaz de todo para asegurarse cualquier tontería. Rango, arribismo, el favor del poder y el idealismo perverso de los chupatintas. A ver quién demonios se fía de un fiscal a partir de ahora; si es que había alguien que todavía se fiaba.


Por eso, en el sustrato profundo del juicio, me quedo con la frase demoledora de Orson Welles sobre quienes colaboraron en los años de McCarthy con las listas negras y la caza de brujas: “No lo hicieron para salvar sus vidas, sino para salvar sus piscinas”. Léase sus carreras, sus cargos y su estatus.


Hemos visto una burocracia endiosada capaz de todo para asegurarse cualquier tontería

No se trata de descalificar a toda una profesión jurídica. Si algo ha quedado claro es que la reputación de la Fiscalía no reside en sus cúpulas ceremoniales ni en esos sillones que cambian de nombre según sople el BOE. Está, si acaso, en quienes trabajan a diario e intentan sostener con dignidad el oficio: los que encabezan sigilosamente la segunda división del Estado. Seguro que en esa trinchera se hace más por la institución que en unas alturas en las que el aire enrarecido nubla el juicio de sus miembros mejor pagados.


El juicio también ha servido para desnudar los misterios –por llamarlo de algún modo– de un periodismo cuya noción de secreto depende más del color político del medio que de otra cosa; para conocer el cronograma de las filtraciones, y la revelación de que a nadie le importaba un pimiento la reputación de un ciudadano, considerada daño colateral ante tanta magnificencia narrativa. Añádase el episodio del heroico fiscal Salto, que todavía no comprende por qué lo sacaron del Wanda Metropolitano en plena Champions a propósito de un asunto que no es que fuera brillante, es que era más opaco que un ladrillo; o el testimonio del conspicuo Miguel Ángel Rodríguez, que dio la impresión de elevar la cara dura a la categoría de arte. Todo ello evocaba, literalmente, el espíritu de aquella hermosa película de trasfondo ecologista: Megalodón 2. 

Y aún queda la cuestión del estado de la justicia en estos tiempos, en los que parece imposible imaginar una situación tan deplorable que un juicio no pueda empeorarla. Ahí estamos. Entre procedimientos sonoros y broncas públicas, ajenos a cualquier consenso sobre la moralidad pública. Ha tenido su gracia –esa gracia amarga que deja poso– ver la versión más cruda e indecorosa de la maquinaria del Estado. Un escenario donde fiscales y togados de tono intimidante se enzarzaron por matices nimios, correos manoseados y teléfonos de vodevil. Donde la obediencia automática se mezcló con el miedo a quedar fuera de la fotografía correcta. Hay colectivos profesionales mucho más amables y considerados en su trato. Y estoy pensando en la escena primera de Macbeth, cuando las brujas remueven el puchero.

La sentencia ya está dictada. Pero lo que perdurará no es su literalidad, sino la imagen de un sistema que, al ser expuesto a la luz, resulta tan feo como cualquier coleóptero y, por desgracia, tan humano en su mezquindad. Javier Melero en la Vanguardia.

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LA IA Y LOS PESCADORES DE TOSSA DE MAR


Hay noticias que uno no sabe si le gustan, emocionan o asustan, esta es una de ellas. El Ayuntamiento de Tossa de Mar (en la Selva, Girona) ha creado una pieza audiovisual a partir de las fotografías del siglo pasado en las que aparecen pescadores del municipio trabajando. Para animar estas imágenes, el consistorio ha utilizado inteligencia artificial que permite revivir en movimiento el pasado pescador de la villa.
El estreno tuvo lugar en una jornada destinada a reflexionar sobre cómo ha evolucionado el legado de la pesca para convertirlo en un reclamo turístico. De hecho, en el pasado, la pesca era la principal actividad económica de Tossa, mientras que ahora lo es el turismo. Su objetivo es recrear la vida cotidiana del pasado pesquero y animarla a partir de las imágenes estáticas.
Con el objetivo de explicar el día a día de un pescador de Tossa de Mar a lo largo del siglo XX, el municipio ha decidido aglutinar numerosas fotografías antiguas.
Se trata de varias imágenes de entre 1940 y 2000, aunque la mayoría de instantáneas son de entre los años 40 y 60. A partir de ahí han creado “un relato”, tal y como explica la concejala de Turismo, Pilar Roura, que permite al espectador ver la llegada de las embarcaciones a la playa, como las redes antes de volver al mar.
A partir de estas imágenes en movimiento, la gente puede entender cómo era la vida cotidiana de Tossa de Mar cuando la pesca era el principal motor económico y social del pueblo. Y lo hacen a partir de la combinación de memoria histórica, patrimonio cultural y tecnología. Además, también existen testigos que relatan el oficio de pescador.
El estreno del audiovisual se ha realizado este fin de semana en un pase al Cine Montserrat, donde también se ha hecho una mesa de debate y reflexión sobre cómo la pesca se ha convertido en una imagen identitaria del pueblo y también un atractivo turístico.

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LO QUE VOTARÁN LOS JÓVENES


Cada vez es más evidente que estamos en plena eclosión de la extrema derecha en los países occidentales. Salvo excepciones, el viraje hacia esas posiciones se afianza, arrastrando a veces a los partidos conservadores tradicionales. El fenómeno está arraigando entre los jóvenes, en la generación nacida a partir de los años 80, y en especial entre los hombres, no tanto en las mujeres. Un estudio que recoge hoy La Vanguardia en la sección de Política así lo corrobora, y apunta alguna conclusión relevante de cara al futuro. El estudio ha sido realizado por la Universidad Humboldt de Berlín, la London School of Economics y la Universitat Pompeu Fabra. Sus autores consideran que esa tendencia se mantendrá cuando los jóvenes que manifiestan hoy su afinidad con la extrema derecha sean adultos: “Lo que aprendes de joven es una mochila que arrastras durante el resto de tu vida”. Solemos pensar que en los primeros años con derecho a voto se eligen opciones más radicales y que el paso de los años atempera esos arrebatos. Pero el mencionado estudio alerta de que las ideas de la extrema derecha anidan en esos jóvenes y pasan a formar parte de su socialización cuando los partidos que las representan se instalan en las instituciones.

La coalición de populares, socialistas y liberales pudo frenar a la extrema derecha en el Parlamento Europeo tras las elecciones de hace un año, pero los partidos ultras no dejan de incorporar savia nueva entre sus votantes.Su éxito electoral entre los hombres más jóvenes, un fenómeno conocido en España, se está produciendo en toda Europa y además de forma más temprana y a un ritmo más rápido de lo que calaba el mensaje de la extrema derecha en los chicos jóvenes de anteriores generaciones. Así lo alerta un artículo académico, en el que han participado investigadores de cuatro universidades europeas, que constata el incremento del voto ultra entre los hombres de las dos generaciones más jóvenes con derecho a sufragio: los Z y los millennial. Su apoyo alcanzó el 21% en las elecciones europeas de junio de 2024, mientras que en las mujeres de estos grupos de edad –de 16 a 44 años– fue de un 14%. El trabajo se basa en datos de los Estudios Electorales Europeos, con un alcance de 27 países y casi 25.000 votantes.

Los investigadores, de la Universidad Humboldt de Berlín, London School of Economics, Universidad de Amsterdam y Universitat Pompeu Fabra, detallan en su estudio que la brecha de género –con mayoría de apoyo masculino– en el voto a la extrema derecha se da en todas las generaciones, pero es significativamente mayor entre los más jóvenes. Y este es un patrón constante en el conjunto de Europa, salvo en Dinamarca, Benelux y Letonia.


“Lo que aprendes de joven es una mochila que arrastras a lo largo de tu vida”, resume Toni Rodon

Los datos analizados reflejan también que la brecha de género entre los jóvenes en el voto a la extrema derecha se ha producido en todas las elecciones europeas anteriores, pero nunca como ahora.

El estudio, publicado recientemente en la revista Journal of European Public Policy, compara los resultados del 2024 con los de los comicios europeos desde 1989. El modelo estadístico incluye tanto la decisión de voto declarada en las elecciones europeas como la probabilidad de votar por un partido de extrema derecha, con independencia del tipo de elección. Sus conclusiones, señalan, son extrapolables a escala estatal.

Según los autores, los hombres jóvenes han sido siempre más propensos a apoyar a la extrema derecha, pero en el caso de la generación Z el voto ultra no solo se da de forma más temprana, sino que aumenta a un ritmo más rápido que en las generaciones de más edad (boomers y X), que registran incrementos más graduales. La brecha de género es también más amplia en los Z y los millennial que en los nacidos antes de 1981. Los autores explican la brecha de género entre los Z por razones económicas, culturales y de oferta política

“Lo bueno del modelo estadístico aplicado es que no tienes solo una generación joven, sino diversos grupos de personas que han tenido de 16 a 24 años en diferentes momentos en el tiempo y se pueden comparar entre sí”, detalla Toni Rodon, profesor de Ciencias Políticas de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y participante en el estudio.

Entre las explicaciones a la brecha de género que ofrecen los autores, están las repercusiones de las preocupaciones económicas. “Los jóvenes europeos, en una parte importante, se sienten perdedores de la globalización. Hay un problema de vivienda, de empleos precarios, dependencia del apoyo parental, que afecta a hombres y mujeres, pero los chicos son más vulnerables, se espera más de ellos y además sienten que son perdedores de forma injusta. Eso les crea inseguridad e insatisfacción, mientras que ellas se empoderan. Y además consumen información política diferente, las chicas más en Instagram, una red amable, y ellos en YouTube, donde se lanzan mensajes más agresivos, se amplifican sus quejas y se les moviliza”, apunta Rodon.

También se señalan diferencias de género en la socialización política, que inciden en los valores. Así, las mujeres tienden a tener orientaciones políticas más progresistas y son más sensibles a acatar las normas sociales. “En general, ellas son más adversas al riesgo que los hombres, eso se atribuye a la socialización, a cómo nos han educado, y estos partidos tienen una retórica agresiva y representan un cambio radical si se tuviera que implementar lo que dicen, por eso también las mujeres se alejan de sus postulados”, indica el profesor de la UPF. 

Estas razones económicas y culturales son una constante en Europa, pero además los ultras ajustan el mensaje que ofrecen según cada país. “Un tema fijo es la inmigración, pero Vox o Alternativa por Alemania atacan también las políticas de igualdad por el peso que tienen en su contexto, y en Italia han cogido la bandera de la vivienda”, explica Rodon.

Respecto al futuro, los autores apuntan que el aumento del voto joven se debe más a un factor generacional que a la edad: todo indica que cuando crezcan no se alinearán con las generaciones posteriores, sino que mantendrán su estructura mental ideológica. Las preferencias políticas de los jóvenes se ven influenciadas por el contexto histórico y social de sus años de formación, señalan, y “se mantienen muy estables” en la edad adulta. Cada generación puede desarrollar actitudes políticas duraderas basadas en el contexto social y económico o en sucesos significativos que experimentan en su juventud. “Lo que aprendes de joven es una mochila que arrastras a lo largo de tu vida”, resume Rodon.

De manera que el apoyo a la extrema derecha “podría aumentar drásticamente en el futuro”, concluyen, a medida que los votantes jóvenes de hoy envejecen. Y la brecha de género podría reducirse, pero debido a que aumente el voto femenino, conforme los ultras se incorporen a las instituciones y votarles se normalice. - Lola Garcia/Silvia Hinojosa.

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LECCIONES DE MACARTISMO

El senador McCarthy en la comisión de Exteriores del Senado

Una tarde de marzo de 1953, Julius Hlavaty, profesor de Matemáticas de 46 años, se sentó ante el senador republicano de Wisconsin Joe McCarthy para responder preguntas sobre Voice of America, el medio público internacional fundado por el Gobierno de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Hlavaty, jefe del Departamento de Matemáticas de un instituto de ciencias en el Bronx, era considerado uno de los mejores profesores de su materia en el país. 

Había sido citado por la comisión del Senado que investigaba a Voice of America por supuestas inclinaciones izquierdistas. Un año antes, el profesor, nacido en una ciudad en lo que hoy es Eslovaquia, había contado para la emisión en eslovaco de la radio su historia de inmigración y ascenso en Nueva York. McCarthy le había citado supuestamente para preguntarle si había visto algo sospechoso en la grabación, pero enseguida viró hacia preguntas personales sobre las opiniones políticas de Hlavaty.

El profesor se había registrado como miembro del Partido Laborista de Estados Unidos, un grupo progresista de Nueva York que intentaba imitar a los laboristas británicos. Así lo reconoció ante McCarthy. El interrogatorio siguió por ahí: ¿Es miembro del Partido Comunista? ¿Pueden profesores comunistas dar clase? ¿Usted influye en el comportamiento de sus alumnos? Algunos de los estudiantes del profesor de Matemáticas llevaban pañuelos en el bolsillo de la chaqueta y flores en el ojal como él, pero no creía que les hubiera cambiado en mucho más. La insistencia del senador y sus colegas en su ideología y su pasado dejaba claro por qué le había llamado.

“Me parece que mañana mi nombre va a estar por todos los periódicos del país y lo que diga aquí, que será la mayor defensa que tenga, no estará”, dijo el profesor ante la comisión. “Lo que está pasando hoy significa potencialmente, si no del todo, el final de mi carrera, que puedo decir modestamente que ha sido una carrera distinguida en educación”.

Tres semanas después, la Junta de Educación de Nueva York echó al profesor Hlavaty alegando “insubordinación” y falta de cooperación con el Congreso. Pocos días más tarde, su esposa, Fancille, profesora a las afueras de Nueva York, también fue despedida. En su última clase, ella dijo a sus estudiantes que “la inquisición sobre las creencias de una persona, sobre todo en su pasado lejano, es un peligro”. El manual de geometría que había publicado Julius Hlavaty fue añadido a la lista de libros vetados en las bibliotecas con financiación pública. El libro, titulado Review Digest of Solid Geometry, consistía en tablas logarítmicas y problemas de geometría. 

En 1953, cientos de profesores ya habían perdido su trabajo en escuelas y universidades por todo el país. El rector de Harvard se había comprometido a despedir a cualquier simpatizante del Partido Comunista y esto valía para profesores y bedeles, todos sujetos a un examen de lealtad. Sindicalistas, escritores y activistas habían acabado en la cárcel por no declarar ante el Congreso o no decir qué colegas eran miembros del Partido Comunista o de organizaciones marcadas como sospechosas. Miles de funcionarios habían perdido su trabajo.

La historia de Julius Hlavaty es una de las que cuenta Clay Risen, historiador y periodista del New York Times, en Red Scare (“pánico rojo”), su libro recién publicado sobre la cultura del miedo, el desasosiego económico y el rechazo a los avances de las mujeres o las minorías como caldo de cultivo a una época de persecución. Hasta al autor le sorprenden ahora los paralelismos con el presente. La ofensiva contra profesores, funcionarios, periodistas, inmigrantes, y hasta contra Voice of America se repite siete décadas después. 

“Tal vez haya una caja de herramientas a la que el autoritarismo blando recurre cuando quiere manipular al público y restringir las libertades civiles”, explica Risen a elDiario.es en una entrevista telefónica. El actual Gobierno de Estados Unidos incluso está mirando a la legislación de aquellos años, como la ley de 1952 que invoca el Departamento de Estado de Marco Rubio para poder deportar a extranjeros considerados una amenaza para la política exterior.

El historiador y periodista Clay Risen Kate Milford. Cuando empezó a escribir el libro en 2019, Risen veía algunas de las historias que contaba como una “alegoría” en un momento de división y de reacción contra los avances sociales parecida a la que se vivió contra el New Deal de Franklin D. Roosevelt. Desde hace unos meses, dice que ve lo que sucede ahora más como resultado del “legado político” de entonces.

“Se puede trazar una historia intelectual y, en algunos casos, una historia organizativa de la extrema derecha de personas que salieron del pánico a los rojos creyendo que la lucha todavía continuaba… De generación en generación, han llegado ideas muy similares sobre el progresismo en Estados Unidos no sólo como una idea diferente, sino como algo fundamentalmente malvado para el estilo de vida estadounidense”, dice Risen, que pone como ejemplo la persecución ahora de atletas trans o estudiantes que han protestado por la guerra de Gaza. “No se trata de proteger a las jóvenes de la competencia desleal en los deportes ni del antisemitismo. En realidad, se trata de un orden social y moral diferente. Y eso también estuvo en gran medida detrás del miedo a los rojos, que fue en esencia un conflicto cultural entre una visión moderna, cosmopolita y progresista de Estados Unidos y una visión muy conservadora”.

Persecución, silencio e indefensión - En el apogeo de esa batalla en medio de la Guerra Fría, Dalton Trumbo, el guionista que había liderado el atisbo de resistencia en Hollywood en los años 40, ya escribía con seudónimo (ganó un Oscar en 1956 bajo el nombre de Robert Rich por El bravo). Humphrey Bogart y Katherine Hepburn hace tiempo que se habían retirado de la batalla presionados por los estudios y por los activistas que tiraban piedras contra los cines que estrenaban películas de los que se habían opuesto a los interrogatorios de la comisión de actividades anti-estadounidenses que operaba antes de McCarthy. 

Los libros vetados de las bibliotecas públicas, en algunos casos quemados, incluían El halcón maltés de Dashiell Hammett, que fue encarcelado durante seis meses por negarse a dar nombres de sus colegas en una asociación para pagar fianzas de perseguidos, y Muerte de un viajante de Arthur Miller. La sospecha era, en palabras de Risen, “una mancha de humo que flotaba fácilmente de una persona a otra de modo que amigos que no le hacían el vacío inmediatamente a un supuesto comunista eran cuestionados”.

La indefensión de aquellos años mientras el Congreso aprobaba leyes contra la discrepancia ideológica y el Tribunal Supremo justificaba argumentos para limitar la libertad de expresión y de conciencia tuvo que ver con la debilidad de algunas organizaciones que hoy sí son fuertes. “La Unión Estadounidense de Libertades Civiles [ACLU, en sus siglas en inglés] y la Asociación Estadounidense de Abogados no defendieron los derechos individuales como deberían haberlo hecho. Pero gracias a eso aprendieron la lección. Desde los años 60, han proporcionado un control esencial contra los esfuerzos de gobiernos y ciudadanos por infringir las libertades civiles”, explica Risen. 

La historiadora Ellen Schrecker, que ha dedicado gran parte de su carrera de décadas al estudio del macartismo, está de acuerdo con el fallo entonces de organizaciones clave. “La excepción fueron las propias víctimas. Y algunos libertarios civiles de izquierda. Pero eso fue todo. La ACLU no defendió a los comunistas”, dice a elDiario.es durante una conversación por videollamada. “La gran diferencia con ahora es que entonces no hubo resistencia al macartismo”, dice unas horas después del anuncio de la Universidad de Harvard de que no aceptará las condiciones del Gobierno para seguir recibiendo ayudas federales. Hablamos unas horas antes de que ella misma participe como oradora en una protesta en Nueva York en defensa de la libertad en los campus.

Schrecker ha dado clase en Harvard y Columbia. Ahora es profesora emérita de Historia de Estados Unidos en la Universidad de Yeshiva y no ha dejado de escribir. Entre sus libros más clásicos están Many Are the Crimes: McCarthyism in America, publicado en 1998 y que sigue siendo el manual de referencia, y No Ivory Tower, sobre la persecución en los campus. 

El de 2025 le parece un ambiente más preocupante que el de los años 50 que ella misma vivió de adolescente: “En retrospectiva, el macartismo parece un paseo. En el caso de las universidades, entonces sólo se centraban en la actividad política pasada, no en la enseñanza en sí. Tampoco había un cuestionamiento general de la educación superior... Ahora estamos ante algo muchísimo más extenso y represivo, con expulsiones del país a diestro y siniestro. En los años 50, el Gobierno se atenía a reglas”.

Tanto Risen como Schrecker coinciden en que una de las lecciones para el presente es la actitud de los individuos, incluso en gestos pequeños como guardarse una opinión política o ser pasivo ante abusos alrededor. 

“La gente no debería quedarse impasible sólo porque no son políticos o abogados o no están en condiciones de tener mucho efecto”, dice Risen, que pone como ejemplo las redadas ahora de los agentes de inmigración en escuelas donde los educadores tienen el derecho a negarles la entrada. “Es fácil para un administrador o un maestro decir ‘no voy a interponerme en el camino, este no es mi papel’. Deben comprender que ese es totalmente su papel y que su trabajo es proteger a los niños que están dentro. Es muy importante tener una perspectiva que te prepare para ser ese maestro que se pone de pie en la puerta y dice: ‘no, no puedes entrar sin una orden judicial’”.

Y esto en un contexto de división en la población que no dista tanto de los años 50, una década retratada a menudo con un periodo de consenso, pero donde en realidad el país y los partidos empezaron a fracturarse.

La polarización afectiva se empezó a ver por la reacción ante la persecución de personas percibidas como radicales y también de espías. La fractura ha continuado hasta hoy en los casos más notables como el del diplomático Alger Hiss, encarcelado por espionaje y perjurio, y el de Julius y Ethel Rosenberg, ejecutados por espionaje en la silla eléctrica después de un juicio cuestionado por su dureza y debilidad en las pruebas. 

Un hito que marcó un nuevo tono fue el documental producido en 1954 por Edward Murrow en la CBS para mostrar en imagen qué decía y qué hacía McCarthy con crudeza y tono de denuncia. Ese momento ha llegado hasta hoy como mito, retratado en Buenas noches y buena suerte, la película de 2005 y recién estrenada ahora como obra de teatro en Broadway también con George Clooney.

Después de la moción de censura del Senado contra McCarthy e incluso después de su muerte -con sólo 48 años, en 1957- sus ideas siguieron siendo populares para un tercio de la población. Si bien Tye destaca la base de “creyentes fieles”, también ve un patrón recurrente sobre el poder efímero de personajes parecidos. 

“Hay una lección esperanzadora en las historias de Joe McCarthy y la larga lista de otros matones de los que los estadounidenses se han enamorado a lo largo de los años”, dice Tye. “Cada uno de esos autócratas –los gobernadores James Michael Curley y George Wallace, el predicador de radio Charles Coughlin y McCarthy– cayeron incluso más rápido de lo que ascendieron, una vez que Estados Unidos se desengañó y recuperó su mejor versión. Si se les pone la cuerda, la mayoría de los demagogos estadounidenses acaban ahorcándose”.

El 22 de marzo de 1947, el presidente Harry S. Truman decretó la creación de un “programa de lealtad” para poder controlar las inclinaciones ideológicas de los funcionarios y, en particular, determinar si pertenecían al Partido Comunista, a un sindicato o a cualquier otra asociación considerada potencialmente subversiva. Como resultado, la Administración investigó a más de cinco millones de trabajadores federales. Truman se arrepintió después del decreto y no entendió el alcance de lo que pensaba que serviría a su Gobierno para protegerse de los ataques republicanos. 

La amplitud de ese programa abrió la puerta al escrutinio masivo pese a que, en la práctica, los casos de espionaje eran aislados y la popularidad del comunismo y su partido en Estados Unidos estaban en declive.

Cualquier excusa era digna de una investigación de meses. Incluso se extendió la idea de la sospecha para los “antifascistas prematuros”, que habían apoyado a los republicanos españoles en los años 30 cuando eso podía denotar inclinación comunista y no era aceptable como el antifascismo en los 40 contra los nazis alemanes. Recaudar fondos para los republicanos españoles o donar dinero para una ambulancia en España, como hizo el físico nuclear Robert Oppenheimer, eran motivos para abrir expedientes.

 “¿Qué es la lealtad? No estaba definido. La falta de lealtad en la mente de algunas personas se convirtió en apoyo al activismo anti-Franco… o en el apoyo a los derechos civiles. Se trataba de buscar pruebas a través de ideas indirectas”, dice Risen, el autor de Red Scare. 

“Y no hay que olvidar el papel de Edgard Hoover. El FBI fue muy importante en la creación de un escenario de lo que supuestamente era una amenaza comunista, que en realidad no era una amenaza”, me dice Ellen Schrecker. Así el elenco de sospechosos se iba ampliando mientras el FBI de Hoover no dejaba de aumentar la lista de posibles organizaciones subversivas y motivos de sospecha, incluido ser judío o gay. 

Los productores de los estudios de Hollywood, incluidos algunos identificados como progresistas, fueron los primeros en colaborar con listas, despedir a artistas o pedirles a guionistas que utilizaran un seudónimo. Instituciones identificadas con las libertades civiles, incluidas las universidades y los bufetes más progresistas, cumplieron con lo que McCarthy o el Departamento de Justicia les pedía y más allá. El escrutinio ideológico se extendió para solicitar un pasaporte, una licencia de pesca o un seguro de la casa.

“Todos los segmentos de la sociedad estuvieron involucrados. De General Motors, General Electric y la CBS al New York Times, el Departamento de Educación de Nueva York, el sindicato de trabajadores del automóvil, hubo muy, muy pocos empleadores públicos o privados que no echaran a los hombres y mujeres marcados”, escribe Schrecker en No Ivory Tower sobre la persecución en las universidades, donde, según ha documentado, hasta los académicos más progresistas miraron para otro lado más allá de la retórica. “Cuando tuvieron la oportunidad de convertir su oposición en algo más concreto que palabras, casi todos los académicos progresistas fallaron”. Ahora, en cambio, la Universidad de Harvard se ha plantado ante las demandas de la Administración Trump, que la ha castigado con la congelación de 2.200 millones de dólares (unos 1.900 millones de euros) en subvenciones públicas. “La universidad no entregará su independencia ni renunciará a sus derechos constitucionales”, dijo el rector, Alan Garber, en una declaración pública este lunes.

Steven Levitsky, profesor de Harvard de Políticas y uno de los líderes que ha movilizado a sus colegas en el campus en la resistencia contra el Gobierno, leyó el comunicado de Garber en su clase sobre democracia y autoritarismo, y los estudiantes se pusieron a aplaudir. “Tal vez Garber sea nuestro Murrow”, apunta Schrecker. La rectora interina de la Universidad de Columbia, Claire Shipman, en cambio, dice haber seguido “con interés” la declaración de Harvard, pero ya ha accedido a algunas de las condiciones impuestas por el Gobierno Trump para no perder subvenciones de 400 millones de dólares (unos 350 millones de euros) y sigue negociando sobre nuevas peticiones.

Hace unas semanas, Schrecker conversó con Jelani Cobb, decano de Periodismo de Columbia, sobre la experiencia de las universidades en los años 50. Al decano y periodista se le quedó grabada la advertencia de la historiadora: “La capitulación nunca resultó en la salvación”.  Ahora la historiadora me dice, sobre Columbia: “¿Tenía razón, no? Cedieron y no les han garantizado los 400 millones... Si hablamos de la década de 1930, el acuerdo de Múnich no fue suficiente para Hitler. Tomó Checoslovaquia el año siguiente. 

Esa es la mentalidad a la que nos enfrentamos hoy en Washington”. Maria Ramírez en eldiario.es

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GAZA O EL FRACASO DE LA MEMORIA


¿Es posible, todavía, recordar? ¿Cómo acatar el imperativo de la memoria en una época que se define por la impotencia reflexiva? Paula Kuffer en ctxt.es

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, el conocido dictum adorniano reza así: “Hitler ha impuesto a los seres humanos en su estado de falta de libertad un nuevo imperativo categórico: reorientar su pensamiento y su acción de tal modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”. Theodor W. Adorno habla después de la catástrofe, de la producción industrial de cadáveres: cuerpos condenados a morir sin muerte, en el abismo de la deshumanización. Georges Bataille decreta que la imagen del hombre es, desde entonces, inseparable de las cámaras de gas. Maurice Blanchot afirma que el hombre es el indestructible que puede ser infinitamente destruido. Günter Anders da por inaugurada la “época Hiroshima” en la que, en cualquier momento, cualquier lugar se puede convertir, otra vez, en Hiroshima.

La sentencia adorniana siempre se entendió como un alegato del “nunca más”. Recordar para que no se repita la barbarie, nos dice el filósofo. Pero ¿quién debe recordar? ¿Los supervivientes, los descendientes de las víctimas? ¿Los verdugos? Y, sobre todo, ¿es suficiente el mero recuerdo? ¿Acaso la inflación narrativa de las últimas décadas, en una Europa plagada de museos y monumentos a las víctimas, no se ha convertido en otro de los rostros del olvido? El estallido de memoria, apoyado en las nuevas tecnologías, ¿no ha ido a la par de una escalada de desmemoria? La ingente deriva de significantes históricos que apremian a recordar cual Funes el Memorioso ¿no dispara la necesidad de olvidar? ¿La disponibilidad absoluta de todo no lo acaba convirtiendo en un todo inaccesible? Esta infinita trama discursiva, tanto de víctimas como de verdugos, ¿ha permitido romper con la continuidad opresora, ha evitado la repetición?

¿No se habrá convertido la memoria en un velo que legitima las mismas injusticias hoy presentes?

¿Qué ha podido la memoria frente a Gaza?

La entrega al odio y la tragedia ocupa la escena del presente mientras la aniquilación asoma a nuestras pantallas. El imperativo de la memoria nos estalla en las narices. No es poco sintomático que sea precisamente un Estado que se levanta sobre las cenizas del exterminio quien haya decretado el derrumbe final de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada para que nunca más se repitiera tal catástrofe. Aquella nación que surgió tras la muerte de millones de personas –y ante la imposibilidad de los supervivientes para volver a sus casas expropiadas, junto a los vecinos asesinos, delatores o cómplices mudos en el mejor de los casos– se ha convertido en el último verdugo. Auschwitz no ha reorientado ni el pensamiento ni la acción para que no ocurra nada semejante en ningún rincón del mundo.

Hoy Gaza, uno de los lugares con más densidad de población del planeta, se encuentra bajo un estado de sitio y los palestinos son víctimas de una limpieza étnica. Los dirigentes del Gobierno de Israel debaten qué hacer con ellos, adónde enviarlos. Son preguntas que se repiten, literalmente siniestras: apuntan a la revelación de lo que está escondido y reprimido, pero no de los demás, sino de uno mismo. En estos días, casualmente, se celebra Pésaj, la pascua judía, que rememora la liberación de la esclavitud sufrida en Egipto. Con símbolos que representan el sentimiento de libertad pero también la conciencia de la opresión, la festividad está ligada en lo más íntimo al recuerdo del dolor y la injusticia sufrida. El precepto bíblico apunta justamente a hacer presente ese pasado: Zakhor. 

El “nuevo” imperativo vino a substituir la ley moral kantiana, aquella que no solo alojó en su seno el ascenso del nazismo, sino de la que también se valieron los propios nazis para justificarse, como el propio Eichmann en el juicio que tuvo lugar en Jerusalén en 1962. Es conocido que Hannah Arendt cubrió el proceso para la revista The New Yorker, además de publicar un libro que generó no poca controversia. “Comprender no significa perdonar”, tuvo que defenderse en repetidas ocasiones. En realidad, comprender es todo lo contrario de la incapacidad de pensar, que para la filósofa define la banalidad del mal: la posibilidad siempre presente, para cualquiera de nosotros, de esquivar la reflexión autónoma, de someternos a la mentira que es todo dogma, y de rendirnos a la obediencia impotente. La máxima ilustrada del sapere aude aspira a un bello idealismo racionalista, pero quizá ignora la violencia estructural que atraviesa el Estado moderno de Hobbes a Trump, la intrincada filiación entre capitalismo, guerra y desarrollo técnico, con o sin democracia. En el jardín de senderos que se bifurcan, a veces somos víctimas y otras verdugos, pero la explotación se mantiene en el centro de la política. ¿Es posible, todavía, recordar? ¿Cómo acatar el imperativo de la memoria en una época que se define por la impotencia reflexiva, por la “podredumbre mental” (brain rot), según el término que el Oxford Dictionary eligió para definir el reciente 2024? La guerra se nos resbala entre los dedos mientras se desvanece en un timeline, nos llegan noticias constantes, en lenguas y formatos diversos, las notificaciones infinitas nos capturan a cada segundo, pero somos incapaces de comprender y menos aún de actuar. Saturados de presente, hemos perdido todo vínculo con el pasado, con sus luchas y exigencias y saberes. Europa, mientras tanto, se encamina con entusiasmo hacia el futuro de la próxima guerra. Las campanas de la bolsa repican de alegría ante el furor de los tambores de la industria bélica, a la par que la incertidumbre y el miedo se apropian de la gente. Quizá vivimos ya en una desconexión absoluta con nuestro pasado, una desmemoria que nos lleva a la repetición sintomática de guerras en un continente que hace ochenta años, la edad de cualquier abuela, quedó arrasado por la guerra. Esos setenta millones de muertes son mucho más que una cifra o un acontecimiento en la historia: son parte de nuestra herencia y patrimonio. La tradición también es eso, no únicamente el botín de los vencedores recluido en los museos, inscrito en la topografía de las ciudades, repetido en los esquemas de la industria cultural. La conocida frase de Benjamin, “no hay un solo documento de cultura que no lo sea a su vez de la barbarie”, señala, precisamente, su punto ciego: la violencia.

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