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ESPERANDO


Una tarde llegaron en bandada y se posaron sobre los cables eléctricos que unen las farolas del depósito de coches. Cada tarde desde hace semanas.

Los primeros días mantuve mi rutina como si no estuvieran. Me sentía observado aunque, si he de ser sincero, no era fácil estar seguro de hacia dónde dirigían sus miradas. La negrura de sus cuerpos difuminaba sus rasgos y tan sólo cuando conseguía verlos de perfil podía intentar adivinar qué era lo que atraía su atención. No encontraba explicación racional a su presencia en el depósito y sus intenciones eran igualmente impenetrables. Mi única certeza era que, fueran lo que fueran, no los veía nadie más que yo. Ni mis compañeros, que me escucharon incrédulos, ni los gruístas que venían de vez en cuando a traer o llevarse algún coche habían visto nada como lo que yo les describía.

No tardé mucho en dejar de hacer las rondas. Comenzó a invadirme una oscuridad como la que ellos traían consigo cada tarde. Me quedaba mirándolos desde la ventana en un estado melancólico que se había adueñado de cada uno de mis movimientos. Y los observaba como si fueran lo único que existiera, sin poder evitarlo.

Anochece y con el anochecer desaparecen. Y la negrura se va con ellos. Hoy, sin embargo, hay algo diferente. Da la sensación de que algo se ha quedado en el depósito. La luz de las farolas, que acaban de encenderse, es tenue y está orientada hacia el suelo lo que deja en penumbra los cables y, delante de la garita, a veces, sólo a veces, según el ángulo desde el que miro, tengo la horrible sensación de que uno de ellos se ha quedado conmigo. 

un relato de Jesus Esnaola

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