domingo, julio 31, 2016

A PROPÓSITO DE GURDJIEFF


Cuando por casualidad me topé con los pensamientos de Gurdjieff, recordé enseguida que supe de él hace años, a través de 'El retorno de los Brujos'; he aqui un extracto del texo de Pawels i Bergier.....

"En marzo de 1953 conocí por primera vez a un al­quimista. La cosa ocurrió en el Café Procope, que experimentó en aquella época una breve resurrección. Cuando yo estaba escribiendo mi libro sobre Gurdjieff, un gran poeta preparó aquella entrevista; después volví a ver a menudo a aquel nombre singular, sin penetrar, empero, sus secretos.

Yo tenía ideas primitivas, extraídas de las nociones populares, sobre la alquimia y los alquimistas, y estaba lejos de saber que éstos aún existían. El hombre que se sentaba frente a mí, en la mesa de Voltaire, era joven y elegante. Tenía una sólida instrucción clásica, seguida de estudios de química. En aquel entonces, se ganaba la vida en el comercio y frecuentaba a muchos artistas, así como a algunas gentes de mundo.

No llevo ningún Diario íntimo, pero, en ciertas ocasiones importantes, suelo anotar mis observaciones o mis sentimientos. Aquella noche, al volver a casa, es­cribí lo que sigue:

    «¿Qué edad puede tener? Él me ha dicho treinta y cinco años. No lo entiendo. Cabello blanco, rizoso, partido sobre el cráneo como una peluca. Numerosas y profundas arrugas bajo un cutis rosado y en un sem­blante lleno. Pocos ademanes; lentos, mesurados, hábi­les. Sonrisa tranquila y aguda. Ojos risueños, pero que ríen para sí. Todo revela una edad diferente. En su con­versación, ni un quiebro, ni una desviación, ni un fallo en la presencia del espíritu. Este semblante afable y fue­ra del tiempo tiene algo de esfinge. Incomprensible. Y no es sólo una impresión mía. A. B., que, desde hace semanas, le ve casi todos los días, me dice que jamás, ni un segundo, le ha sorprendido en una sola falta de "ob­jetividad superior".

    »Lo que le hace condenar a Gurdjieff:

        »1.° Quien siente la necesidad de enseñar no vive enteramente su doctrina y no ha llegado a la cima de la iniciación.

        »2.° En la escuela de Gurdjieff no hay mediación material entre el alumno a quien se ha persuadido de su nada y la energía que debe llegar a poseer para pasar al ser real. Esta energía —esta "voluntad de la voluntad", dice Gurdjieff— debe encontrarla el alumno en sí mis­mo, y sólo en sí mismo. Ahora bien, este paso es par­cialmente falso y sólo puede conducir a la desespera­ción. Esta energía existe fuera del hombre, y se trata de captarla. El católico que comulga: captación espiritual de esta energía. Pero, ¿y los que no tienen fe? Si no se tiene fe, hay que tener fuego: esto es toda la alquimia. Un verdadero fuego. Un fuego material. Todo comien­za, todo llega por el contacto de la materia.

        »3.° Gurdjieff no vivía solo; siempre estaba rodea­do de otras personas como en un falansterio. "Hay un camino en la soledad, hay ríos en el desierto." No hay camino ni ríos en el hombre que se mezcla con los otros.

    »Le hago preguntas sobre la alquimia que deben de parecerle tontas. Pero no lo demuestra y responde:

    »Sólo materia, nada más que contacto con la mate­ria, trabajo con la materia, trabajo manual.

    «Insiste mucho en esto:

    »—¿Le gusta la jardinería? Es un buen comien­zo, porque la alquimia puede compararse a la jardinería.

    »—¿Le gusta la pesca? La alquimia tiene algo de co­mún con la pesca.

    »-Trabajo de mujeres y juego de niños.

    »No se puede enseñar alquimia. Todas las obras li­terarias que han pasado por los siglos contienen una parte de esta enseñanza. Son el hecho de hombres adul­tos —verdaderamente adultos— que hablaron a los ni­ños, respetando las leyes del conocimiento adulto. En una gran obra, jamás se nota la falta de "los principios". Pero el conocimiento de estos principios y el camino que lleva a estos principios deben permanecer ocultos. Sin embargo, existe un deber de ayuda mutua para los investigadores del primer grado.

    »A eso de la medianoche, le interrogué sobre Fulcanelli, y él me explicó que Fulcanelli no ha muerto.

    »—Se puede vivir —me dice— infinitamente más de lo que imagina el hombre que no ha despertado. Y se puede cambiar totalmente de aspecto. Yo lo sé. Mis ojos saben. Sé también que la piedra filosofal es una realidad. Pero se trata de un estado de la materia distin­to del que conocemos. Este estado, como todos los otros estados, es susceptible de mediciones. Los me­dios de trabajo y de medición son sencillos y no requie­ren aparatos complicados: trabajo de mujeres y juego de niños...

    »Y añade:

    »—Paciencia, esperanza, trabajo. Y, sea cual fuere el trabajo, jamás se trabaja bastante.

    »Esperanza: en alquimia, la esperanza se funda en la certeza de que existe un fin. Yo no habría empezado —dice— si no me hubiesen demostrado claramente que este fin existe y que es posible alcanzarlo en esta vida.»

Tal fue mi primer contacto con la alquimia. Si la hubiese abordado por medio de los libros mágicos, creo que mis investigaciones no habrían ido muy lejos: falta de tiempo, falta de afición a la erudición literaria. Y también falta de vocación: esta vocación que invade al alquimista, cuando éste aún no se tiene por tal, en el momento en que se abre por primera vez un antiguo tratado. Yo no tengo vocación de hacer sino de com­prender; no de realizar, sino de ver. Pienso, como dice mi viejo amigo André Billy, que «comprender es tan hermoso como cantar», aun en el caso de que la com­prensión sea fugaz. Soy un hombre que tiene prisa, como la mayoría de mis contemporáneos. Tuve el con­tacto más moderno que cabe tener con la alquimia: una conversación en una tasca de Saint Germain des Prés. Después, mientras intentaba dar un sentido más com­pleto a lo que me había dicho aquel hombre joven, tro­pecé con Jacques Bergier, que no salía lleno de polvo de una buhardilla llena de libros viejos, sino de los lugares en que se concentra la vida del siglo: los laboratorios y las oficinas de información. Bergier buscaba también alguna cosa por las rutas de la alquimia. Y no era para hacer una peregrinación al pasado.

El extraordinario hombrecillo, atiborrado de secretos de la energía ató­mica, había tomado aquel camino como atajo. Volé, agarrado a sus faldones y a una velocidad supersónica, entre los textos venerables concebidos por sabios ena­morados de la lentitud, borrachos de paciencia. Bergier tenía la confianza de algunos de los hombres que, toda­vía hoy, se entregan a la alquimia. Tenía también el oído de los sabios modernos. A su lado, pronto adquirí la certeza de que existe una estrecha relación entre la al­quimia tradicional y la ciencia de vanguardia. Vi que la inteligencia tendía un puente entre dos mundos. Avan­cé por este puente, y vi que aguantaba. Sentí una dicha muy grande y un profundo apaciguamiento. Refugiado desde hacía tiempo en el pensamiento antiprogresista hindú, adepto de Gurdjieff, viendo el mundo de hoy como un principio del Apocalipsis, profundamente desesperanzado y sin esperar más que un triste fin de los tiempos, sin ser lo bastante orgulloso para consi­derarme hombre aparte, he aquí que veía de pronto cómo el porvenir y el pasado se daban la mano. La me­tafísica del alquimista, varias veces milenaria, ocultaba una técnica comprensible o casi comprensible, en el si­glo xx. Las técnicas horripilantes de hoy se abrían so­bre una metafísica casi siempre a la de los tiempos anti­guos. ¡Falsa poesía la de mi vacío! El alma inmortal de los hombres lanzaba la misma luz a ambos lados del puente.

Acabé por creer que los hombres, en un pasado muy remoto, habían descubierto los secretos de la energía y de la materia. Y no sólo por la meditación, sino también por la manipulación. No sólo espiritualmente, sino téc­nicamente. El espíritu moderno, por caminos diferen­tes, por las rutas, desde hacía tiempo repelentes a mis ojos, de la razón pura, de la irreligiosidad, con medios diferentes y que me habían parecido feos, se aprestaba a su vez a descubrir los mismos secretos. Se interrogaba, se entusiasmaba y se inquietaba a un tiempo. Tendía a lo esencial, igual que el espíritu de la alta tradición."

de El retorno de los brujos - Pawels i Bergier

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