Donald Trump, que no esconde su fascinación por el tirano norcoreano Kim Jong Un, también hubiese admirado al albanés Enver Hoxha: todos son del club de fans del típex. El número dos del régimen albanés y un comunista italiano adicto, caídos en desgracia y borrados con típex en una foto de Enver Hoxha con la cúpula del PCE (m-l)  LV. Parecen fotogramas de una película de terror de serie B... Rostros rayados con bolígrafo, extrañas manchas grises, fantasmas por el paisaje o espectros sentados en un sillón. - Plàcid Garcia-Planas

El periodista Roger Mateos va pasando las páginas del libro fotográfico Gju më gju me popullin (Codo con codo con el pueblo), una oda al régimen estalinista de Enver Hoxha. Lleva tiempo coleccionando libros de la Albania comunista imposibles de leer. Se conforma con observar los lomos alineados en las estanterías “como si fuesen estelas funerarias de una antigua civilización distópica”. 

Pero el ejemplar de este libro publicado en 1978 que tenemos en las manos es especial. Sobre todo esta imagen, reproducida en el último libro de Roger que el miércoles sale a la venta: El verano de los inocentes. El secreto del último fusilado del franquismo (Anagrama). Una fascinante inmersión con bisturí en un tema tabú, incómodo, silenciado por franquistas y antifranquistas.

Es la fotografía de la recepción que Hoxha ofreció en 1976 a Elena Ódena y Raúl Marco, máximos dirigentes del Partido Comunista de España (marxista-leninista), brazo político del FRAP. A la izquierda, Ódena y Marco están sentados a un lado y otro del dictador albanés. A la derecha, también sentados en sillones, el marxista leninista italiano Fosco Dinucci y Mehmet Shehu, número dos del régimen.

De golpe, Shehu y Dinucci cayeron en desgracia –el delfín de Hoxha se echó en la cama y se pegó un tiro en el corazón– y el propietario de este ejemplar del libro, un albanés cuya identidad desconocemos, los borró con una especie de típex. Como también borró a otros caídos, expulsándolos del libro y de la existencia.

Hay algo de ese típex en el twilight zone del nuevo Washington, el ansia de la vieja Tirana por borrar a otros de la realidad. Como si los tuits que el presidente de Estados Unidos emite en sus madrugadas de insomnio fueran una continuación de las estanterías albanesas de Roger: la cuna de una nueva civilización distópica a los pies de la estatua de la Libertad.

Trump aplica típex sobre el cuerpo de los que le precedieron: entre otros retratos oficiales, en la Casa Blanca ha sustituido el de Obama por la épica imagen del intento de asesinato que él sufrió en Butler. Y lo unta con ganas sobre la prensa crítica: esta semana ha exigido esparadrapo en la boca para Seth Meyers, humorista, guionista y presentador de la NBC.

Trump pringa de típex universidades y museos, pero las rayas blancas más inquietantes son las que aplica a la realidad empírica. Despide a científicos por gestionar con criterios científicos. Cesa a militares por informar técnicamente de que la mega bomba estadounidense contra el proyecto nuclear iraní no fue tan efectiva. Y aparta a funcionarios por publicar las cifras económicas reales y no las adaptadas a la prometida edad dorada , que ya empieza a ser más lluvia que edad.

Por supuesto, los otros, los demócratas, también aplicaron típex con gusto sobre nombres de buques o contenidos de museos, y retiraron estatuas y cuadros para controlar la narrativa. La diferencia es que ningún presidente demócrata, ni republicano, había afirmado antes –como ha soltado tranquilamente Trump esta semana– que “mucha gente dice que quizá quiere un dictador”.

Típex para borrar al propio Partido Republicano, engullido por un Godzilla con tupé: es fascinante observar el gozo –y el miedo– con el que los senadores y congresistas conservadores se han dejado diluir. Si Trump no es adulado por todos ellos, cada uno de los 1.440 minutos del día, se desintegra. Ahí está el inmenso retrato del presidente que el Departamento de Trabajo acaba de desplegar en su fachada. Es puro Lenin con mechas del Llongueras ochentero: bajo su rostro han escrito: “American Workers First”. Nadie se ha pegado todavía un tiro en el corazón. Pero, como en el libro de los fantasmas albaneses, empieza a penetrar en Washington una ligera niebla de rostros rayados con bolígrafo, extrañas manchas grises y espectros sentados en sillones.

Como dijo Solzhenitsyn al aceptar en 1974 el Nobel de Literatura: “Sabemos que mienten. Saben que mienten. Saben que sabemos que mienten. Sabemos que ellos saben que nosotros sabemos que mienten. Y, aun así, siguen mintiendo”. El típex es la saliva del dictador.