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30 AÑOS DE LA BROMA INFINITA

David Foster Wallace fue, en alguna etapa de su vida, obsesivo-compulsivo, genial, alcohólico, hiperhidrosico, drogadicto a varias bandas, profesor, novio, marido, tenista, instructor de tenis, superdotado, ansioso-depresivo, fóbico, posósil, mal, violento, violento, violento fumador, competitivo, exagerado, dependiente, misógino, guarda nocturno, inseguro, popular, religioso, insatisfecho, suicida, corruptor de menores. Su vida estaba llena de notas a pie de página que sufrían una metástasis de sentido que escapaba a todo control. Como él mismo, al parecer. Treinta años después de la publicación de 'La broma infinita', (1-2-1996) nuestra vida es una nota al pie que remite a otra nota al pie y así sucesivamente, una red de redes, una plataforma de plataformas de televisión, una ficción de ficciones de la que no podemos apartar la vista, un partido de tenis que no hemos aprendido a ganar, que nunca podremos ganar.
 

David Foster Wallace, nacido en 1962 en Ithaca (Nueva York), es uno de los narradores más influyentes del panorama literario de las últimas décadas, y su magnum opus, La broma infinita, una novela que supera el millar de páginas e incorpora más de 400 notas que constituyen otras tantas ramificaciones tentaculares de la narración central, marcó un hito en la historia de la literatura. Convertido en un mito que trasciende la esfera de lo literario, su influencia sobre narradores de todas latitudes no hace sino aumentar con el transcurso del tiempo.

Las circunstancias de su muerte son bastante conocidas. Esa tarde, su mujer tenía una inauguración de sus obras pictóricas en una galería ubicada en las cercanías de Claremont, California, donde vivía la pareja. De manera algo inesperada, en el momento de salir, David Foster Wallace anunció que prefería quedarse en casa. Cuando su mujer volvió lo encontró colgado en el garaje de su vivienda. Su reputación había ido creciendo de manera gradual, convirtiéndolo en un icono de lo que debería ser la literatura del futuro. La broma infinita no es más que parte de un legado enormemente rico y complejo, que incluye obras fundamentales también en el ámbito de la no ficción.

En las marquesinas de las salas de arte y ensayo, en los posters y anuncios se obligó a poner: “LA BROMA: Se recomienda muy seriamente que NO suelte nada de dinero para ver esta película”, que por supuesto los habitués del arte y ensayo pensaron que era una broma antipublicitaria inteligentemente irónica, así que soltaban su dinero a cambio de pequeños papelitos y entraban con sus chalecos de lana y tweeds y vestidos sin mangas y se hinchaban de café expreso en el bar del teatro y encontraban asientos y se sentaban y hacían esos ajustes precine de posturas y piernas y miraban en derredor con una especie de intensidad distraída y veían las cámaras Bolex H32 de triple objetivo –una sostenida por un tipo viejo y encorvado, la otra, complejamente montada sobre la inmensa cabezota de un chico extrañamente inclinado hacia delante con lo que parecía un pincho metálico que le salía del tórax– las grandes cámaras al lado del letrero de SALIDA con luces rojas a ambos lados de la pantalla, pensaban los espectadores, estarían allí para un anuncio publicitario o antipublicitario o para un documental metafílmico entre bambalinas o algo así. Y así hasta que se apagaban las luces y empezaba la película y lo que se veía en la amplia pantalla pública era una proyección de amplio ángulo y binoculada del mismísimo público de arte y ensayo entrando con los cafés expresos en las manos, eligiendo asientos y sentándose y mirando en derredor y poniéndose cómodos y haciendo breves comentarios precine a sus acompañantes de gruesas gafas sobre el No Pague Para Ver Esto y lo que probablemente significaban las Bolex desde un punto de vista artístico y poniéndose cómodos a medida que se apagaban las luces y ahora miraban la pantalla (es decir, a sí mismos, resultaba ser) con las sonrisas fríamente excitadas de la expectación que precede a un espectáculo de alto vuelo, sonrisas que ahora la cámara y la pantalla revelaban a medida que se borraban fila tras fila de las caras de los espectadores que ahora miraban menos expectantes y más inexpresivos y luego confusos y finalmente se convertían en expresiones faciales plenas de furia e indignación. La duración total de La broma era exactamente hasta que se fuera de la sala el último espectador de piernas cruzadas harto de contemplar su propia imagen inmensa y proyectada, de sí mismo como espectador de arte y ensayo presa de un especial sentimiento de mala leche, de estafa e indignación, todo lo cual duraba unos veinte minutos como máximo, salvo si había críticos o académicos de cine...

Barbara Bleisch en un vibrante artículo en el PAIS habla de envejecer y de cómo se va desdramatizando todo con el paso de los años, y habla también de David Foster Wallace...

Una posición como esta se acerca a la que ilustró en forma de parábola el escritor  David Foster Wallace en el texto titulado Esto es agua, que se convertiría en su célebre discurso de despedida: “Había una vez dos piezas jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor les saludó con la cabeza y les dijo: "Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?". Los dos piezas jóvenes siguieron nadando un trecho, por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”. Con este discurso, Foster Wallace quería dejar patente que “las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las que más cuesta explicar”. Todos nosotros tenemos “patrones de creencias”, como él mismo les llama, es decir, certezas de que damos miedo sentado sin cuestionar. No sólo el agua en la que nadan los dos piezas o el aire que respiramos, sino también sentencias internas y prejuicios de toda la vida de los que casi nunca somos conscientes, pese a que constantemente nos regimos por ellos.

Resumen y sinopsis de La broma infinita de David Foster Wallace - Lecturalia

Un lugar: Enfield, Massachusetts. A cien millas de la Gran Concavidad, un yermo radiactivo lleno de bebés mutantes del tamaño de aviones, criaturas sin cráneo y hordas de hámsters salvajes.

Una época: el año de la Ropa Interior para Adultos Depend, en el Tiempo Subsidiado, en América regida por el totalitarismo ecológico de la ONAN, governada a su vez por la obscura Oficina de Servicios No Especificados, en guerra perpetúa contra el ultraviolento antiONANismo de Quebec.

Una institución: la Academia Enfield de Tenis, ultraelitista y donde impera una disciplina destinada a abolir todo placer. 

Una familia: los Incandenza. James Incandenza, óptico militar convertido en cineasta de après-garde, y su mujer, la promiscua Avril, que alimenta oscuras conexiones con la guerrilla de Quebec. Y sobre tres hijos: Orin, genial pateador de fútbol americano y seductor transnacional; Mario, enano y deforme, cineasta como su padre y poseedor de una sensibilidad prodigiosa, y Hal, promesa del tenis juvenil y atormentado por un secreto terrible..

Y una película: El samizdat. El Entretenimiento. La broma infinita. Con el poder de enloquecer a todo lo que la vea y destruir así la civilización. El arma perfecta por la que todos se enzarzarán en la Guerra Final por el control de América.
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Comentarios

  1. Circunstancias o vivencias personales aparte, siempre llego a la misma conclusión: este tipo de personas, genios indudables que perciben la existencia de una manera especial, turbia y compleja, pues sí no no serían genios, no me gustaría que fuesen mis cuñados o mis yernos, pues lo suyo no suele acabar bien.
    Salud.

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    1. Es que de la misma manera que una persona normal solo puede escribir cosas normales, un genio no lleva una vida normal y suele ser la suya una vida bastante desenfrenada y tòxica.
      Saludos

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