viernes, febrero 13, 2026

A PROPÓSITO DE SAN VALENTIN


 En vísperas del 14 de febrero, resurge la reflexión sobre el significado de una celebración entre lo comercial y lo romántico, en un contexto de cambio profundo en la forma de relacionarnos y cuando el concepto del amor es cada vez más diverso El Día de San Valentín cuenta con tantos detractores como entusiastas seguidores, en un momento de profundos cambios en las relaciones personales, con un abanico cada día más amplio de formas de amar y la fuerte presión comercial y publicitaria que acompaña cada 14 de febrero.

Algún día la ternura moverá el mundo”, decía un viejo eslogan del perfume Anaïs Anaïs, de Cacharel. Siempre lo recibí con emoción y esperanza. Quizás fuera así, y los publicistas acertaban donde fallaron tantos pensadores utópicos. Pasado el tiempo, todo indica que en Cacharel hacen bien en centrarse en las fragancias y no en las predicciones, porque lo que mueve cada vez más el mundo es el odio. Por eso hay que tomarse el amor en serio.El amor de San Valentín, en cambio, parece broma: se pinta como una magnífica coincidencia que fluye y nos posee; en el infinito vacío del cosmos y en la eternidad del tiempo, una naranja perfecta toma forma. Qué bien habernos conocido, qué prodigio, vamos a follar. Es el tan vilipendiado amor romántico. Vivimos en tiempos más románticos que ilustrados, donde la pasión desborda al raciocinio, pero cómo se ha devaluado el término: del Romanticismo del Sturm und Drang y el sobrecogimiento ante lo sublime al romanticismo de la caja roja de Nestlé y del diamante que es para siempre.

La última persona que colaboró con David Bowie, el músico y performer británico Tim Arnold, opina que los artistas actuales ya no le cantan al amor. No es del todo cierto: sin ir más lejos, en el tan discutido y promocionado último disco de Rosalía varias baladas exploran los arrebatos clásicos ligados a las penas del corazón, desde la melancolía (ese fado maravilloso con Carminho en el que ambas piden al unísono “dime si aún te acuerdas de mí”) hasta la desesperación que genera la atracción no correspondida (esa rumba en la que repite “yo sé que tú eres pa mí”). Hoy mismo, si exploran la lista de éxitos globales de Spotify encontrarán que ahí está de nuevo la catalana diciendo que no necesita jimmy choos, solo cariño puro en el fondo de una copa de vino blanco y, sorpresa, The Police (puesto 24º), con Every Breath You Take, que Sting compuso para hablar de una relación tóxica que tocaba a su fin, pero que el mundo entero sigue asociando a galanteo. Arnold, sin embargo, no se refiere a ninguna de estas dimensiones del sentimiento amoroso, de la obsesión al desvelo, sino más bien al concepto abstracto, difuso pero universal que tantas bandas —la mayoría compuestas solo por hombres— tomaron como estandarte a ambos lados del Atlántico en los sesenta, de la explosión del Swinging London al Summer of Love, a la vez de Londres a San Francisco.

Aquellos músicos, sus seguidores y el movimiento contracultural que desencadenaron no celebraban la pareja ni lo romántico, sino el amor como expresión de buenas vibraciones, de armonía colectiva y de paz mundial. Es esta última asociación la que más resuena en nuestro tiempo, cuando tiene que subirse un puertorriqueño a un bohío en medio de un estadio de fútbol americano a recordarle a un país hecho de migrantes que no está bien matar “ilegales”. 

Qué tendrá que ver todo esto con San Valentín, dirán ustedes, y yo les contesto: todo. El mundo, por cursi que suene, está urgentemente necesitado de confianza, de entrega, de cuidados, de solidaridad, en resumen, de amor. La actuación de Bad Bunny en la Super Bowl, la posreligión que preconizan cantantes como Rosalía e incluso los nuevos movimientos espirituales en los que el pop lo envuelve todo, están estrechamente relacionados con esa necesidad acuciante de comunión, con esa búsqueda, donde sea, de la ternura que la megacompetitividad y el hiperconsumismo aplastan. Se suele pintar el Día de los Enamorados como un ardid publicitario y una celebración del amor romántico. Es una afirmación absolutamente fundada. Pero si los mecanismos de la sociedad de mercado poscapitalista han logrado que celebremos con naturalidad el Día del Queso o el de las Fuerzas Armadas, no veo argumento sólido para no dedicarle 24 horas a la única energía suprema que nos puede salvar de nuestra propia destrucción.  Raquel Peláez - elPaís50. 

San Valentín es un invento importado y muy comercializado, mientras que Sant Jordi forma parte del ADN cultural catalán: es nuestro día del libro, de la rosa, de la calle llena de gente, de celebrar el amor y la cultura a la vez. Es difícil que algo tan enraizado y tan nuestro no eclipse a un 14 de febrero que, comparado, parece casi un trámite. Además, Sant Jordi tiene una cualidad que San Valentín no puede imitar: es una celebración colectiva, no solo de pareja. Participa todo el mundo, tengas o no tengas relación. Es un día luminoso, mediterráneo, con un simbolismo que conecta con la identidad catalana. San Valentín, en cambio, suele sentirse más individual, más íntimo y más condicionado por expectativas externas.

También hay un punto interesante: cuando ya existe una tradición tan fuerte y tan querida, ¿para qué duplicarla con otra que no encaja igual de bien? No es rechazo al amor, es simplemente preferir un ritual que sí resuena contigo y con tu entorno.

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