España es un país que, solo en enero, ha visto una procesión de catedráticos en política venezolana que, días más tarde, conocían al dedillo Groenlandia como si lo visitaran cada verano y, entre medias, tenían las claves de la financiación autonómica y nos explicaban qué significa ordinalidad. Ahora esos mismos se han convertido en especialistas en infraestructuras ferroviarias que también saben de coladas de acero y de soldaduras industriales. En las redes sociales proliferan este tipo de personajes que todo lo saben y sientan cátedra sin ruborizarse. Es el signo de los tiempos, un momento la inmediatez prima y se demandan respuestas inmediatas a problemas complejos. Pero, en ocasiones, las circunstancias requieren paciencia.

El Gobierno está a punto de cumplir ocho años y Pedro Sánchez sobrepasará en los próximos días a José Luis Rodríguez Zapatero en días de mandato. El presidente insiste en que agotará la legislatura, por lo que, en principio, las elecciones generales se celebran en un año y medio. ¿Cómo estará el mundo entonces? Esta es una pregunta clave.

Pero el PSOE se enfrenta en este momento a una doble crisis ferroviaria que amenaza seriamente su futuro. El ministro de Transportes, Óscar Puente, está haciendo un esfuerzo excepcional en medios de comunicación y redes sociales por la transparencia, lo cual es imprescindible en momentos de cierta psicosis. El de Valladolid está creando un estilo propio a la hora de gestionar situaciones de crisis. Lo hizo con la dana en la Comunidad Valenciana y lo vuelve a hacer ahora. Luego serán los ciudadanos quienes decidan si sus explicaciones convencen. Pero el estilo Puente sienta un precedente: a partir de ahora el dirigente que no sea transparente cuando deba gestionar un problema de calado tendrá un problema.

El accidente de Adamuz se ha llevado hasta ahora la mayor parte del foco mediático, como es lógico. Se han perdido 45 vidas y los familiares de las víctimas tienen todo el derecho a exigir responsabilidades. El resto de la población, como dijo la reina Letizia, tiene ahora el deber de no apartar los ojos de la tragedia. El caos en Rodalies, en cambio, tiene una mayor importancia política y social. No sólo porque Catalunya sea el principal granero de votos del PSOE, sino porque está en juego la confianza en un sistema de transporte del que dependen miles de familias cada día para llegar al trabajo, al colegio o a cuidar a sus familiares. El agua ya ha rebosado el vaso y vuelve a emerger un malestar que en su día cristalizó en el procés. El relato de que la normalidad ha vuelto a Catalunya cojea en este momento.

En las redes sociales, la doble crisis ferroviaria está siendo aprovechada por los mismos sectores de siempre para denunciar que España se ha convertido en (con permiso de David Uclés) la península en la que los trenes no funcionan. Como en anteriores tragedias y problemas, se intenta propagar la idea de que “este país es un caos” y de que antes todo funcionaba mejor. Eso deriva en la expresión “hartos de pagar impuestos” y, por extensión, en la desconfianza generalizada en el sistema. Es la esencia del trumpismo. Ya lo advirtió el Rey en Paiporta: “Hay gente interesada en crear caos”. Caos es una de las palabras más repetidas en las redes en los últimos días.

Detrás de los voceros de la confusión hay una compleja maquinaria con intenciones claramente políticas. O antipolíticas, mejor dicho. Lo describe con precisión Giuliano da Empoli en 'Los ingenieros del caos', un ensayo de lectura recomendada para usuarios de X, Bluesky y otras plataformas similares. Los portavoces del caos sustentan su crítica al sistema en hechos con cierta veracidad. ¿Es veraz que el servicio de alta velocidad tiene más problemas que años atrás? Pues depende. Si con funcionar mejor se entiende puntualidad, la respuesta es sí. Si con funcionar mejor se entiende accesibilidad a los viajes y mayor oferta, la respuesta es negativa.

Que España sea un país con ciertos problemas de funcionamiento es una evidencia, pero de ahí a propagar que todo es caótico hay un abismo. Solo basta cruzar los Pirineos para darse cuenta de que el país de las maravillas no existe.

¿Cómo combatir el catastrofismo de los voceros del caos que se mueven por las redes sociales? La recomendación es la de la moderación por parte del usuario de a pie y la de la transparencia por parte de los poderes públicos. Dato mata relato, dice el clásico. Por eso en las dos crisis ferroviarias que golpean a España son imprescindibles muchos más datos para despejar la confusión. Está en juego la confianza en el sistema. Fernando Hernández Valls enla vanguardia.