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AQUEL INOCENTE CULO DESNUDO


Rafael Nadal cuenta en su último libro, Mar d’estiu (Univers), una anécdota deliciosa de uno de los veranos de su infancia. Entonces las playas olían a Coppertone –y también a Nivea–, pero los anuncios de la crema antisolar americana se hicieron muy populares. En ellos se veía a una niña –que era Jodie Foster con tres años– a quien un perro le mordía el bañador y dejaba al descubierto su culo infantil. Pues bien, un verano de la mitad de los sesenta, las autoridades municipales de Palamós ordenaron tapar con banderas blancas y amarillas del Vaticano todas las vallas publicitarias de Coppertone para ahorrarle al obispo de Girona, el futuro cardenal Narcís Jubanyla contemplación de aquel inocente culo desnudo, con motivo de su visita pastoral.
Lo explica Màrius Carol en este artículo en la vanguardia: Más papistas que el Papa.  Aviso: el artículo va del coronavirus o del confinamiento que ha creado. Y es que no hay manera de sustraerse del bicho, parece que no se pueda escribir sobre nada más.
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NEW YORK, A LAS NUEVE EN PUNTO


El icónico rascacielos del EmpireState Building ha cambiado sus habituales luces blancas por unas rojas y blancas que emulan a las de una ambulancia como homenaje a todos los profesionales sanitarios que luchan contra el coronavirus en Nueva York. Esto sucede cada dia a las nueve en punto de la noche, mientras las emisoras de radio emiten New York en la versión de Alicia Keys. Podrian haber puesto New York New York de Frank Sinatra, pero en la situación actual de la ciudad encada más la versión más nueva de Keys, entre otras cosas porqué el New York de Frank Sinatra ya no existe, la ciudad actual, los Estados Unidos de América actuales, ya no són la potencia que tenia solución para todo, el gran hermano vigía y protector de occidente, porque, vista la incapacidad que ha demostrado frente al coronavirus, parte de su prestigio internacional se ha hundido para siempre. Como escribe Pilar Rahola en la Vanguardia, ¿donde está aquel país capaz de hacer un buque de guerra diario durante la Segunda Guerra Mundial? Mientras China ha demostrado una capacidad ingente en construir hospitales, confinar ciudades y dotar de recursos a su sanidad, la gran potencia americana no tiene equipos de aparatos respiratorios, ni material de protección individual, ni nuevos hospitales, y muchos enfermeros y médicos no tienen guantes ni mascarillas. La situación en Nova York parece impropia de una gran potencia. El gran gigante no ha sido capaz, pues, de activar su poderosa maquinaria de reacción a pesar de la evidencia de que la pandemia les llegaría. 
¿Cómo es posible que el país con los servicios de inteligencia más avanzados, capaces de tener información privilegiada sobre lo que pasaba en China, y con los mejores laboratorios de virologia del mundo, no haya reaccionado a pesar de tener mucho más tiempo para prepararse? ¿Sabía, antes que nadie, cómo combatían la pandemia en China, en Corea, en Taiwán o en Israel, y no se ha preparado? ¿Y también ha podido ver, con tiempo, los errores cometidos en Italia y en España, y la confusión global europea, y qué ha hecho? Y no es sólo culpa de Trump y sus tonterías, porque aquí ha fallado todo el sistema, y este es un indicador de decadencia muy serio. 
Ha fallado Europa y EE.UU. y ha salido adelante China, que lógicamente rentabilizará esta posición de hegemonía. ¿Quién comprará, sino China, las acciones europeas y americanas que bajarán? ¿Y de quién dependemos para el material sanitario? No es EE.UU., sino China, quien dominará el relato histórico. La pandemia está cambiando el mapa geopolítico de manera acelerada. No sabemos cómo será el nuevo paradigma, pero será diferente.

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PANDEMIC, SLAVOJ ŽIŽEK

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"Sólo hay dos salidas a esta situación: barbarie o comunismo reinventado". Así de contundente se muestra el filósofo esloveno Slavoj Žižek en su nuevo libro, Pandemic! Covidien-19 shakes the world, posiblemente el primer gran ensayo teórico escrito sobre la crisis del coronavirus que desde hace tres meses se ha apoderado del mundo.
Publicado en papel y en formato electrónico para la editorial americana O/R Books, Žižek critica en Pandemic! la globalización corporativa y la claudicación de los estados en las democracias liberales europeas, contraponiéndolo al funcionamiento de países como China, con sistemas de liderazgo más centralizado. Según la tesis del esloveno, la actual crisis sanitaria ha desnudado las debilidades de los estados liberales de carácter cien por cien capitalista, que por eso el dilema al que se enfrenta el mundo en la era postcoronavirus es dual: por un parte, existe la opción de reincidir en los mismos errores y asomarse a la barbarie; por otro, en cambio, se puede apostar por alguna forma de comunismo reinventado donde las herramientas del estado-nación se pongan al alcance de la defensa de los débiles.
El libro, de escasas 120 páginas, reflexiona sobre el papel de la prensa y el uso que los gobiernos de todo el mundo han hecho, tanto los de un lado como los del otro. Así, critica la ocultación de datos negativos de infectados por Covid-19 que hizo China y, sin embargo, carga contra la inopia discursiva de estados como Reino Unido o Estados Unidos, empeñados en hacer ver que todo iba bien o que todo estaba controlado cuando, en realidad, tratando de dotar de calma a la población se estaba mintiendo a sus ciudadanos.
Al respecto, el filósofo esloveno afirma que el poder, sea del color que sea, nunca quiere mostrarse débil. Por ello, según Zizek, en el tratamiento informativo de esta crisis las democracias liberales han caído en los mismos errores que habían cometido décadas atrás los regímenes totalitarios, ya que la situación le ha recordado a su juventud, "cuando era pequeño, en mi país, que era socialista, los representantes de Gobierno nos decían con cierta frecuencia que no había motivo para el pánico. por mucho que se esforzaran, en aquellos momentos todos recibíamos el mensaje nítido de que los que tenían pánico eran ellos". También Cesar Alberto Pineda reflexiona en Crash sobre el balance filosófico del coronavirus a través de Agamben, Butler, Han, Nancy y Žižek 
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LA MODERNIDAD LÍQUIDA


Bauman acuñó el concepto 'modernidad líquida' a finales de los 90, para describir la sociedad que nos venía encima, esta postmodernidad pseudo-democrática de valores dudosos y volubles y principios según convenga en cada momento, donde poca reflexión hay y si un estado de improvisación permanente como podemos ver y sufrir en la actual política española y los medios de comunicación oficialistas.

LA MODERNIDAD LÍQUIDALa “fluidez” es la cualidad de los líquidos y los gases. Según nos informa la autoridad de la Encyclopædia Britannica, lo que los distingue de los sólidos es que “en descanso, no pueden sostener una fuerza tangencial o cortante” y, por lo tanto, “sufren un continuo cambio de forma cuando se los somete a esa tensión”.
Este continuo e irrecuperable cambio de posición de una parte del material con respecto a otra parte cuando es sometida a una tensión cortante constituye un flujo, una propiedad característica de los fluidos. Opuestamente, las fuerzas cortantes ejercidas sobre un sólido para doblarlo o flexionarlo se sostienen, y el sólido no fluye y puede volver a su forma original.
Los líquidos, una variedad de fluidos, poseen estas notables cualidades, hasta el punto de que “sus moléculas son preservadas en una disposición ordenada solamente en unos pocos diámetros moleculares”; en tanto, “la amplia variedad de conductas manifestadas por los sólidos es resultado directo del tipo de enlace que reúne los átomos de los sólidos y de la disposición de los átomos”. “Enlace”, a su vez, es el término que expresa la estabilidad de los sólidos –la resistencia que ofrecen “a la separación de los átomos”–.
Hasta aquí lo que dice la Encyclopædia Britannica, en una entrada que apuesta a explicar la “fluidez” como una metáfora regente de la etapa actual de la era moderna. En lenguaje simple, todas estas características de los fluidos implican que los líquidos, a diferencia de los sólidos, no conservan fácilmente su forma. Los fluidos, por así decirlo, no se fijan al espacio ni se atan al tiempo. En tanto los sólidos tienen una clara dimensión espacial pero neutralizan el impacto –y disminuyen la significación– del tiempo (resisten efectivamente su flujo o lo vuelven irrelevante), los fluidos no conservan una forma durante mucho tiempo y están constantemente dispuestos (y proclives) a cambiarla; por consiguiente, para ellos lo que cuenta es el flujo del tiempo más que el espacio que puedan ocupar: ese espacio que, después de todo, sólo llenan “por un momento”. En cierto sentido, los sólidos cancelan el tiempo; para los líquidos, por el contrario, lo que importa es el tiempo. En la descripción de los sólidos, es posible ignorar completamente el tiempo; en la descripción de los fluidos, se cometería un error grave si el tiempo se dejara de lado. Las descripciones de un fluido son como instantáneas, que necesitan ser fechadas al dorso.
Los fluidos se desplazan con facilidad. “Fluyen”, “se derraman”, “se desbordan”, “salpican”, “se vierten”, “se filtran”, “gotean”, “inundan”, “rocían”, “chorrean”, “manan”, “exudan”; a diferencia de los sólidos, no es posible detenerlos fácilmente –sortean algunos obstáculos, disuelven otros o se filtran a través de ellos, empapándolos–. Emergen incólumes de sus encuentros con los sólidos, en tanto que estos últimos –si es que siguen siendo sólidos tras el encuentro– sufren un cambio: se humedecen o empapan. La extraordinaria movilidad de los fluidos es lo que los asocia con la idea de “levedad”. Hay líquidos que en pulgadas cúbicas son más pesados que muchos sólidos, pero de todos modos tendemos a visualizarlos como más livianos, menos “pesados” que cualquier sólido. Asociamos “levedad” o “liviandad” con movilidad e inconstancia: la práctica nos demuestra que cuanto menos cargados nos desplacemos, tanto más rápido será nuestro avance.
Estas razones justifican que consideremos que la “fluidez” o la “liquidez” son metáforas adecuadas para aprehender la naturaleza de la fase actual –en muchos sentidos nueva– de la historia de la modernidad. 

Acepto que esta proposición pueda hacer vacilar a cualquiera que esté familiarizado con el "discurso de la modernidad" y con el vocabulario empleado habitualmente para contar la historia moderna. Es que la modernidad no fue desde el principio un "proceso de licuefacción? Acaso" Fundir los sólidos "no fue siempre su principal pasatiempo y su mayor logro? En otras palabras, tal vez la modernidad no ha sido" fluida " des el principio? Estas y otras objeciones son justificadas, y parecerán más justificadas aunque recordamos que la famosa expresión "fundir los sólidos", acuñada hace un siglo y medio por los autores del Manifiesto comunista, se refería al tratamiento con que el confiado y exuberante espíritu moderno aludía a una sociedad que encontraba demasiado estancada por su gusto y demasiado resistente a los cambios ambicionados, ya que todas sus pautas estaban congeladas. Si el espíritu era "moderno", lo era en cuando estaba decidido a que la realidad emancipara de la "mano muerta" de su propia historia ... y esto sólo podía conseguirse fundiendo los sólidos (es decir, según la definición, disolviendo todo aquello que persiste en el tiempo y que es indiferente al s eu paso y inmune a su fluir). 
Esta intención requería, a su vez, la "profanación del sagrado": la desautorización y la negación del pasado, y primordialmente de la "tradición" -es decir, el sedimento y el residuo del pasado en el presente-. Por lo tanto, requería asimismo! La destrucción de la armadura protectora forjada por las convicciones y lealtades que permitía a los sólidos resistirse a la "licuefacción". Recordemos, sin embargo, que todo esto no tenía que llevar a cabo para acabar con los sólidos definitivamente ni para liberar el nuevo mundo de ellos para siempre, sino para hacer espacio a nuevos y mejores sólidos; para reemplazar el conjunto heredado de sólidos defectuosos y deficientes por otro, mejor o incluso perfecto, y por eso mismo inalterable. Al leer el Ancien Régime [El Antiguo Régimen y la Revolución] de De Tocqueville, podríamos preguntarnos además hasta qué punto estos "sólidos" no estaban de antemano resentidos, condenados y destinados a la licuefacción, ya que se habían oxidado y oxidado, volviéndose frágiles y poco fiables. Los tiempos modernos encontraron los sólidos premodernos en, un estado bastante avanzado de desintegración; y uno de los motivos más poderosos que estimulaba su disolución era el deseo de descubrir o inventar sólidos la solidez fuera -por una vez- duradera, una solidez en la que se pudiera confiar y de la que se pudiera depender, volviendo al mundo predecible y controlable. Los primeros sólidos que debían disolver y las primeras pautas sagradas que debían profanarse eran las lealtades tradicionales, los derechos y obligaciones a.costumbrados que ataban de manos y pies, obstaculizaban los movimientos y constreñían la iniciativa. Para encarar seriamente la tarea de construir un nuevo orden (verdaderamente sólido!), Había que deshacerse del lastre que el viejo orden imponía a los constructores. "Fundir los sólidos" significaba, primordialmente, desprenderse de las obligaciones "irrelevantes" que se interponían en el camino de un cálculo racional de los efectos; tal como lo expresaba Max Weber, liberar la iniciativa comercial de los grilletes de las obligaciones domésticas y de la densa trama de los deberes éticos; o, según Thomas Carlyle, de todos los vínculos que condicionan la reciprocidad humana y la mutua responsabilidad, conservar tan sólo el "nexo del dinero". Asimismo, este tipo de "disolución de los sólidos" destrababa toda la compleja trama de las relaciones sociales, dejándola desnuda, desprotegida, desarmada y expuesta, incapaz de resistirse a las reglas del juego y los criterios de racionalidad inspirados y moldeados por comercio, y menos capaz incluso de competir con ellos de manera efectiva. Esta fatal desaparición dejó el campo libre a la invasión y al dominio de (como dijo Weber) la racionalidad instrumental, o (como lo articuló, Marx) del rol determinante de la economía: las "bases" de la vida social infundieron a todos los demás ámbitos de la vida el estatus de "superestructura" -es decir, un artefacto de estas "bases" la única función era contribuir a su funcionamiento aceitado y constantemente. La disolución de los sólidos condujo a una progresiva emancipación de la economía de sus tradicionales vínculos políticos, éticos y culturales. Sedimentar un nuevo orden, definido primariamente en términos económicos. Este nuevo orden debía ser más "sólido" que los órdenes que reemplazaba, porque a diferencia de ellos era inmune a los embates de cualquier acción que no fuera económica. Casi todos los poderes políticos o morales capaces de trastocar o reformar este nuevo orden habían sido destruidos o incapacitados, por debilidad, para esta tarea. Y no porque el orden económico, una vez establecido, hubiera colonizado, reeducado y convertido a su gusto el resto de la vida social, sino porque este orden llegó a dominar la totalidad de la vida humana, volviendo irrelevante e ineficaz todo aspecto de la vida que no contribuye a su incesante y continua reproducción. - - la modernidad líquida - Zygmund Bauman

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LA CIUDAD ALEGRE Y CONFINADA


Recuerdo el prólogo de "Los intereses creados" de Don Jacinto Benavente, que he citado en más de una ocasión:

"He aquí el tinglado de la antigua farsa que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos”, gentes de variopinta condición y donde los “pobretes” se divierten al ver sonreír a los poderosos “tranquilizada su  conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen!...

 ... Pero me cuesta recordar los detalles de "La Ciudad Alegre y Confiada", que sólo recuerdo en lo principal que nos afecta a los ciudadanos de nuestro país y que tiene un claro paralelismo con la situación que estamos viviendo producto de los hechos que últimamente se han convertido. Creo que sólo leyendo el argumento nos entenderemos:

"Los gobernantes de una ciudad se enfrentan a una grave decisión ante los problemas que se acercan: Pactar con la República del coronavirus o declararle la guerra. Finalmente toman la decisión equivocada, mientras, los habitantes confiados, continúan con su vida confinados en casa con la certeza de la sabiduría de aquellos que los gobiernan."


La ciudad alegre y confinada: Nos hemos entendido, ¿verdad?


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EL HOMBRE QUE LEÍA A SHAKESPEARE

En la excitación que le producía el hecho de conocer a un hombre que había leído a Shakespeare, había olvidado momentáneamente todo lo demás. El Interventor se encogió de hombros.
—Porque es antiguo; ésta es la razón principal. Aquí las cosas antiguas no nos son útiles.
—¿Aunque sean bellas?
—Especialmente cuando son bellas. La belleza ejerce una atracción, y nosotros no queremos que la gente se sienta atraída por cosas antiguas. Queremos que les gusten las nuevas.
—¡Pero si las nuevas son horribles, estúpidas! ¡Esas películas en las que sólo salen helicópteros y el público siente cómo los actores se besan! —John hizo una mueca—. ¡Cabrones y monos! Sólo en estas palabras de Otelo encontraba el vehículo adecuado para expresar su desprecio y su odio.
—En todo caso, animales inofensivos —murmuró el Interventor, a modo de paréntesis.
—¿Por qué, en lugar de esto, no les permite leer Otelo?
—Ya se lo he dicho: es antiguo. Además, no lo entenderían.
Sí, esto era cierto. John recordó cómo se había reído Helmholtz ante la lectura de Romeo y Julieta.
—Bueno, pues entonces —dijo tras una pausa—, algo nuevo que sea por el estilo de Otelo y que ellos puedan comprender.
—Esto es lo que todos hemos estado deseando escribir —dijo Helmholtz, rompiendo su prolongado silencio.
—Y esto es lo que ustedes nunca escribirán —dijo el Interventor—. Porque si fuese algo parecido a Otelo, nadie lo entendería, por más nuevo que fuese. Y si fuese nuevo, no podría parecerse a Otelo.


"Un mundo feliz", de Aldous Huxley
Fragmento - del blog descontexto.

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AMANECE QUE NO ES POCO


Estos días inciertos se curioso como hay diferentes maneras de enfrentarnos a la pandemia, una pandemia que no es de bichitos ni de hilillos de plastilina. Por un lado están los apocalípticos, que se han atrincherado en su casa, entre montañas de latas de conservas, flanes y papel higiénico, y por otro los integrados, que siguen a su bola, haciendo vida normal, como si el coronavirus no fuera con ellos. Mientras los apocalípticos apenas salen a la calle y cuando lo hacen van armados de mascarilla y guantes de latex, intentando mantener un radio de seguridad imposible, los otros se amontonan en el metro y en las colas de los supermercados, tosen a la buena de Dios y aprovechan la menor rendija para pasear a su aire, hacer ejercicio al aire libre o sentarse en una terraza. Nos queda la tercera vía, que lleva a cabo la misma vida pero con algunas precauciones, en este sentido los jubilados tenemos ventaja, ya que estamos acostumbrados a estar en casa, lo único que tenemos que sacrificar y porque queremos, es en mi caso la salida diaria por la mañana a caminar o con la bicicleta. Sigo sin entender porque no puedo coger la bici e ir hasta Matadepera o Castellar del Vallés por caminos forestales, no hay ninguna razón lógica para prohibirlo, ni una, aunque salga Grande Marlaska con los dos soldaditos de plomo aparte para prohibírmelo. ¿Que pintan aquellos señores cargados de medallitas de latón que deben haber comprado en los encantes del fin de semana y que parecen salidos de una película de Berlanga o Cuerda?. Son militares de verdad o figurantes de atrezzo pero dar realce a Marlaska.

Dentro del desastre comunicativo así como de gestión de la pandemia por parte del Gobierno Español, ha comenzado un nuevo día y amanece que no es poco, en un día que se presenta como el de la marmota, mientras estos dos soldaditos de opereta son la imagen de un Estado rancio, casi ridículo, digno de una república bananera trasnochada que cree que es una Monarquía, que presuntamente es lo que es España, con Rey corrupto incorporado.
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UNA SOCIEDAD CONTAGIOSA


Filósofo y escritor, Daniel Innerarity (Bilbao, 1959) quizá sea el pensador europeo que más ha postulado la relevancia de asumir que el presente no es fácil ni patente y además es alérgico al atajo político. Postula que los tiempos exigen asumir que los perfiles de la realidad han de enriquecerse con un convenio de miradas y pactos. La pandemia lo pilla con libro recién publicado, Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI (Galaxia Gutenberg) casi un manual de lo inminente. Pedro Vallín le ha entrevistado en la vanguardia.

¿Una crisis de estas dimensiones puede afectar a largo plazo a las libertades como las conocemos en Occidente?

Deberíamos comenzar reconociendo que desconocemos cómo calificar y qué hacer en una crisis de estas características. Me da la impresión de que quienes menos van a aprender de esta crisis es quienes lo tienen todo claro. La humanidad se enfrenta en los últimos años a crisis que sobrepasan su conocimiento pero, sobre todo, donde se pone de manifiesto lo poco que sabemos en relación con catástrofes que son consecuencia de acciones concatenadas, interacciones fatales y debilidad institucional en el plano global, cuando ha tenido lugar un cambio de paradigma y seguimos bajo la rutina de las viejas recetas.

¿Considera que el balance seguridad/libertad está manejándose bien estos días en España?

Me parece que, siendo una cuestión importante, ese es un debate de otro tiempo, keynesiano, cuando el asunto acuciante hoy es de qué modo gestionamos inseguridades e incertidumbres que se generan en un mundo acelerado, volátil e interdependiente. No estamos ante un contagio sino en medio de una sociedad contagiosa, que es algo distinto, una sociedad de protecciones débiles. Estamos experimentando desde hace tiempo la parte más preocupante de la interdependencia general que caracteriza al mundo globalizado: encadenamientos, contaminación, turbulencias, toxicidad, inestabilidad, fragilidad compartida, afectación universal, superexposición. Interdependencia equivale a dependencia mutua, intemperie compartida. Vivimos en un mundo en el que, por decirlo con lenguaje leibniziano, “todo conspira”. No hay nada completamente aislado, ni existen ya “asuntos extranjeros”; todo se ha convertido en doméstico; los problemas de otros son ahora nuestros problemas, que ya no podemos divisar con indiferencia o esperando que se traduzcan necesariamente en provecho propio. Este es el contexto de nuestra peculiar vulnerabilidad. Las cosas que nos protegían (la distancia, la intervención del Estado, la previsión del futuro, los procedimientos clásicos de defensa...) se han debilitado por distintas razones y ahora apenas nos suministran una protección suficiente. Lo único que nos puede salvar hoy es el conocimiento compartido y la cooperación.

¿Cómo cree que afecta este tsunami vírico a la debilitada legitimidad institucional?

Una dimensión que gana importancia con la crisis es la lógica institucional. No es un momento de grandes líderes que se dirigen verticalmente a sus pueblos, sino de organización, protocolos y estrategias. Todo esto va de inteligencia colectiva, tanto en lo que se refiere a la respuesta médica como a la organizativa y política. Por supuesto que es muy importante la comunicación que realice un presidente, pero mucho más nuestra capacidad colectiva de gobernar las crisis, que incluye su previsión y gestión. Es verdad que en buena medida nos encontramos en una crisis inédita que era muy difícil de anticipar, pero también lo es que nos encuentra con un sistema político infradotado de capacidad estratégica, demasiado competitivo, volcado en el corto plazo, oportunista y con escasa disposición a aprender. Y el valor clave de las instituciones es la confianza: venimos de una crisis de confianza en las instituciones, que no hemos sido capaces hasta ahora de recuperar.

¿Resurge el Estado-Nación?

Creo que todo esto tiene muy poco que ver con un supuesto retorno del Estado-Nación. Lo que vuelve como exigencia imperiosa es lo público, lo común, en relación con lo cual la estatalidad fue una forma grandiosa de expresión. Hoy la redefinición de lo público en un mundo como el que tenemos requiere otra manera de entender el poder, diferente de la soberanía estatal, tanto por encima o dentro del Estado, así como por lo que se refiere a la relación entre el Estado y su sociedad. Desde el punto de vista de eso común vivimos en Estados fallidos. Se defiende mejor lo público y común en los espacios en los que se ensayan formas de soberanía compartida: en la Unión Europea (a pesar de todas sus indecisiones y retrocesos), allá donde la soberanía es sustituida por la cooperación, también cuando somos capaces de pensar fuera de la contraposición entre lo estatal y la sociedad, en las formas incipientes de gobernanza global, en las comunidades de expertos transnacionales, en la sociedad civil organizada que protesta globalmente… Debemos aprender una nueva gramática del poder en un mundo que está constituido más por bienes y males comunes que por intereses exclusivos. Estos intereses no han desaparecido, por supuesto, pero resultan indefendibles fuera del marco del juego común en el que todos estamos implicados. Mientras que el antiguo juego del poder promovía la protección de lo propio y la despreocupación por lo ajeno, la superexposición obliga a mutualizar los riesgos, a desarrollar procedimientos cooperativos, a compartir información y estrategias. Hay que profundizar en ese debate que apunta hacia la gobernanza global, el horizonte que la humanidad debe perseguir hoy con la mayor de sus energías. Suena duro pero no tiene nada que ver con el pesimismo: gobernar los riesgos globales es el gran imperativo de la humanidad si no queremos que la tesis del final de la historia se verifique, no ya como apoteosis de una placida victoria de la democracia liberal sino como el peor fracaso colectivo.

Sin embargo, en estas horas vemos pugnas competenciales.

La lógica institucional requiere lealtad y confianza (entre niveles territoriales y entre gobierno y oposición), recursos de los que estamos muy escasos. No los hay porque todos los agentes políticos piensan que esto es una gran oportunidad para obtener algo que no se habría conseguido si no fuera gracias a una gran catástrofe: la recentralización, la alternancia de gobierno… En el subconsciente de este sistema político está la idea de que la vida institucional ordinaria no cambia nada, que beneficia al statu quo, a quien gobierna, y que todas las alternancias se deben a catástrofes bien aprovechadas: los atentados de Atocha, la crisis económica, quién sabe si este virus… Es una señal clara de nuestra debilidad institucional.

¿Cree que es adecuado el instrumento del Estado de Alarma?

Creo que nadie ha puesto en duda la necesidad de coordinarse para afrontar la crisis, pero sin perder demasiado tiempo en ello es lógico (y democrático) que la forma concreta de hacerlo pueda ser discutida. Una cosa es tener la competencia y otra tener la capacidad de resolver una situación de tal magnitud. La posibilidad de decretar un estado de alarma y unificar el mando no equivale a tener el poder efectivo; en sociedades complejas, con toda la necesidad de coordinación y liderazgo que se pueda requerir, el poder es una capacidad distribuida. Donde los problemas tienen que ver con una diversidad de factores, las soluciones también deben ser cooperativas. Esto no se resuelve sin liderazgos reconocidos, pero tampoco sin una gigantesca movilización social, del personal sanitario, de la ciencia, de los micro-comportamientos individuales...

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WUHAN: POEMAS DESDE LA ZONA CERO


El Dr. Li Wenliang , una de las primeras personas en hacer sonar la alarma sobre el nuevo coronavirus en Wuhan, fue amonestado oficialmente por las autoridades por "difundir rumores" sobre la enfermedad. Más tarde, su caso fue utilizado por los medios estatales como una advertencia para otros potenciales difusores de "rumores". Después de su crítica oficial, el Dr. Li contrajo la enfermedad y se censuró la noticia de su muerte.  Mientras estaba en tratamiento, el Dr. Li habló con los medios extranjeros y nacionales, y defendió que se necesita un flujo de información más libre para una sociedad sana. Después de su muerte el 7 de febrero, Li se convirtió en un símbolo trágico del brote y su encubrimiento por parte de las autoridades chinas. Mientras lloraban a Li, muchos internautas exigieron libertad de expresión a pesar de los esfuerzos de los censores para ahogar la discusión .  

La poetisa Yu Xiuhua ha contribuido al emotivo duelo popular por el Dr. Li Wenliang. En "Duelo por Li Wenliang" (悼 李文亮)  Yu habla directamente con el Dr. Li, pidiéndole que descanse y preguntándose en voz alta qué le deparará el más allá:

Duelo por Li Wenliang - Yu Xiuhua

¡Ahora descansa! 
No hay virus peor que el "castigo por hablar" 
No hay mundo más horrible que el que mezcla el bien con el mal

¡Ahora descansa! 
Las aguas del río Yangtze transportan barcas y vuelcan botes 
Las olas del río Amarillo transportan gente y empujan fantasmas

¡Ahora descansa! 
Ahora déjame vivir mi vida vergonzosa 
Y déjame cantar mi canto enojado

No tenemos miedo a morir 
Tenemos miedo a morir antes de tiempo 
Tú moriste, y mi tiempo murió antes de tiempo

Si hay virus en el cielo 
Si levantas tu voz de nuevo 

¿A dónde irás?

Espero que donde sea que te lleven 
Todavía haya gente 
Que hable en chino

Traducción y notas al inglés, Anne Henochowicz, al español, Enrique García
Poemas desde la zona cero.
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¿EL PACIENTE CERO ES NORTEAMERICANO?


No se quienes son los del del digital la Marca, ni si la información que han publicado es cierta o se trata de un delirio de fake news, pero está bien documentado y el directivo del CDC Robert Redfield existe y es un cargo importante. Como pasa cada vez más, nunca sabes si te están engañando o denunciando una verdad escondida. Leed y juzgad, aunque habría que suponer que de ser cierto todo lo que aquí se publica, la reacción del Gobierno Chino habría sido otra, que es lo que crea mis dudas sobre la veracidad de esta información.

Robert Redfield, director del CDC, reconoce que casos de coronavirus anteriores al brote de Wuhan fueron diagnosticados como gripe estacional. Por su parte, China ha reaccionado a las habituales chulerías de Trump sobre el virus extranjero acusando a los EEUU de introducir el Covid-19 en China. A tales efectos, el Pentágono habría utilizado unos juegos deportivos militares en Wuhan donde participó  representación norteamericana. Este dato no ha sido todavía verificado, pero, desde luego, no se trata ya de una mera especulación una vez admitida la premisa de que el coronavirus ostenta certificado de nacimiento estadounidense. 


La aplastante evidencia ha sido difundida por el propio gobierno chino: Robert Redfield, director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), reconoció ante el Comité de Supervisión de la Cámara el miércoles que algunos estadounidenses que parecían haber muerto de gripe fueron detectados con el nuevo #Coronavirus en un diagnóstico post mortem Positivo #COVID19”, escribió Zhao Lijian en Twitter.
No existen dudas sobre este hecho, ni se trata de una fake news, como se han apresurado a denunciar los medios de comunicación que habitualmente siguen ciegamente las consignas de los gobiernos occidentales. Al director del CDC le preguntan en el Congreso y Robert Redfield responde:

“¿Podríamos tener en Estados Unidos personas muertas al parecer por influenza aunque de hecho se haya tratado de coronavirus o COVID-19? preguntó el congresista estadounidense Harley Rouda de California, durante una audiencia en Capitol Hill realizada el miércoles. “Hasta el momento algunos casos han sido en efecto diagnosticados de esa manera en Estados Unidos”, afirmó Redfield.
Pero, ¿por qué se han realizado súbitamente estas pruebas que ponen en evidencia a Donald Trump? Según HispanTV, porque un medio japonés —un país aliado fiel de EEUU— exigió explicaciones y no realizar las pruebas hubiera puesto en evidencia a las autoridades sanitarias norteamericanas:

Con estas revelaciones, se ha ido tomando fuerza la teoría de que el brote del coronavirus se originara en EE.UU., en este sentido, el medio japonés Asahi Shimbun informó a principios de febrero que el brote del coronavirus se había originado dentro del territorio estadounidense, no en China, y algunas o muchas de las 14 000 muertes por gripe común en Estados Unidos que se produjo durante el año puede haber sido el resultado de una infección por el COVID-19. El rotativo People Daily China citando a Asahi Shimbun escribe que algunos de estos estadounidenses pueden haber sido infectados sin saberlo con el coronavirus y es muy posible que el Gobierno de EE.UU., presidido por Donald Trump, no se haya percatado completamente hasta qué punto este nuevo patógeno se ha extendido entre su población. Ante la insistencia de los medios asiáticos de que este brote se habría originado en el suelo estadounidense, a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) de EE.UU. no les quedó otro remedio que anunciar que se pondrían a trabajar en los laboratorios gubernamentales situados en Los Ángeles, San Francisco, Seattle, Chicago y Nueva York para evaluar a las personas con síntomas similares a la gripe común con el objetivo de detectar si han sido infectadas con el nuevo coronavirus.

Según HispanTV, el diario japonés insinuó que EEUU estaba bloqueando el examen forense de cadáveres de supuestos fallecidos por gripe:

Al respecto, Asahi Shimbun asegura que nadie sabía hasta la fecha la causa de la muerte en las víctimas de la gripe estadounidense porque la Administración Trump o se niega a examinar a las personas para detectar qué virus originó sus fallecimientos u oculta los resultados de dichas pruebas.
Así que, finalmente, las autoridades sanitarias norteamericanas tuvieron que reconocer la verdad. A partir de este factum informativo, Global Research desarrolla una investigación periodística que permite sospechar, sin incurrir en esa curiosa enfermedad denominada conspiranoia, que quizá la versión de los hechos que nos han explicado sobre la procedencia del coronavirus y sus consecuencias es, una vez más, dudosa.

Nos limitamos a traducir del inglés el texto de Global Research para facilitar la difusión de esta importante información: Trump sostiene que el coronavirus fue “hecho en China”. Y que China amenaza a Estados Unidos. El presidente de los Estados Unidos quiere que los estadounidenses crean que la pandemia de coronavirus lleva la etiqueta “hecho en China”. El Secretario de Estado Mike Pompeo se refiere a él como el “coronavirus de Wuhan”. “The Big Lie” (la gran mentira) comenzó el 30 de enero cuando el Director General de la OMS, presionado por poderosos intereses económicos de los Estados Unidos, declaró una emergencia de salud pública mundial con sólo 150 “casos confirmados” (por la OMS) fuera de China y seis casos en los Estados Unidos. Y se llamó pandemia. Los “medios falsos” inmediatamente se pusieron en marcha. China fue considerada responsable de “propagar la infección” en todo el mundo. Al día siguiente (31 de enero de 2020), Trump anunció que negaría la entrada a los Estados Unidos de ciudadanos chinos y extranjeros “que han viajado a China en los últimos 14 días” . Esto desencadenó de inmediato una crisis en los viajes aéreos, el transporte, las relaciones comerciales entre Estados Unidos y China, así como las transacciones de carga y envío. Si bien la etiqueta del coronavirus “hecho en China” sirvió como pretexto, el objetivo no declarado era poner de rodillas a la economía china. Fue un acto de “guerra económica”, que ha contribuido a socavar tanto la economía de China como la de la mayoría de los países occidentales (aliados de los Estados Unidos), lo que ha llevado a una ola de quiebras, sin mencionar el desempleo, el colapso de la industria turística. etc. Además, la etiqueta del coronavirus de Trump “hecho en China” casi de inmediato desencadenó una campaña contra los chinos étnicos en todo el mundo occidental.

Más allá de la retórica agresiva contra Trump y el gobierno de EEUU, nada de lo que se afirma aquí es inexacto. No hay en este caso fake news por mucho que que los medios de comunicación afirmen lo contrario sin aportar ninguna prueba de esa supuesta falsedad. Prosigamos:

Etapa 2.0: “¿Infecciones transmitidas por los europeos”? El 11 de marzo, se lanzó una nueva fase. La administración Trump impuso una prohibición de 30 días a los europeos que ingresan a los Estados Unidos mediante la suspensión de los viajes aéreos con la UE (con la excepción de Gran Bretaña). Estados Unidos ahora está librando su “guerra económica” contra Europa Occidental, mientras usa COVID-19 como justificación. Los gobiernos europeos han sido cooptados. En Italia prevalece un bloqueo, ordenado por el Primer Ministro, las grandes ciudades del norte de Italia, incluidas Milán y Turín, han cerrado literalmente. La confusión, el miedo y la intimidación prevalecen.

Una vez más, hechos, excepto la frase señalada en rojo, que forma parte de la libre interpretación de Global Research pero tampoco parece cosa descabellada, tanto por los antecedentes ideológicos de Trump y de la habitual política imperialista de EEUU sea cual sea su administración, cuanto por los datos que se publican a continuación, como veremos:

Es “hecho en América”. Finales de febrero: la manipulación financiera caracteriza las transacciones bursátiles en todo el mundo. El valor de las acciones de las compañías aéreas se derrumba de la noche a la mañana. Aquellos que tenían “conocimiento previo” de la decisión de Trump del 11 de marzo de prohibir los vuelos transatlánticos desde los países de la UE hicieron una gran cantidad de dinero. Se llama “venta corta” en el mercado de derivados, entre otras operaciones especulativas. Los especuladores institucionales, incluidos los fondos de cobertura con “información privilegiada”, ya habían apostado. En términos más generales, se ha producido una transferencia masiva de riqueza monetaria, una de las más grandes en la historia del mundo, que condujo a innumerables bancarrotas, sin mencionar la pérdida de ahorros de por vida provocada por el colapso de los mercados financieros. Este proceso está en curso. Sería ingenuo creer que estos sucesos son espontáneos, basados ​​en las fuerzas del mercado. Son deliberados. Son parte de un plan cuidadosamente diseñado que involucra poderosos intereses financieros.

El método quid profit? (a quién aprovecha). Se utiliza en la policía y tiene una validez limitada, pero se considera un indicio para orientar las investigaciones de forma razonada. Que la crisis del coronavirus ha afectado seriamente a la economía china y China es un rival económico y político de EEUU constituye un hecho. También es un hecho que Irán, enemigo político de EEUU e Israel, ha sido gravemente afectado y no se explica cómo han llegado los virus desde China. Otro competidor económico de EEUU, la Unión Europea, está todavía más afectado que Irán y, en estos momentos, se ha convertido en el centro de la pandemia. Todo esto resulta, como poco, sorprendente y sospechoso. El beneficiario siempre es el mismo: la entidad imperialista EEUU/Israel. Otros informes de Global Research tienden a reforzar estas sospechas. Pero por el momento sería imprudente sacar conclusiones demasiado terminantes. Seguiremos informando. - Figueres, la Marca Hispànica, 15 de marzo de 2020.
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¡LA VACUNA ERES TU!


La OMS ha declarado que la enfermedad COVID19 ya es una pandemia. Recordemos que esta palabra quiere decir que existe una trasmisión sostenida, eficaz y continua de la enfermedad de forma simultánea en más de tres regiones geográficas distintas. Esto no es sinónimo de muerte: no hace referencia a la letalidad de un virus sino a su transmisibilidad y extensión geográfica. No, no vamos a morir todos.
Pero, ¿por qué ahora las autoridades sanitarias nos insisten tanto en esas medidas de contención y aislamiento y por qué son tan necesarias?

En una epidemia por un agente infeccioso, el número de casos aumenta progresivamente conforme pasa el tiempo. Para entender cómo se propaga una epidemia en una población hay que tener en cuenta tres tipos de individuos: los que pueden contraer la infección, los que ya están infectados y los que se han recuperado y ya no son susceptibles de enfermar.
Al principio el número de susceptibles es alto y el número de infectados aumenta con rapidez. Conforme va pasando el tiempo, el número de susceptibles va disminuyendo (porque se han curado, se han inmunizado, los hemos vacunado o han muerto). Hay menos gente para infectar y llegamos al pico de la epidemia. Es lo que se denomina el límite de densidad: el número mínimo de individuos necesario para continuar la enfermedad. Una vez alcanzado el patógeno ya no puede transmitirse con tanta eficacia en la población y disminuye el número de casos. Así son las curvas epidémicas.

Lo rápido que vaya la epidemia y lo picuda que sea esa curva depende de muchos factores. Entre otros, la transmisibilidad del virus y si la población es más o menos susceptible de infectarse. El problema con este coronavirus SARS-CoV-2 es que es muy transmisible y, al ser nuevo, la población no ha tenido contacto previo con él, no tienen inmunidad y, en principio, todos somos susceptibles de enfermarnos.
Si la epidemia va muy rápido y la curva es muy aguda, uno de los problemas más graves es el colapso del sistema sanitario. No es lo mismo tener 10 casos en 10 días, que 100 en un solo día. Aunque el 80 % de los casos de infección por SARS-CoV-2 pueden ser asintomáticos o leves, en un 16 % puede causar neumonía y en un 4 % puede llegar a ser mortal (cifras provisionales).

Las neumonías no son catarros, pueden ser muy graves y en muchos casos requieren ir a un hospital e incluso ser ingresado. Ese es el gran problema, que se sobrepase el límite de capacidad del sistema sanitario y este se colapse.
Por eso, es tan importante frenar la curva, las medidas de intervención. El objetivo no es que la gente no se infecte, esto probablemente ya sea inevitable, sino que se retrase y reduzca el pico de la epidemia. Para eso, hay medidas de contención que se aplican en los primeros días de la curva. Es cuando tienes pocos focos y muy localizados, sabes cómo se han infectado, puedes diagnosticar y aislar al infectado y hacer un seguimiento a la gente que ha estado en contacto con esa persona y ponerlos en cuarentena.
Pero a veces con eso no es suficiente y el número de contagiados aumenta. Como he dicho, saber en qué momento estamos de la curva epidémica es muy difícil. Es entonces cuando debes adoptar medidas más drásticas, cuarentenas sociales, que deben ser lo más eficaces y sostenibles en el tiempo y lo menos disruptivas posibles.

¿Cuáles son esas medidas? ¿Qué beneficio real tendrá cada una para frenar la curva y qué riesgo supone para la vida del ciudadano? Esa es una decisión muy difícil y compleja. Para eso están las autoridades sanitarias y los gobiernos, que son los primeros responsables.
Por lo tanto, ahora estamos en fase de frenar la curva. Quizá tú seas de ese 80 % de personas sanas que se infectarán y lo pasarán de forma más o menos leve. Pero tus acciones pueden contribuir a frenar la curva o a que sobrepasemos la capacidad del sistema. Tenemos que blindar nuestros hospitales y proteger a nuestros sanitarios. Tenemos que proteger a los más débiles, a los más susceptibles de enfermar e incluso morir, no solo por el virus sino por el colapso sanitario. Las personas mayores con patologías previas son las más vulnerables.
Por eso, todas estas medidas que nos están anunciando son tan importantes. Son difíciles, incómodas, nos afectarán económicamente, pero son necesarias. Lo mejor para un virus es mucha gente, muy junta y moviéndose. Cuanto menos nos movamos y más separados estemos, mejor.

10 consejos básicos para #FrenarLaCurva: Que no cunda el pánico, estar alerta no es alarma.

Lávese las manos con frecuencia y ponga en práctica buenos usos al estornudar y toser.

Ejerza el distanciamiento social: no dé besos, abrazos, saludos de mano. Busque alternativas.

No acuda a sitios con mucha gente: eventos culturales, deportivos y de entretenimiento.

Evite viajar si no es totalmente imprescindible. Reduzca sus viajes en transporte público.

Si puede, reduzca reuniones y trabaje desde casa.

Si tiene algún síntoma, quédese en casa y use los teléfonos indicados para ello.

No vaya al hospital si no es absolutamente imprescindible.

Cuide y proteja especialmente a las personas más vulnerables, con patologías previas y mayores de edad.

Sobre todo mantenga la calma, también hay buenas noticias sobre el coronavirus.

Esto pasará, pero tenemos que conseguir frenar el golpe. Recuerde: ¡la vacuna eres tu! 

Ignacio López-Goñi, Universidad de Navarra - elperiodico.com
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LA PLAGA Y LA ESTUPIDEZ


El viernes hablaba con un amigo sobre el maldito virus. Le decía que se nos había acabado la época de larga y confortable seguridad. Pero negó mi argumento: ¿acaso no recuerdas a los niños que pasaron la polio? ¿No recuerdas el tifus? ¿No recuerdas el miedo que nos daba la rabia en perros y gatos? En efecto, concedí, en los años cincuenta de mi infancia, la amenaza de la polio era habitual. Un primo mío necesitaba lo que ahora llamamos exoesqueleto para caminar, pues la atrofia de las piernas era frecuente entre los enfermos que conseguían salvarse. Muchos otros morían por causa del poliovirus, felizmente erradicado. Cierto: a principios de los sesenta, la muerte seguía siendo compañera habitual de la vida: las enfermedades infecciosas eran corrientes; y la existencia cotidiana estaba llena de peligros que padres y maestros te recordaban sin cesar: “¡Lávate las manos!”.

El hecho es, sin embargo, que en los últimos 40, 50 años desapareció el miedo a las enfermedades en general (salvo el cáncer, que ha sido el último reducto del mal, aunque cada vez más cercado por la ciencia). Apareció el sida sí, pero acotado a unos determinados colectivos y asociado a prácticas de riesgo (y tan pronto como se descubrió un remedio, la principal práctica de riesgo, la promiscuidad, volvió a ser aplaudida como expresión del ideal hedonista dominante). También la muerte desapareció de las casas. Recluida en los hospitales, escondida a los niños, se delega a los asépticos tanatorios, que convierten el ritual más ancestral de la humanidad (el entierro) en un trámite corto, desinfectado, cinematográfico.

Estamos en guerra contra un enemigo invisible, pero ellos siguen bailando

La pérdida del miedo a las enfermedades y la muerte ha sido compatible con una histeria infantil ante el más pequeño tropiezo vital: los centros de salud –lo explican siempre los médicos– están llenos de pacientes más sabios que el doctor. Pacientes que exigen una cura rápida, expeditiva y adecuada a lo leído en Wikipedia. Unos rechazan las vacunas, otros discuten la medicina desde un herbolario posmoderno. Algunos encuentran en Twitter las mejores recetas.

La relativización de la enfermedad y la muerte (sumada a la generalización, mediante internet, de la osadía de los ignorantes) ha desembocado en otra de las características de nuestra época: la intolerancia a la dificultad y una exigencia de seguridad absoluta. Cualquier imprevisto en la salud debe ser resuelto de inmediato. Todos los accidentes tienen que tener
un culpable. Más aún, la desaparición de la muerte ha implicado la valoración del peligro: un joven que sube al Everest en zapatillas y salta alegremente por los picos alpinos es el nuevo héroe de los jóvenes que no pasan las noches del fin de semana empapados en alcohol. Los deportes de riesgo se han multiplicado entre los jóvenes sanos. Cuando más alta es la exigencia al Estado de seguridad, más irresponsable es el flirteo con el riesgo. No puede extrañar, por consiguiente, la irresponsabilidad de los que han aprovechado el cierre de la universidad para llenar discotecas, ni la falta de cordura de los que, cuando ya Madrid había cerrado escuelas, volaban hacia Liverpool para animar al Atlético. No puede extrañar la desfachatez de los que, habiéndose declarado estado de alarma, huían a la residencia de verano favoreciendo la exportación del virus.

Con el gran impulso económico de los años sesenta, los occidentales disfrutamos de un formidable periodo de prosperidad y despreocupación que empezó tambalearse con el sida y el atentado a las Torres Gemelas. Desde entonces, parecen llover los problemas: la evidencia destructiva del cambio climático, las migraciones, el yihadismo, la gran crisis económica, el fin de la era del petróleo y la difícil gestación de la energía verde, la agonía del libro, la explosión de las redes sociales, la emergencia colosal de China. En esta transición del confortable mundo seguro que hemos conocido al incierto mundo al que desembocamos presionados por acontecimientos inquietantes o espantosos, una única cosa es cierta: no estamos preparados ni técnica ni psicológicamente para enfrentarnos a las nuevas dificultades. Con el Covid-19 ha llegado el primero de los virus para los que no estábamos preparados. Estamos en guerra contra un enemigo invisible, pero muchos de nosotros seguimos creyendo que la fiesta no ha terminado.

Después que las ratas purulentas y unas extrañas muertes trastornen la vida de Orán, el doctor Rieux y el científico Castel se encuentran, en la célebre novela de Camus, y llegan a la conclusión de que ha estallado la peste. El narrador piensa: “Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen ‘esto no puede durar, es demasiado estúpido’. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre. Uno se daría cuenta de ello, si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas”. Pues ya están de nuevo aquí. - Antoni Puigverd - lavanguardia.com

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CATORCE DÍAS y QUINCE NOCHES


La crisis del Coronavirus nos ha mostrado con toda su crudeza la enorme fragilidad de nuestros sistemas sociales y económicos. De todos, aunque unos muestren más sus efectos de destrucción que otros. 
Lo que nos está sucediendo, no por previsto nos ha llevado a una sensación de irrealidad, que se debe al hecho de que por primera vez nos está ocurriendo algo real, que no es una distopia cinematográfica o literaria. Es decir, nos está ocurriendo algo a todos juntos y al mismo tiempo, algo que se supone no nos deberia de haber pasado  a nosotros. Confinados 14 dias en casa tendremos tiempo para reflexionar y replantearnos muchas cosas, aunque habria que evitar el concepto que la crisis nos da una nueva oportunidad.
En plena tormenta económica, y después de aguantarlos con paciencia durante cuatro años, prometí en el 2012 (explica Josep Martí Blanch) que llegaría a las manos con quien pronunciara delante de mí la frase “en chino, la palabra 'crisis' no existe, ellos la llaman 'oportunidad'”.  Incumplí la promesa, por supuesto. Primero, porque era tan solo una 'boutade'. Y segundo, porque de no hacerlo me hubiese pasado el día repartiendo y recibiendo tortazos.
En esta crisis, tenemos un grupo aparte, toda una  juventud metida de lleno en pautas consumistas, en un uso de las redes sociales dirigido al entretenimiento y que tiene dificultades para entender que la crisis del coronavirus también va con ella. Pero también hay gente joven organizándose para ayudar a vecinos con problemas, haciendo la compra, no dejándoles abandonados. La crisis vuelve a poner encima de la mesa la oposición entre solidaridad y egoísmo, como siempre,,puesto que no hay nada nuevo, nada que no haya sicedido antes, sólo que en nuestra soberbia lo habíamos olvidado yu pensábamos que en una sociedad avanzada y teconológica como lña nuestra una cosa así no nos podia suceder.
En estos catorce días y quince noches que permaneceremos recluidos en casa, recuperaremos viejos hábitos, largamente olvidados, cada uno tendrá los suyos, todos válidos por igual, y no sólo hábitos, también afectos; sólo añadir, que después de estos 14 días no echemos en saco roto los buenos propósitos que nos plantearemos, tanto nosotros como nuestros Gobernantes, aunque, para que nos vamos a engañar, volveremos a caer en los mismos excesos y errores, como debe ser tratándose de los homínidos.

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EL CUENTO DE LA LECHERA


Hay que prometer poco y bien. Si se quebranta este principio se aterriza de morros en los incumplimientos que nadie, a excepción de los cínicos, soporta con agrado. En plena tormenta económica, y después de aguantarlos con paciencia durante cuatro años, prometí en el 2012 que llegaría a las manos con quien pronunciara delante de mí la frase “en chino, la palabra 'crisis' no existe, ellos la llaman 'oportunidad'”.  Incumplí la promesa, por supuesto. Primero, porque era tan solo una 'boutade'. Y segundo, porque de no hacerlo me hubiese pasado el día repartiendo y recibiendo tortazos.

Así que no voy a renovar los votos de saltar encima de nadie ahora que empiezan a multiplicarse los adalides que ven en el coronavirus una oportunidad. Pero contradecirles, eso sí. Miren, no estamos ante ninguna oportunidad. Estamos ante dos desastres. Uno de salud pública y otro económico.
Cada mesías de la oportunidad aporta sus argumentos para convencernos de los beneficios futuros de lo que nos está pasando. Para unos, lo importante es que vamos a descubrir las virtudes del teletrabajo. Para otros, que por fin aprenderemos que tenemos que relocalizar la industria que fabrica productos básicos. Otros, más esotéricos, afirman en un ejercicio de optimismo sin límite que cuando esto se acabe habremos cambiado la manera que tenemos de estar en el mundo. Será posible gracias a la lección de humildad que nos habrá propinado la madre naturaleza. Una lección que, por supuesto, habremos aprendido. Seremos más responsables, viajaremos menos y recuperaremos el gusto por las pequeñas cosas.
El cuento de la lechera - Todo ello nos permitirá firmar por fin el armisticio definitivo con el planeta y ser más felices y comer, hasta el hartazgo, perdices. Propongo un final para este cuento de la lechera: los ayuntamientos aprueban mociones para bautizar en señal de agradecimiento plazas y calles como Covid-19 y el plenario de la ONU da el visto bueno a señalar en el calendario el Día Internacional del Coronavirus. Colorín, colorado.

La crisis económica que se alargó desde el 2008 hasta el 2014 ni nos hizo mejores ni nos permitió aprender gran cosa. Bueno, alguna sí. Ahora los bancos están más vigilados y los organismos de supervisión se toman las cosas menos a la ligera. Pero en general, las consecuencias verdaderamente importantes de todo aquello fueron que nos tornamos más pobres, vulnerables y miedosos. Y ninguna de estas cosas hace del mundo un lugar mejor. Todo lo contrario, como ha podido verse en el último quinquenio.

En las próximas semanas y meses, salvo un milagro que no esperamos, va a caer la productividad, descenderá el consumo y van a perderse muchos puestos de trabajo. Las medidas de los gobiernos para controlar, dentro de lo posible, el avance del virus provocarán una parte de estas consecuencias y el miedo de la población y de los inversores hará el resto. Este es el escenario que se nos viene encima. ¿Cenizo? No hay optimismo más sólido que el que nace del realismo.
Es hora de apretar los dientes. De seguir a pies juntillas las recomendaciones de las autoridades sanitarias y confiar en ellas. De sacar de la dieta informativa todo lo que no venga avalado por la voz de un experto y de dejar trabajar a los gobiernos en la implementación de las medidas sanitarias que estos consideren. Sin rechistar y sin intentar sacar ventaja.

Que dure poco - Y en el plano económico, a las medidas de inyección de liquidez y relajación del déficit anunciadas por la UE, y al paquete de iniciativas que el Ejecutivo español ha puesto encima de la mesa, se les debe exigir dos cosas: que sean solo las primeras de muchas más y que sean efectivas de verdad, no tan solo titulares.
Hay quien sueña en un mundo sin aviones, sin cruceros, sin turismo, sin fábricas y en el que todos consumimos productos de proximidad al tiempo que disfrutamos de tiempo libre a manos llenas porque hemos hecho realidad una nueva manera de trabajar para la humanidad entera. Hay quien incluso lo cree posible. Para estos, efectivamente, el coronavirus es una oportunidad. Entre ellos, muchos son gente que puede llenar el cesto con productos ecológicos que cuestan más dinero, que tienen bula para viajar porque para ellos sí resulta imprescindible hacerlo -se llaman a sí mismos viajeros, no turistas- y, como desarrollan su trabajo delante de un ordenador, han llegado a la conclusión de que los turnos y la presencia física en el puesto de trabajo es tan solo una rémora prescindible del pasado.

Otros nos conformamos con menos. Que dure poco, que enferme cuanta menos gente mejor y que el daño económico sea también el menor posible. Porque una crisis, tengan los chinos palabra o no para referirse a ella, es una crisis. Y no trae nada bueno. Eso sí lo aprendimos del 2008 al 2014. - Josep Martí Blanch - elperiodico.com
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HISTORIAS FANTÁSTICAS


Historia fantástica - Contar la historia del día en que el fin del mundo se suspendió por mal tiempo.

El espejo que no podía dormir - Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico.

Humorismo - El humorismo es el realismo llevado a sus últimas consecuencias. Excepto mucha literatura humorística, todo lo que hace el hombre es risible o humorístico. En las guerras deja de serlo porque durante éstas el hombre deja de serlo. Dijo Eduardo Torres: “El hombre no se conforma con ser el animal más estúpido de la Creación; encima se permite el lujo de ser el único ridículo”.

Sinfonía concluida

–Yo podría contar –terció el gordo atropelladamente– que hace tres años en Guatemala un viejito organista de una iglesia de barrio me refirió que por 1929 cuando le encargaron clasificar los papeles de música de La Merced se encontró de pronto unas hojas raras que intrigado se puso a estudiar con el cariño de siempre y que como las acotaciones estuvieran escritas en alemán le costó bastante darse cuenta de que se trataba de los dos movimientos finales de la Sinfonía inconclusa así que ya podía yo imaginar su emoción al ver bien clara la firma de Schubert y que cuando muy agitado salió corriendo a la calle a comunicar a los demás su descubrimiento todos dijeron riéndose que se había vuelto loco y que si quería tomarles el pelo pero que como él dominaba su arte y sabía con certeza que los dos movimientos eran tan excelentes como los primeros no se arredró y antes bien juró consagrar el resto de su vida a obligarlos a confesar la validez del hallazgo por lo que de ahí en adelante se dedicó a ver metódicamente a cuanto músico existía en Guatemala con tan mal resultado que después de pelearse con la mayoría de ellos sin decir nada a nadie y mucho menos a su mujer vendió su casa para trasladarse a Europa y que una vez en Viena pues peor porque no iba a ir decían un Leiermann* guatemalteco a enseñarles a localizar obras perdidas y mucho menos de Schubert cuyos especialistas llenaban la ciudad y que qué tenían que haber ido a hacer esos papeles tan lejos hasta que estando ya casi desesperado y sólo con el dinero del pasaje de regreso conoció a una familia de viejitos judíos que habían vivido en Buenos Aires y hablaban español los que lo atendieron muy bien y se pusieron nerviosísimos cuando tocaron como Dios les dio a entender en su piano en su viola y en su violín los dos movimientos y quienes finalmente cansados de examinar los papeles por todos lados y de olerlos y de mirarlos al trasluz por una ventana se vieron obligados a admitir primero en voz baja y después a gritos ¡son de Schubert son de Schubert! y se echaron a llorar con desconsuelo cada uno sobre el hombro del otro como si en lugar de haberlos recuperado los papeles se hubieran perdido en ese momento y que yo me asombrara de que todavía llorando si bien ya más calmados y luego de hablar aparte entre sí y en su idioma trataron de convencerlo frotándose las manos de que los movimientos a pesar de ser tan buenos no añadían nada al mérito de la sinfonía tal como ésta se hallaba y por el contrario podía decirse que se lo quitaban pues la gente se había acostumbrado a la leyenda de que Schubert los rompió o no los intentó siquiera seguro de que jamás lograría superar o igualar la calidad de los dos primeros y que la gracia consistía en pensar si así son el allegro y el andante cómo serán el scherzo y el allegro ma non troppo y que si él respetaba y amaba de veras la memoria de Schubert lo más inteligente era que les permitiera guardar aquella música porque además de que se iba a entablar una polémica interminable el único que saldría perdiendo sería Schubert y que entonces convencido de que nunca conseguiría nada entre los filisteos ni menos aún con los admiradores de Schubert que eran peores se embarcó de vuelta a Guatemala y que durante la travesía una noche en tanto la luz de la luna daba de lleno sobre el espumoso costado del barco con la más profunda melancolía y harto de luchar con los malos y con los buenos tomó los manuscritos y los desgarró uno a uno y tiró los pedazos por la borda hasta no estar bien cierto de que ya nunca nadie los encontraría de nuevo al mismo tiempo –finalizó el gordo con cierto tono de afectada tristeza– que gruesas lágrimas quemaban sus mejillas y mientras pensaba con amargura que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo unas páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba.
Este cuento tiene la particularidad de que en él no hay ni puntos ni comas.

AUGUSTO MONTERROSO
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