SUFRAGIO UNIVERSAL

En 1955 If, revista dedicada a la ciéncia ficción, publicaba Franchise, un relato de Isaac Asimov. En estas páginas el prolijo escritor y divulgador narraba unas elecciones como las que celebramos en España vada cuatro años, o antes. Pero en Franchise no están los alcaldables del 28-5, ni Sánchez, Feijóo y el resto de oponentes, ni siquiera los votantes. Asimov imagina todo el proceso reducido y simplificado a la acción de una máquina, Multivac, nombre usado por el escritor para dar nombre a varios artefactos en sus cuentos. En esta ocasión, la máquina es la piedra angular de la "mayor democracia electrónica del mundo". Ella se encarga de seleccionar un elector hombre (sí, excluye a las mujeres), entre 20 y 60 años, para que sea quien decida quién es el mejor candidato para ocupar el Gobierno, en este caso el despacho oval. 
Sufragio universal

Linda, de diez años, era la única de la familia que parecía contenta de estar despierta.
Norman Muller la oyó a través del coma provocado por los somníferos. (Había logrado dormirse hacía apenas una hora, más por agotamiento que por el sueño en sí.)
Linda estaba junto a la cama, sacudiéndolo.
-Papi, papi, despierta. ¡Despierta!
Norman Muller ahogó un gruñido.
-De acuerdo, Linda.
-¡Pero, papi, hay más policías que nunca! ¡Con coches pa­trulla y todo!
Norman Muller se dio por vencido y se incorporó sobre los codos. Comenzaba el día. Fuera despuntaba el alba, una pince­lada gris que no contribuía a levantarle el ánimo. Su esposa pre­paraba el desayuno en la cocina. Su suegro, Matthew, carras­peaba con estruendo en el cuarto de baño. Sin duda el agente Handley ya lo estaba esperando.
Era el día.
¡El día de las elecciones!

Había sido como todos los años. Tal vez un poco peor, por­que era año de elección presidencial, pero, en todo caso, no peor que los demás años de elección presidencial.
Los políticos peroraban sobre el grandioso electorado y la vasta inteligencia electrónica a su servicio. La prensa anali­zaba la situación con ordenadores industriales (el Times de Nue­va York y el Post-Dispatch de St. Louis tenían sus propios orde­nadores) y publicaba indicaciones de los resultados. Comentaristas y columnistas señalaban el Estado y el condado decisivos en fe­liz contradicción el uno con el otro.
El primer indicio de que no sería como todos los años apa­reció cuando Sarah Muller le dijo a su esposo, la noche del 4 de octubre (cuando faltaba exactamente un mes para las elecciones):
-Cantwell Johnson dice que Indiana será el Estado este año. Es la cuarta persona que me lo dice. Imagínate que sea nues­tro Estado esta vez.
Matthew Hortenweiler apartó su rostro fofo del periódico y miró con severidad a su hija.
-A esos tíos les pagan por mentir -gruñó-. No les escuches.
-Cuatro personas, padre -replicó suavemente Sarah-. Todos dicen Indiana.
-Indiana es un Estado clave, Matthew -intervino Nor­man, con igual suavidad- a causa de la Ley Hawkins-Smith y ese desbarajuste en Indianápolis. Es...
Matthew torció la cara en una mueca amenazante y lo interrumpió ásperamente:
-Nadie menciona Bloomington ni el condado de Monroe, ¿verdad?
-Bien... -empezó Norman.
Linda, que volvía su carita de barbilla afilada de uno a otro según hablaban, preguntó con voz chillona:
-¿Votarás este año, papi?
Norman sonrió dulcemente.
-No creo, querida.
Pero esto ocurría en la atmósfera cada vez más acalorada de un mes de octubre en un año de elección presidencial, y en su vida apacible Sarah soñaba con grandes cosas para su familia.
-¿No sería maravilloso? -suspiró.
-¿Que yo votara?
Norman Muller tuvo un pequeño bigote rubio que le daba un aire seductor a ojos de Sarah, pero que al encanecer se había convertido en simplemente insípido. Lucía en la frente arrugas profundas nacidas de la incertidumbre, y jamás albergó la pre­tensión de haber nacido grande ni la de alcanzar la grandeza en ninguna circunstancia. Tenía a su esposa, su empleo y su hijita y, excepto en extraordinarias circunstancias de euforia o depresión, consideraba que había cerrado un buen trato con la vida.
Así que sintió un poco de embarazo y mucha inquietud ante el rumbo que seguían los pensamientos de su esposa.
-Hay doscientos millones de personas en el país, querida, y, con esas probabilidades, no creo que debamos perder el tiempo pensando en ello.
-Pero, Norman -objetó su esposa-, no son doscientos mi­llones, y lo sabes. Ante todo, sólo son elegibles las personas de vein­te a sesenta años de edad, y siempre son hombres, así que eso nos deja unos cincuenta millones contra uno. Luego, si es Indiana...
-Entonces significa un millón doscientos cincuenta mil contra uno. No aceptarías semejante apuesta en una carrera de caballos, ¿verdad? Cenemos en paz.
-Una maldita tontería -masculló Matthew desde detrás del periódico.
-¿Votarás este año, papi? -repitió Linda.
Norman meneó la cabeza y todos pasaron al comedor.

El 20 de octubre, Sarah estaba cada vez más excitada. Mien­tras tomaban café anunció que la señora Schultz, cuyo primo era secretario de un miembro de la asamblea, decía que todas las «apuestas sensatas» apuntaban hacia Indiana.
-Dice que el presidente Villers dará un discurso en Indianápolis.
Norman Muller, que había tenido un día difícil en la tienda, enarcó las cejas y guardó silencio.
Matthew Hortenweiler, siempre insatisfecho con los políticos de Washington, declaró:
-Si Villers da un discurso en Indiana, es porque piensa que Multivac escogerá Arizona. Ese zoquete no tendría agallas para acercarse más.
Sarah, que ignoraba a su padre cada vez que era posible hacerlo con cortesía, dijo:
-No sé por qué no anuncian el Estado en cuanto pueden y, luego, el condado y demás. Así las personas eliminadas po­drían relajarse.
-Si hicieran semejante cosa -observó Norman-, los po­líticos seguirían los anuncios como buitres. En cuanto se supie­ra el municipio, tendrías un par de diputados en cada esquina.
Mattbew entornó los ojos y se acarició airadamente el pelo canoso y ralo.
-Son buitres, de cualquier modo. Escucha...
-Papi... -murmuró Sarah.
Pero Matthew continuó con voz resonante:
-Escucha, yo ya vivía cuando instalaron Multivac. Dijeron que terminaría con las políticas de facción. No se gastaría más dinero de los votantes en campañas. Ya no habría mequetrefes sonrientes que alcanzaran el Congreso o la Casa Blanca bajo in­mensa presión e impulsados por una campaña publicitaria. El re­sultado fue que hubo más campañas que nunca, sólo que a cie­gas. Envían tíos a Indiana poda ley Hawkins-Smith y otros a California, por si el caso Joe Hammer se vuelve crucial. Yo digo que habría que terminar con estas gansadas. Regresar al viejo...
-¿No quieres que papi vote este año, abuelo? -preguntó Linda.
Matthew clavó en la niña una mirada fulminante.
-Pues no te importa. -Se volvió hacia Norman y Sarah-. En un tiempo yo votaba. Iba a la cabina, manipulaba las palancas y votaba. Era sencillo. Simplemente decía: este sujeto es mi hom­bre y voto por él. Así debería ser.
-¿Tú votaste, abuelo? -exclamó Linda-. ¿De veras?
Sarah se inclinó hacia delante para detener lo que fácilmente podría transformarse en una anécdota incongruente circulando por el vecindario.
-No es nada, Linda. El abuelo no quiere decir que votara de verdad. Todos votaban de esa manera, entre ellos tu abuelo, pero no era votar de veras.
-No fue cuando yo era niño -rugió Matthew-. Tenía veintidós años y voté por Langley y era votar de veras. Mi voto no valía mucho, tal vez, pero valía tanto como el de cualquiera, igual que el de cualquier otro. Y no había Multivac que te...
-Bien, Linda -intervino Norman-. Es hora de acostar­se. Y deja de hacer preguntas sobre el voto. Cuando crezcas, comprenderás.
La besó con aséptica dulzura y Linda se alejó a regañadientes, impulsada por los empellones de la madre y por la promesa de que podría poner el vídeo hasta las nueve y cuarto si se daba pri­sa con el ritual del baño.
Llegó el viernes 31 de octubre.
-Abuelo -dijo Linda, y se quedó con la cabeza gacha y las manos a la espalda hasta que el abuelo bajó el periódico y mostró las cejas hirsutas y los ojos rodeados por arrugas.
-¿Sí?
Linda se acercó y apoyó ambos brazos en una de las rodillas del hombre, obligándolo a dejar el periódico...
-Abuelo, ¿de veras votaste una vez?
-Eso me oíste decir, ¿no? ¿Crees que miento?
-No, pero mamá dice que entonces votaban todos.
-Así es.
-Pero ¿cómo? ¿Cómo podían votar todos?
Matthew la miró solemnemente, la alzó y la sentó sobre su rodilla.
Incluso moderó su vozarrón:
-Verás, Linda, hasta hace cuarenta años todos votaban siempre. Supongamos que queríamos decidir quién debía ser el nuevo presidente de Estados Unidos. Los demócratas y los re­publicanos nominaban a alguien, y todos decían a quién que­rían. Cuando terminaba el día de elecciones, se contaba cuántas personas querían al demócrata y cuántas al republicano. Quien obtenía más votos resultaba electo. ¿Entiendes?
Linda asintió con la cabeza y dijo:
-¿Cómo sabía la gente a quién votar? ¿Multivac se lo decía?
Matthew frunció las cejas con severidad. -Simplemente, usaban su buen juicio, niña. -Ella se apartó un poco, y él volvió a bajar la voz-: No estoy enfadado con­tigo, Linda. Verás, a veces se tardaba toda la noche en hacer el recuento y la gente se impacientaba. Así que inventaron máqui­nas especiales para escrutar los primeros votos y comparados con los votos de los mismos lugares en años anteriores. Así la máquina podría computar cómo sería la votación total y quién resultaría electo. ¿Entiendes?
Linda asintió con la cabeza.
-Como Multivac.
-Los primeros ordenadores eran mucho más pequeños que Multivac. Pero las máquinas crecieron y pudieron deducir el re­sultado de los comicios a partir de menos votos cada vez. Al fin, construyeron Multivac, que puede deducido a partir de un so­lo votante.
Linda se alegró de haber llegado a un tramo conocido de la historia.
-Esto está bien -dijo.
Matthew frunció el ceño.
-No, no está bien. No quiero que una máquina me diga cómo habría votado yo, sólo porque un bromista de Milwau­kee dice que está contra el aumento de tarifas. Tal vez yo quie­ra votar caprichosamente porque me apetece. Tal vez no quiera votar. Tal vez...
Pero Linda se había bajado de la rodilla y se batía en retirada.
Encontró a su madre en la puerta, quien, aún con el abrigo puesto y sin ni siquiera haber tenido tiempo de quitarse el som­brero, jadeó:
-¡Quita del medio, Linda. No andes estorbando! -Y, mien­tras se quitaba el sombrero y se ahuecaba el cabello, le dijo a Matthew-: He estado con Agatha.
Matthew la miró severamente y ni se dignó a gruñir mientras cogía el periódico.
Sarah se desabotonó el abrigo.
-Adivina qué me ha dicho.
Matthew desplegó el periódico con un ruido crujiente.
-No me interesa.
-Papá... -objetó Sarah. Pero no tenía tiempo para enfadarse. Necesitaba contar la noticia y Matthew era el único in­terlocutor disponible, así que continuó-: El marido de Agatha es policía, y dice que un camión entero de agentes secretos lle­gó anoche a Bloomington.
-Pues no me buscan a mí.
-¿No entiendes, papá? Agentes secretos, y es casi día de elecciones. En Bloomington.
-Tal vez buscan a un atracador de bancos.
-Hace años que no asaltan un banco en esta ciudad... Papá, eres incorregible.
Y salió de la habitación.

Norman Muller tampoco recibió la noticia con gran entusiasmo.
-Bien, Sarah, ¿cómo supo el marido de Agatha que eran agentes secretos? -preguntó con calma-. No llevan tarjetas de identificación pegadas en la frente.
Pero a la noche siguiente, el primero de noviembre, Sarah pudo exclamar triunfalmente:
-En Bloomington todos esperan que un lugareño sea el votante. El News de Bloomington lo dijo por vídeo.
Norman se inquietó. No podía negarlo, y se le encogía el corazón. Si el rayo de Multivac caía en BIoomington, eso signi­ficaría reporteros, espectáculos de vídeo, turistas, toda clase de contrariedades. Norman gustaba de su rutina apacible, y el distante rumor de la política se aproximaba en forma alarmante.
-Son meros rumores -dijo.
-Espera y verás. Sólo espera y verás.
Sucedió que hubo muy poco tiempo de espera, pues la cam­panilla sonó con insistencia y, cuando Norman Muller fue a atender, un hombre alto y de rostro grave preguntó:
-¿Es usted Norman Muller?
-Sí -gimió Norman.
Por el porte del desconocido, era obvio que gozaba de cier­ta autoridad, y la índole de su misión resultó tan obvia como imposible había parecido un instante atrás.
El hombre presentó sus credenciales, entró en la casa, cerró la puerta y manifestó ritualmente:
-Señor Norman Muller, debo informarle, en nombre del presidente de Estados Unidos, de que le han escogido para representar al electorado norteamericano el martes 4 de noviembre de 2008.

Norman Muller caminó tambaleándose hasta una silla. Pá­lido y aturdido, se quedó sentado mientras Sarah le llevaba agua, le palmeaba las manos con alarma y suplicaba, apretando los dientes:
-No te descompongas, Norman. No te descompongas o escogerán a otro.
Cuando Norman atinó a hablar, susurró:
-Lo lamento, señor.
El agente del servicio secreto se quitó el abrigo, se desabo­tonó la chaqueta y se repantigó en el sofá.
-No se preocupe -dijo. Su cara oficial parecía haberse di­sipado con el anuncio oficial, dejando sólo a un hombre corpu­lento y campechano-. Es la sexta vez que hago el anuncio y he visto toda clase de reacciones. Ninguna fue como las que se ven en el video. ¿Entiende a qué me refiero? Un semblante santu­rrón y un personaje que declama: «Será un gran privilegio ser­vir a mi país». -Se rió tranquilizadoramente. La risa simultá­nea de Sarah denotó un grado de histeria-. Ahora, ustedes contarán con mi compañía por un tiempo. Me llamo Phil Hand­ley, aunque pueden llamarme Phil. El señor Muller ya no pue­de salir de la casa hasta el día de las elecciones. Tendrá que co­municar a la tienda que él está enfermo, señora Muller. Usted puede continuar con sus quehaceres, pero deberá prometer que no dirá una palabra sobre esto. ¿De acuerdo, señora Muller?
Sarah movió la cabeza vigorosamente.
-No, señor. Ni una palabra.
-De acuerdo. Pero, señora Muller -agregó Handley asumiendo una expresión grave-, esto no es broma. Salga sólo si es necesario, y alguien la seguirá. Lo lamento, pero así debemos operar.
-¿Me seguirán?
-No será evidente. No se preocupe. Y sólo durante dos días, hasta que se haga el anuncio formal a la nación. Su hija...
-Está acostada -se apresuró a decir Sarah.
-Bien. Tendrá que decirle que soy un pariente o un amigo que se aloja con la familia. Si averigua la verdad, habrá que retenerla en casa. El padre de usted deberá quedarse dentro, de todos modos.
-No le gustará -observó Sarah.
-Qué remedio. Ahora bien, como aquí no vive nadie más...
-Parece que lo saben todo sobre nosotros -jadeó Norman.
-Bastante -Convino Handley-. En todo caso, ésas son mis instrucciones por el momento. Trataré de colaborar y de no molestar. El Gobierno pagará mi mantenimiento, así que no re­presentaré ningún gasto para ustedes. De noche me relevará al­guien que se instalará en este cuarto, de modo que no habrá pro­blemas para dormir. Ahora bien, señor Muller...
-¿Sí?
-Llámeme Phil -insistió el agente-. El propósito de este preliminar de dos días antes del anuncio formal consiste en que usted se acostumbre a su posición. Preferimos que se enfrente a Multivac como una cosa normal. Relájese y trate de pensar que esto forma parte de un día de trabajo. ¿De acuerdo?
-De acuerdo -dijo Norman, y luego sacudió la cabeza-. Pero yo no quiero esta responsabilidad. ¿Por qué yo?
-Bien, aclaremos eso. Multivac sopesa toda clase de fac­tores conocidos, miles de millones. Pero hay un factor que constituye una incógnita y que lo será por mucho tiempo. Es el patrón reactivo de la mente humana. Todos los estadouni­denses están sujetos a la presión moldeadora de lo que hacen y dicen otros compatriotas suyos, a lo que les hacen a ellos y a lo que ellos hacen a otros. Cualquier norteamericano puede comparecer ante Multivac para que le examinen sus tenden­cias mentales. Eso permite estimar la tendencia de todas las mentes del país. Unos ciudadanos son mejores que otros para tal propósito en un momento dado, según los acontecimientos de ese año. Multivac le ha escogido a usted como el más re­presentativo del presente año. No el más listo ni el más fuer­te ni el más afortunado, sólo el más representativo. Ahora bien, nadie pone en tela de juicio a Multivac, ¿cierto?
-¿No podría cometer un error?
-No le haga caso, agente -interrumpió Sarah, que escu­chaba con impaciencia-. Está nervioso. De hecho, es una per­sona muy instruida y siempre sigue la actualidad política.
-Multivac toma las decisiones, señora Muller -sentenció Handley-. Y escogió a su esposo.
-¿Pero Multivac lo sabe todo? -insistió Norman-. ¿No podría cometer un error?
-Sí, podría. No hay por qué no ser franco. En 1993, el votante seleccionado murió de apoplejía dos horas antes de la notificación. Multivac no lo previó, no podía preverlo. Un vo­tante podría ser mentalmente inestable, moralmente inepto o simplemente desleal. Multivac no puede saber todo sobre to­dos si no se le suministran todos los datos existentes. Por eso, siempre tenemos candidatos de reserva. No creo que esta vez sean necesarios. Usted goza de buena salud, señor Muller, y ha sido cuidadosamente investigado. Reúne las condiciones necesarias.
Norman hundió la cara en las manos y se quedó inmóvil.
-Estará perfectamente bien mañana por la mañana, señor agente -aseguró Sarah-. Sólo tiene que acostumbrarse.
-Por supuesto -dijo Handley.

En la intimidad de la alcoba, Sarah Muller se expresó con un tono mucho más enérgico. Su filípica culminó así:
-Así que recobra la compostura, Norman. Quieres desperdiciar una oportunidad irrepetible.
-Me asusta, Sarah -susurró Norman-. Todo el asunto.
-¿Por qué, por amor de Dios? Sólo tienes que responder a un par de preguntas.
-La responsabilidad es demasiado grande. No podría hacerle frente.
-¿Qué responsabilidad? No hay tal cosa. Multivac te escogió. Es responsabilidad de Multivac. Todos lo saben.
Norman se irguió en la cama, con un súbito acceso de rebeldía y angustia.
-Se supone que todos lo saben. Pero no es así. Todos...
-Baja la voz -chistó Sarah-. Te oirán hasta en el centro. -Todos piensan de otro modo -murmuró Norman-. Cuando hablan del Gobierno de Ridgely de 1988, ¿dicen que los conquistó con promesas quiméricas y pamplinas racistas? ¡No!, hablan del «maldito voto de MacComber», como si Humphrey MacComber fuera el único hombre que tuvo que ver con eso, porque le tocó enfrentarse a Multivac. Yo mismo lo he dicho; sólo ahora pienso que ese pobre tío era un granjero que no pidió que lo escogieran. ¿Por qué fue más culpable que los demás? Ahora su nombre es una maldición.
-No seas pueril.
-Soy sensato. Te digo que no aceptaré, Sarah. No pueden obligarme a votar si no quiero. Diré que estoy enfermo. Diré...
Sarah se hartó.
-Escúchame -susurró con furia glacial-. No tienes que pensar sólo en ti. Sabes bien lo que significa ser el votante del año. Y un año de elección presidencial, nada menos. Significa publicidad y fama, y tal vez mucho dinero...
-Y luego volveré a ser un empleado.
-De ningún modo. Serás directivo de una sucursal si tienes algo de seso, y lo tendrás, porque yo te diré qué tienes que hacer. Tú controlarás la publicidad si sabes jugar tus ba­zas, y puedes obligar a la tienda a firmar un contrato estric­to, con cláusula de ajuste proporcional y un plan de jubila­ción decente.
-Ése no es el propósito de ser votante, Sarah.
-Pues será tu propósito. Si tú no te mereces nada, si yo no me merezco nada, y que conste que no estoy pidiendo nada pa­ra mí, Linda sí se lo merece.
Norman gruñó.
-¿O no? -rezongó Sarah.
-Sí, querida -murmuró Norman.

El 3 de noviembre se hizo el anuncio oficial y era ya dema­siado tarde para que Norman se retractara aunque se hubiera ar­mado del coraje suficiente.
La casa fue acordonada. Los agentes secretos dejaron de ocultarse y cerraron el paso a todo el mundo.
Al principio, el teléfono sonaba sin cesar, pero luego Philip Handley atendía todas las llamadas disculpando a la familia con una sonrisa conmovedora. Después, la central desvió todas las llamadas a la jefatura de policía.
Norman suponía que así no sólo le evitaban las efusivas (¿y envidiosas?) felicitaciones de los amigos, sino la tremenda pre­sión de vendedores que olfateaban un negocio y las intrigas de políticos de todo el país. Incluso las amenazas de muerte de los inevitables chiflados.
Se prohibió la entrada de periódicos en la casa, para evitar presiones, y la televisión fue desconectada con cordialidad, pe­ro con firmeza, a pesar de las estentóreas protestas de Linda.
Matthew se encerró gruñendo en su habitación; Linda, des­pués del primer revuelo de excitación, puso cara larga y se quejó por no poder salir de la casa; Sarah dividía el tiempo entre las co­midas que preparaba para el presente y los planes que trazaba pa­ra el futuro; y la depresión de Norman se alimentaba de sí misma.
Y al fin llegó la mañana del martes 4 de noviembre de 2008, el día de las elecciones.

Sarah sirvió el desayuno temprano, pero el único que co­mió fue Norman Muller, y de un modo maquinal. Ni siquiera la ducha y el afeitado lo devolvieron a la realidad ni le eliminaron la convicción de que tenía tan mal aspecto por fuera como por dentro.
La cordial voz de Handley se esmeró para arrojar un velo de normalidad sobre ese amanecer gris e inhóspito.
(El pronóstico anunciaba un día nublado, con perspectivas de lluvia antes del mediodía.)
-Mantendremos la casa aislada hasta el regreso del se­ñor Muller -les informó Handley-, pero luego les dejaremos en paz.
El agente secreto iba vestido con el uniforme al completo, incluidas las armas cortas en fundas con tachas de bronce.
-No han sido ustedes ninguna molestia, señor Handley -dijo Sarah, con voz meliflua.
Norman bebió dos tazas de café solo, se limpió los labios con una servilleta y se levantó.
-Estoy preparado -anunció con un hilo de voz.
Handley también se levantó.
-Muy bien. Gracias, señora Muller, por su amabilísima hospitalidad.
El vehículo blindado avanzaba por calles desiertas. Estaban desiertas aun siendo ya aquella hora de la mañana.
Handley señaló ese detalle y comentó:
-Siempre desvían el tráfico de nuestra ruta, desde el intento terrorista que casi arruinó la elección Leverett en el 92.
Cuando el coche se detuvo, el cortés Handley guió a Nor­man hacia una calzada subterránea, cuyas paredes estaban bor­deadas por soldados en posición de firmes.
Lo condujeron a una sala iluminada donde tres hombres de uniforme blanco lo saludaron con una sonrisa.
-Pero esto es el hospital -observó Norman, con extrañeza.
-Eso no tiene importancia -le explicó Handley-. El hospital tiene el equipo necesario.
-Bien, ¿qué hago ahora?
Handley hizo un gesto con la cabeza. Uno de los tres hombres de blanco se aproximó.
-Yo me haré cargo, agente.
Handley saludó informalmente y se marchó.
-Siéntese, por favor, señor Muller -dijo el hombre de blanco-. Soy John Paulson, jefe de informática. Estos son mis ayudantes, Samson Levine y Peter Dorogobuzh.
Norman les dio la mano. Paulson era un hombre de talla mediana, con un rostro blando, que parecía habituado a son­reír, y un peluquín muy evidente. Llevaba gafas de plástico, de estilo anticuado, y encendió un cigarrillo mientras hablaba. (Nor­man rechazó el que le ofreció.)
-En primer lugar, señor Muller -empezó Paulson-, quie­ro que sepa que no tenemos prisa. Queremos que se quede to­do el día con nosotros si es necesario, para que usted se habitúe al entorno y supere toda sensación de que hay algo inusitado en esto, algo analítico, si entiende a qué me refiero.
-Está bien -dijo Norman-. Cuanto antes terminemos, mejor.
-Comprendo cómo se siente. Aun así, queremos que sepa bien de qué se trata. Ante todo, Multivac no está aquí.
-¿No?
Aun en medio de su depresión, Norman ansiaba ver Multivac. Decían que tenía más de un kilómetro de longitud y tres pi­sos de altura, y que cincuenta técnicos recorrían continuamente los pasillos de la estructura. Era una de las maravillas del mundo.
Paulson sonrió.
-No. No es portátil. Está situada bajo tierra, y muy pocas personas saben exactamente dónde. Supongo que entiende por qué, pues es nuestro recurso natural más importante. Créame, no se usa sólo para las elecciones.
Norman pensó que el hombre sólo parloteaba para tranquilizarlo pero, de todos modos, sentía curiosidad.
-Creí que lo vería. Me gustaría verlo.
-Sin duda. Pero se requiere una orden presidencial y, aun así, Seguridad debe confirmada. No obstante, estamos conec­tados con Multivac mediante transmisión por haces. Lo que di­ce Multivac se puede descifrar aquí, y lo que decimos se trans­mite directamente a Multivac, así que en cierto modo estamos en su presencia.
Norman miró en tomo. Las máquinas de la habitación le resultaban ininteligibles.
-Me explicaré, señor Muller -continuó Paulson-. Mul­tivac ya tiene toda la información que necesita para decidir to­das las elecciones nacionales, estatales y locales. Sólo necesita verificar ciertas actitudes mentales imponderables, y lo utiliza­rá a usted para eso. No podemos predecir qué preguntas le ha­rá, pero quizá no tengan mucho sentido para usted y ni siquie­ra para nosotros. Tal vez le pregunte qué opina de las trituradoras de basuras de la ciudad, o si le interesan los incineradores cen­trales. Quizá le pregunte si tiene médico de cabecera o si usa los servicios de Medicina Nacional. ¿Comprende?
-Sí, señor.
-Sea cual sea la pregunta, responda lo que usted piensa y como le plazca. Si cree que debe dar explicaciones, hágalo. Hable durante una hora, si es necesario.
-Sí, señor.
-Una cosa más. Tendremos que usar algunos aparatos sencillos, que registrarán automáticamente la presión sanguínea, el pulso cardíaco, la conductividad cutánea y el patrón de ondas cerebrales mientras habla. La maquinaria lo intimidará, pero es totalmente indolora. Ni siquiera sabrá qué está ocurriendo.
Los otros dos técnicos ya estaban trabajando con aparatos relucientes, montados sobre ruedecillas aceitadas.
-¿Es para saber si miento o no? -preguntó Norman.
-En absoluto, señor Muller. No nos importan las mentiras, sólo la intensidad emocional. Si la máquina le pregunta su opinión sobre la escuela de su hija, usted puede decir: «Creo que hay un exceso de alumnos». Son sólo palabras. Por el modo en que funcionan el cerebro, el corazón y las glándulas hormona­les y sudoríparas, Multivac puede juzgar la intensidad de sus sen­timientos sobre el tema. Comprenderá sus sentimientos mejor que usted mismo.
-Nunca había oído hablar de eso.
-No, claro que no. Los detalles concernientes al funcionamiento de Multivac son en su mayoría absolutamente se­cretos. Por ejemplo, cuando usted se marche, le pedirán que firme un papel jurando que nunca revelará el tipo de pregun­tas que le hicieron, la índole de sus respuestas, qué se ha he­cho, cómo se hizo. Cuanto menos se sepa sobre Multivac, me­nos probabilidades habrá de que los técnicos sufran presiones externas. -Sonrió de un modo siniestro-. Nuestra vida ya es bastante difícil de por sí.
Norman asintió con la cabeza.
-Entiendo.
-Y ahora ¿desea comer o beber algo?
-No. Nada de momento.
-¿Tiene alguna pregunta?
Norman sacudió la cabeza.
-Entonces, avísenos cuando esté preparado.
-Estoy listo ya.
-¿Seguro?
-Seguro.
Paulson llamó a los demás con un gesto. Se acercaron con su temible equipo, y Norman Muller sintió que se le aceleraba la respiración.

El suplicio duró casi tres horas, con una breve interrupción para el café y una embarazosa sesión con un orinal. Durante to­do ese tiempo, Norman Muller permaneció cubierto de maqui­naria. Al final estaba agotado.
Pensó sardónicamente que su promesa de no revelar nada de lo ocurrido sería fácil de mantener. Las preguntas ya se di­luían en un revoltijo mental.
Había supuesto que Multivac hablaría con voz sepulcral, so­brehumana y resonante, pero, a fin de cuentas, era sólo una idea que se había formado al ver muchos programas de televisión. La realidad fue desconsoladoramente prosaica. Las preguntas eran tarjetas de papel metálico con muchas perforaciones. Una se­gunda máquina convertía las perforaciones en palabras, y Paul­son leía esas palabras, le entregaba la pregunta a Norman y per­mitía que la leyera él.
Las respuestas se recogían en un magnetófono y las repetían para que Norman las confirmara, y también se grababan las en­miendas y los añadidos. Todo eso se introducía en la máquina perforadora y, a su vez se transmitía a Multivac.
La única pregunta que Norman recordaba era incongruentemente chismosa: «¿Qué opina del precio de los huevos?».
Ya había terminado, y suavemente le quitaron los electro­dos, le desabrocharon la banda pulsátil del brazo y se llevaron la maquinaria.
Norman se levantó y soltó un suspiro trémulo y profundo.
-¿Es todo? ¿He terminado?
-Aún no. -Paulson se le acercó con una sonrisa tranquilizadora-. Tendremos que pedirle que se quede una hora más.
-¿Por qué? -preguntó Norman ásperamente.
-Nos llevará ese tiempo que Multivac distribuya los nuevos datos en los billones de apartados que posee. Esto atañe a miles de elecciones. Es muy complicado. Y quizás haya alguna competencia reñida, aquí y allá, por un puesto de interventor en Phoenix, Arizona, o por una concejalía en Wilkesboro, Carolina del Norte. En ese caso, tal vez Multivac deba hacerle un par de preguntas para zanjar la cuestión.
-No -protestó Norman-. No soportaré esto nuevamente.
-Tal vez no sea necesario -lo aplacó Paulson-. Rara vez ocurre. Pero, por si acaso, debe quedarse. -La voz se volvió ligeramente acerada-: No tiene usted opción. Debe quedarse.
Norman se sentó fatigosamente. Se encogió de hombros.
-Ahora no podemos permitirle leer ningún periódico -aña­dió Paulson-, pero si quiere una novela policíaca o jugar al aje­drez o cualquier otra cosa para ayudarle a pasar el tiempo, por favor, dígalo.
-Está bien. Simplemente esperaré.
Lo condujeron a una habitación pequeña contigua a la sala donde lo habían interrogado. Se desplomó en un sillón con fun­da de plástico y cerró los ojos.
Debía pasar esa última hora tan bien como pudiera.

Se quedó quieto y, poco a poco, se distendió. Respiró con más calma y pudo cerrar las manos sin que le temblaran los dedos.
Tal vez no hubiera más preguntas. Tal vez hubiera terminado.
Y, si había terminado, a continuación, vendrían las proce­siones de aduladores y las invitaciones para hablar en toda clase de actos. ¡El votante del año!
Él, Norman Muller, un simple empleado de unos gran­des almacenes de Bloomington, Indiana, que no había nacido grande ni había alcanzado la grandeza, se hallaría en la extra­ña situación de alguien a quien la grandeza le hubiera caído del cielo.
Los historiadores hablarían con aire circunspecto de la elec­ción Muller de 2008. Así se llamaría, elección Muller.
La publicidad, el mejor empleo y el torrente de dinero, que tanto interesaban a Sarah, ocupaban sólo un rincón de su men­te. Eso vendría bien, desde luego. No podía rechazarlo. Pero en ese momento había algo más.
Una agitación de patriotismo latente. A fin de cuentas, él representaba a todo el electorado. Para ellos, era el foco de aten­ción. ¡Él era, en su propia persona, durante ese solo día, todo el país!
La puerta se abrió, arrancándolo de sus ensoñaciones. Por un instante se le encogió el estómago. ¡Ojalá no hubiera más preguntas!
Pero Paulson sonreía.
-Es todo, señor Muller.
-¿No hay más preguntas?
-No será necesario. Todo estaba muy claro. Lo acompa­ñarán hasta su casa y usted volverá a gozar de su vida privada. En la medida en que el público se lo permita.
-Gracias, gracias. -Norman se sonrojó y agregó-: Me pregunto quién salió elegido.
Paulson sacudió la cabeza.
-Tendrá que esperar al anuncio oficial. Las reglas son muy estrictas. Ni siquiera podemos decírselo a usted. Lo comprende, ¿no?
-Claro. Sí.
Norman se sintió avergonzado.
-El servicio secreto tendrá todos los papeles que usted debe firmar.
-Sí.
De pronto, Norman Muller sintió orgullo. Un orgullo desbordante.
En ese mundo imperfecto, los ciudadanos soberanos de la primera y más grande democracia electrónica habían ejercido una vez más, a través de Norman Muller (¡sí, de él, precisa­mente!), su libre derecho al voto.




UN PROFESOR SUSPENDE A SUS ALUMNOS POR USAR ChatGPT

El profesor de Agricultura de la Universidad de Texas Jared Mumm tenía un plan para evitar que sus alumnos usasen ChatGPT para realizar sus trabajos de fin de curso: pedirle al propio sistema de inteligencia artificial que se chivase de los estudiantes que habían requerido de sus servicios. Copió, y pegó en el chatbox los ensayos recibidos y la máquina le respondió que más de la mitad de los escritos eran "suyos", así que el docente no dudó en suspender a los (presuntamente) fulleros. Pero los alumnos no habían hecho trampa, sino que fueron calumniados. Según ha explicado a Rolling Stone una persona conocedora de los hechos los alumnos acusados de copiar han sido privados temporalmente de sus diplomas de graduado. Tras recibir el chivatazo de ChatGPT, Mumm envió un correo electrónico el lunes al grupo de estudiantes informándoles de que había corregido las notas de sus tres últimas redacciones del semestre: varios de ellos habían recibido una "X" en el curso porque había comprobado si habían utilizado el software para escribir los trabajos y el bot afirmaba haber sido el autor de cada uno de ellos, argumentaba el profesor.

Chat GPT es una herramienta muy poderosa en manos de los docentes, pero sólo si se usa bien. “Copio y pego vuestras respuestas y dirá si ha generado el contenido”, advirtió a la clase, sin tener en cuenta que realmente ChatGPT no funciona así.  Lo que Mumm al parecer ignoraba es que el chatbot no está hecho para detectar material compuesto por IA, ni siquiera material producido por él mismo. Y se sabe que a veces emite información errónea perjudicial. 

Para demostrar la poca fiabilidad de ChatGPT a la hora de saber si una IA es la autora de un trabajo, el usuario de Reddit Delicious_Village112 decidió hacer un experimento: preguntó al chatbot si la tesis del profesor Mumm era producto de una inteligencia artificial y, efectivamente, ChatGPT aseguró que “El texto contiene varias características que concuerdan con el contenido generado por IA”. Afortunadamente para los alumnos, la universidad ha tomado cartas en el asunto y están “investigando el incidente y desarrollando políticas para abordar el uso o mal uso de la tecnología de IA en el aula”. 

Los estudiantes se reunirán ahora individualmente con Mumm tras el desastroso incidente de la IA que les ha podido costar el curso.




HABLAR CON EL ENFERMO

La irrupción de la covid ha cambiado la percepción de la opinión pública sobre la salud. Nunca ha habido tantos relojes inteligentes que recogen los pasos, las pulsaciones y todos los datos relacionados con el bienestar. Vivimos tiempos marcados por la dictadura de la era digital y muy pendientes de las transformaciones que van a llegar de la inteligencia artificial. Hoy en unos pocos segundos podemos saber de forma automática cientos de datos sobre nuestra salud sin necesidad de ir a ningún centro clínico ni recurrir a ningún aparato médico. Por eso es tan gratificante escuchar la voz de un sabio como el cardiólogo Valentín Fuster, que ayer intervino en Foros de Vanguardia para bajarnos de la nube y recordarnos la importancia de las viejas relaciones humanas. 

El cardiólogo defendió la importancia de las innovaciones científicas, pero dejó muy claro que “es ineludible” el contacto humano entre médico y paciente.

Para Fuster, la mayoría de los problemas se producen por razones emocionales y, por muy inteligentes que sean las aportaciones de la técnica, no hay nada como la interlocución humana. “Se está perdiendo la buena costumbre de hablar con el enfermo”, señaló. E igualmente podríamos añadir que también está desapareciendo la necesidad de meditar y hablar con uno mismo. 

No es el caso de Fuster, que explicó a su audiencia que empieza su jornada laboral a las 5 de la mañana en su despacho en el hospital Mount Sinai en Nueva York y durante 15 minutos para su reloj y no piensa en nada. Se limita a reflexionar sobre la jornada que tiene por delante. 

En su opinión, los ciudadanos de nuestro tiempo son demasiado reactivos, se pasan el día corriendo y no tienen pausa para meditar, cuando deberían ser todo lo contrario: proactivos. ¡Cuánta razón tiene! Hay otras formas de decirlo. 

Quien firma este artículo describe su trabajo como una locura con un caballo desbocado en la que la principal virtud que tiene cada día es la de dominar a la bestia para conducirla y que la bestia no lo lleve a él por el mal camino. 

Bienvenidas la pausa y la reflexión. Las aportaciones técnicas son necesarias, pero nunca como sustitutivo del factor humano.



LOS EUNUCOS DEL SIGLO XXI

El pensador israelí Yuval Noah Harari avisa en Madrid de los peligros de actualizar a los seres humanos y cree que aún nos queda potencial por desarrollar. El pensador afirma:“Los eunucos ya eran bioingeniería, y no fue una mejora para todos”

“Algo que nos enseña la historia es que los humanos somos muy buenos adquiriendo nuevos poderes, pero no somos muy buenos usándolos sabiamente”, advierte el pensador israelí Yuval Noah Harari. Para el autor de Sapiens y Homo Deus (Debate), la inteligencia artificial, la ingeniería genética y las interfaces cerebro-ordenador van a revolucionar la salud, los mercados de trabajo y nuestra privacidad. Pero, subraya explicando el ejemplo de los eunucos de los emperadores, que eran biotecnología primitiva, nunca está claro qué es una actualización y qué una degradación. Así que cree que antes de actualizar y modernizar a los seres humanos y crear superhumanos con consecuencias que desconocemos, apuesta por centrarnos en explorar y realizar el potencial humano existente, del que, asegura, estamos aún lejos.

Harari (Kyriat Atta, 1976), que ha abierto unas jornadas sobre el futuro de la salud organizadas por Sanitas en la Real Fábrica de Tapices de Madrid, se ha remontado a nuestros últimos siglos para expresar sus profundas preocupaciones por nuestro uso de las nuevas tecnologías. “Con el tiempo, hemos ganado control sobre el mundo que nos rodea y lo hemos usado, no muy sabiamente, para remodelar completamente el planeta. Y como no entendíamos la complejidad del sistema ecológico, los cambios que hemos introducido lo han desequilibrado completamente".

"En las próximas décadas ganaremos control sobre nuestro mundo interior y probablemente lo usaremos para remodelar nuestros cuerpos, cerebros y mentes. Pero como no entendemos la complejidad de esos cuerpos y mentes, los cambios pueden desequilibrar sin darnos cuenta nuestro mundo interior, nuestros sistemas internos”, ha lanzado.

“La gente siempre ha soñado con actualizarse, modernizarse, subir de nivel. Cada gran movimiento social y político ha querido rediseñar a los humanos y mejorarlos. El cristianismo, el budismo o el Islam además querían perfeccionarlos. El socialismo quería crear un nuevo hombre. El nazismo quería crear superhumanos. En épocas anteriores lo intentaban hacer a través de la ingeniería social, pero la biología siempre ponía un límite”, ha evocado, y ha recordado que el ideal de la iglesia católica era “abandonar el sexo”, que era “lo que esperaban de sus élites de sacerdotes, monjes y monjas”. “Por suerte, no tenían herramientas de bioingeniería”, ha remarcado.

Aunque ha razonado que ha existido bioingeniería desde hace milenios: “El ejemplo más llamativo lo llevaron a cabo los imperios que emergieron en China y Oriente Medio hace dos mil años. En ellos la mayor amenaza al emperador no venía de una revolución democrática sino de un golpe de sus subordinados, fueran gobernadores provinciales, generales o ambiciosos visires. Incluso si no lo amenazaban directamente podían buscar acumular riqueza, tierra y poder y transferirlo a sus hijos, estableciendo dinastías aristocráticas que desafiaban la supremacía de la familia imperial”. 

"Los eunucos no podían tener hijos, daba igual cuánto poder acumularan, no podían crear una dinastía competidora"

La solución de bioingeniería fue, cuenta, una simple operación quirúrgica: la castración. “Los eunucos no podían tener hijos, daba igual cuánto poder acumularan, no podían crear una dinastía competidora. Y por miles de años reyes y emperadores confiaron en eunucos para guardar sus palacios, administrar sus provincias e incluso liderar sus ejércitos. El más famoso almirante chino, Zheng He, fue un eunuco. ¿Quieres un puesto en la administración? No hace falta que envíes el curriculum, córtate los testículos y el puesto es tuyo”.

“Este antiguo ejemplo –ha subrayado Harari- nos enseña algo crucial de la bioingeniería: nunca está claro qué es una actualización o una degradación. Para el emperador, era una actualización de sus servidores. Para los eunucos las cosas debían tener otro aspecto”. Y ha recordado que hoy la bioingeniería puede estar pronto al servicio de todo tipo de regímenes en el mundo: “Los científicos que desarrollan estas tecnologías, aunque les parezca inconcebible que alguien las utilice para alguna ideología o fantasía radical, deben tomarse unos minutos de reflexión y pensar en el político que más temen del globo y pensar qué podría hacer con ellas”.

“Un futuro Hitler podría rediseñar nuestros cuerpos, cerebros y mentes”. Porque, subraya, la capacidad de rediseñar biológicamente a seres humanos cambia las reglas más básicas de la historia. El nazismo mató a millones y dejó profundas cicatrices en la sociedad, pero no pudo cambiar a la humanidad. La historia era como un videojuego en el que si la humanidad cometía algún error terrible podía volver a la pantalla previa e intentarlo de nuevo”. Ya no, porque “un futuro Hitler podría rediseñar nuestros cuerpos, cerebros y mentes”. Y de hecho, para reforzar sus tesis, ha recordado que desde los años sesenta se usan tests prenatales para identifica enfermedades pero también el sexo de los fetos. Eso en algunas partes del mundo con “ideas misóginas” ha llevado a abortar muchos fetos femeninos. En 2005 en la provincia china de Jiangxi entre los niños menores de cuatro años había 699 niñas por cada mil niños.

"Putin probablemente preferiría tener soldados inteligentes y disciplinados sin compasión, los eunucos del siglo XXI”. “Y estamos muy lejos de entender los entresijos del genoma o del cerebro humanos. Hay pocas cualidades controladas por un simple gen o neurona. Actualizar la inteligencia puede acabar haciéndose a costa de la compasión ¿Quién juzga los costes y beneficios de estas intervenciones? ¿Tiene los padres derecho a rediseñar a sus hijos como quieran? ¿O le toca a la sociedad decidir qué rediseños son obligatorios? Vladimir Putin probablemente preferiría tener soldados inteligentes y disciplinados sin compasión ni profundidad espiritual. Algo así como los eunucos del siglo XXI”. Y ha lamentado que podemos “perder mucho potencial sin darnos cuenta siquiera de que lo tenemos. Para evitar una calamidad histórica sin precedentes, por cada euro y cada minuto que gastamos en desarrollar inteligencia artificial o ingeniería genética deberíamos invertir otro euro y otro minuto en explorar y desarrollar nuestros cuerpos y mentes”.

Y ha concluido que la mayor revolución del siglo XX, la de las mujeres, no requirió bioingeniería sino “liberar el potencial sin utilizar de la mitad de la especie”. “El feminismo dio poder a mujeres como Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, las ganadoras del Nobel por desarrollar un método de edición genética. No todo el mundo puede ser un precursor, pero todo ser humano tiene potencial desconocido y sin utilizar, quizá para mayor creatividad, mayor compasión, mayor alegría”. - lavanguardia.com



UN TEMA FUERA DE CAMPAÑA

Los fríos índices del crecimiento de la inflación, especialmente de los alimentos, tienen consecuencias tangibles para la sociedad. No se ven en un primer momento, pero cuando pasan los meses las organizaciones humanitarias que trabajan a pie de calle descubren la dura realidad de muchas familias que ya no pueden vivir sin ayudas de terceros. La Cruz Roja cifró ayer que en Catalunya la pobreza extrema creció un 31%. No nos extenderemos mucho en explicar que este tema no está presente en la campaña electoral, que no lo está. Solo vale este pequeño artículo para tratar de influir, poco o mucho, en el ánimo de los lectores. El número de personas vulnerables en Catalunya no ha parado de crecer y la superación de la pandemia y la mejora de la economía no han llegado a todas estas capas de la población.
No todo está perdido. La Cruz Roja catalana cuenta con más de 217.000 socios a los que hay que sumar todos los voluntarios de tantas asociaciones que existen en el país para ayudar de forma desinteresada a los que se quedan por el camino. Cada domingo, en la sección Todos Solidarios , intentamos acercarnos a la realidad de estas entidades con el único objetivo de poner en valor la importancia de estas acciones. Las ganas de la gente en ayudar a los más necesitados son un hecho. No somos una sociedad egoísta y, lo que es más importante, muchos de los socios voluntarios son jóvenes.
Sin embargo, siendo esto muy importante, la que no puede fallar es la Administración. Y el tercer sector se queja con mucha razón de los problemas burocráticos que se arrastran para que las partidas destinadas a los más necesitados se puedan distribuir bien y a tiempo. Los gobiernos crean infinidad de palancas para ello, como el ingreso mínimo vital, la renta garantizada de ciudadanía o los subsidios de la ley de Dependencia, pero después todas estas ayudas cuesta mucho que lleguen a su destino.

Existe también mucha pobreza infantil y hay una parte de población de personas mayores que viven en una situación de gran vulnerabilidad. No se hablará de todo esto en la campaña, ni será traída esta noticia en ningún diario, pese a que la publica Jordi Juan el director de la vanguardia, como tampoco fue llevada ayer el salvaje asesinato de una mujer embarazada en Manresa. El número de mujeres asesinadas en España, es superior, contando a partir de 2001, a las victimas d'ETA. 

Pero las portadas de hoy son la derrota del Madrid, los tiestos de Ayuso o las vomitivas declaraciones de Pedro Rollàn. El 31% de aumento de pobreza extrema, no sólo en Catalunya y las víctimas de la violencia de género parecen no ser de las noticias que interesan a la gente.


NUESTROS HIJOS FACHAS

Me ha parecido muy interesante el artículo de Marta Nebot, "Nuestros hijos fachas", en 'Público'. Tocaba teclas de un aparatoso clavicordio que tengo metido en la cabeza desde hace tiempo, y que ha estado sonando con insistencia cada vez que me invitaban un instituto o una universidad a dar una charla en los últimos años, explica Juan Soto Ivars. Algunos chicos que he conocido allí me han inducido a hacerme preguntas divertidas que van en la línea de lo que Nebot expresa como angustiosa preocupación. La periodista se recrea en la tendencia observada entre los amigos de izquierdas: cada vez les salen más hijos de derechas. Cita también la estadística que dice que cada vez más jóvenes (uno de cada cinco hombres, una de cada diez hembras) califican la violencia de género de "invento ideológico" y recoge el dato de crecimiento del voto en Vox entre la franja más baja a edad de los votantes. "Veo a gente de izquierdas teniendo hijos de derechas y no veo lo contrario", explica.
La extrema derecha quiere cambiar el mundo. Y mucha gente está convencida de que eso es lo que el mundo necesita. Con combinaciones de nacionalismo, posiciones antiestado, xenofobia, racismo y misoginia, pero también guiños a la comunidad LGBTI y consignas ecologistas, con un aura de incorrección y novedad que atrae a los jóvenes, las llamadas "derechas alternativas" están protagonizando una revolución en la política occidental: orgullosas, levantan las banderas de la indignación y la rebeldía que eran la marca registrada de la izquierda. El progresismo, mientras tanto, entre el desconcierto y el gesto despectivo, se abroquela en la corrección política y corre el riesgo de volverse parte del statu quo.

Trump y Bolsonaro dejaron en claro que es hora de tomarse en serio las ideas de las derechas reaccionarias, aunque parezcan moralmente condenables o ridículas y, sobre todo, de entender cómo su discurso defensivo, sus líderes carismáticos y escandalosos y su provocación constante están logrando representar a muchos de los que se perciben postergados en las sociedades contemporáneas, también en la Argentina. Esa es la propuesta de Pablo Stefanoni en este libro revelador, en el que construye una síntesis histórica de estos movimientos y muestra cómo han ido moldeando a los libertarios contemporáneos y a otras formas híbridas y en principio sorprendentes, como el anarcocapitalismo, el homonacionalismo y el ecofascismo.

Con el troleo en las redes como estrategia de guerrilla cultural y el meme como instrumento político, desde foros de internet y videos de YouTube, en plataformas como 4chan y Twitter, estos grupos están convirtiendo el fanatismo subterráneo en distintas formas de adhesión pública cada vez más visible, de la vestimenta al voto, del manifiesto en la web a la acción violenta en las calles, expresiones muchas veces legitimadas por líderes en el poder.

Este libro, que viene a llenar un vacío de obras en español sobre el tema, no condena a priori: escucha los argumentos y se pregunta cómo puede la izquierda enfrentar esta revolución antiprogresista. O, dicho de otro modo, cómo puede recuperar la bandera de la transgresión, que con inteligencia le fue arrebatada por esta extrema derecha cool que decidió dejar de habitar en los márgenes.


¿LA REBELDIA SE VOLVIÓ DE DERECHAS? - Pablo Stefanoni 


OTRO TEXTO SOBRE LA NATURALEZA

"La naturaleza no es natural". Trataremos de justificar nuestra oposición a la naturaleza: olvidemos demasiado fácilmente que ella misma, en sus manifestaciones más típicas —el campo, el bosque, la senda, etcétera— resulta de una conquista del hombre y de una paciente tarea . No podemos escribir más que una historia del campo. Quien contempla su armonía observa el fin o aspecto externo, despreciando los medios, la maquinaria subyacente. Ha sido necesario, durante generaciones, desbrozar, plantar, talar, podar, alinear: los vegetales y los animales, al mismo tiempo, ponen a la vista opciones y operaciones. En resumen, la naturaleza no es natural.
A esta pretendida realidad en sí —nacida del arte [por tanto, obra de la humanidad]—, que sobrepasaría al hombre, lo precedería e incluso lo inspiraría, y que él debería, en consecuencia, preservar y respetar, le reconocemos al menos una característica importante: ella se ofrece a nuestras elaboraciones. Constituye una especie de material plástico que permite y pide transformaciones; en resumen, la naturaleza invita, no a la conservación, sino a la artificialidad. No pide sino ser manipulada, manejada, reglada.


 La Maítrise du vivant - Francis Dagognet


SEÑALES DE APOCALIPSIS


En una reunión reciente, un amigo al que aprecio y respeto por sus conocimientos tanto técnicos como humanísticos me miró fijamente y me dijo: El tema de la IA es mucho más tremendo de lo que os imagináis. Puede llevar a la extinción de la raza humana. Si una inteligencia superior a la nuestra, y esta lo será, decide que constituimos una amenaza para su existencia, actuará en consecuencia.

¡Caramba!, exclamé. Y tras superar el inicial escalofrío le observé:

–Quizá ocurra como tú dices, pero estábamos avisados. Desde la película de Kubrick 2001 Una odisea del espacio, todos teníamos la percepción de que en algún momento aparecería una inteligencia artificial más lista que nosotros, y quizás agresiva…

Es posible en efecto que lo que viene tenga consecuencias catastróficas, aunque prefiero creer que constituirá un elemento positivo para el avance humano. Y doy por sentada la necesidad de un control público, como expresaba el lunes en estas páginas Francesca Bria a Miquel Molina. Pero lo que me llama la atención es la rapidez con que resurge en nuestra sociedad el espíritu apocalíptico.

La idea de que la humanidad en su conjunto corre peligro es recurrente, desde los terrores medievales del año 1000 hasta el pánico a lo extraterrestre popularizado por H.G. Wells, la alarma nuclear y las infinitas novelas y series distópicas en oferta. Pero las predicciones apocalípticas generan reacciones encontradas. No las podemos tomar al pie de la letra porque la angustia no nos dejaría vivir. Tampoco a broma porque suelen tener una base bastante real.


Liberados del pánico por la covid, nos asalta una nueva inquietud por la humanidad


En la fase crítica de la pandemia (2020-2021), el espíritu apocalíptico se desató. Ahora parece que hemos medio olvidado aquella covid que tanto dolor produjo. Ya liberados, nos amenaza la inteligencia artificial. 

El primer texto apocalíptico, elaborado por Juan, o san Juan, en la isla de Patmos, con su relato simbólico de una gran batalla entre las fuerzas del bien y del mal, acaba de forma esperanzada, con el anuncio de la nueva Jerusalén. A propósito del debate sobre la IA, hace poco otro amigo se quejaba: “¡Qué mundo tan horroroso estamos dejando a nuestros hijos!”.


Le respondí con una frase del pensador José Antonio Marina:


–No pienses en qué mundo dejas a tus hijos, sino en qué hijos dejas a tu mundo.



                                                                Sergio Vila-Sanjuán - lavanguardia.com




LA CIUDAD INDEFENSA

 



Desde esta semana, Sabadell cuenta con un nuevo operador funerario. La empresa Mémora, con presencia en numerosas poblaciones catalanas, entre ellas Barcelona y Hospitalet, ofrecerá los servicios en la ciudad: “Sabadell era la única ciudad grande del área metropolitana que sólo tenía un operador funerario, y esto lo que hace es no fomentar la libertad de elección de las familias. Nosotros queremos ofrecer una forma diferente de atender a las familias”, explica Josep París, director de desarrollo de Mémora. La llegada de esta empresa culmina un largo proceso de Mémora en su intento de establecerse en la ciudad, cinco años después de la negativa por parte del gobierno cuatripartito de instalar un tanatorio en la Rambla Iberia, y de la pandemia de la Covid-19, que en otro escenario habría "acelerado" su llegada. Carmen Estrada en ctxt, narra su experiencia personal, pero que nos afecta a todos.

Frente a los demás es posible procurarse seguridad, pero en lo tocante a la muerte todos los seres humanos habitamos una ciudad indefensa. -  Epicuro. Fragmento A31

No hace mucho asistí al entierro de una amiga en un pueblo pequeño. Era una mujer joven, no creyente y con conciencia de la emergencia climática. En el tanatorio encontré su cuerpo maquillado, refrigerado, con un ropaje de aspecto sintético, en el preceptivo ataúd de madera con asas y crucifijo de metal. Al iniciarse el cortejo, un sacerdote católico dijo un responso y, una vez en el cementerio, la introdujeron en un nicho de hormigón que taparon provisionalmente con ladrillos en espera de la definitiva losa de mármol. Una gran cantidad de flores, organizadas sobre soportes en forma de coronas, expresaban torpemente el cariño de los muchos amigos que dejaba. 

Aquella desoladora escena, tan poco acorde con la vida y el pensamiento de mi amiga, fue posible porque la muerte es un tema tabú que rara vez aparece en nuestras conversaciones, lo que impide cualquier tipo de planificación. Sin embargo, la muerte es un proceso natural que afecta a todos los seres vivos por igual y que como tal debería ser tratada: hablar de ella con naturalidad, poner los medios para que se produzca de forma digna y planear nuestro entierro de acuerdo con las ideas con las que hemos vivido. 



Si la muerte está ausente en las conversaciones privadas, más aún lo está en el discurso público. No forma parte de los temas que un candidato a cualquier cargo institucional suele tratar. Hablar de la muerte no da votos. La consecuencia de ello es que la muerte queda a cargo fundamentalmente de quienes hacen negocio con ella, y son sus intereses económicos y no nuestras convicciones los que prevalecen. 


Casi todos los cementerios españoles fueron inicialmente construidos como cementerios monumentales, en los que tanto la piedra como elemento no perecedero como el arte que se procuraba en las sepulturas –al menos para aquellos que podían costeárselas– trataban de evocar la añorada eternidad que se suponía seguiría a la muerte. Con los años y el crecimiento de la población, la imagen que predomina en los cementerios actualmente es la de extensiones de tumbas de mármol compactadas y muy similares entre sí, que alternan con la verticalidad de paredes de nichos, osarios y columbarios. La omnipresencia del hormigón, revestido de granito o mármol, el plástico de muchos ornamentos, el uso de herbicidas, y la vegetación escasa y controlada suponen un impacto medioambiental considerable. Por otra parte, la simbología religiosa es omnipresente y resulta casi imposible sustraerse a ella. Ningún otro tipo de enterramiento está permitido por la ley.

La incineración es la opción por la que optan casi la mitad de los españoles actualmente. Aunque se considera menos dañina desde el punto de vista medioambiental, supone un importante consumo de combustibles fósiles y una expulsión a la atmósfera de gases de efecto invernadero y otros contaminantes. Además, el destino que se da a las cenizas tampoco es inocuo, pues las que se conservan en los cementerios lo hacen en columbarios particulares o en depósitos comunes que, de nuevo, implican nuevas construcciones.

La emergencia climática obliga ahora más que nunca a hacer una reflexión sobre nuestras costumbres funerarias. Por ello, desde comienzos de este siglo ha surgido un movimiento internacional para dar prioridad a la sostenibilidad en los rituales y procedimientos funerarios, intentando que sean menos consumidores de recursos y menos contaminantes, al mismo tiempo que más conectados con la naturaleza. La actuación más relevante en este sentido ha sido la creación de cementerios naturales.

Sobre las tumbas se deja crecer la vegetación, aunque está permitido colocar alguna señalización discreta.

Se trata de cementerios localizados en espacios naturales de interés ecológico o paisajístico en los que los cuerpos, introducidos en ataúdes o sudarios de materiales biodegradable, son inhumados directamente en la tierra, sin material constructivo alguno, lo que permite una descomposición natural con un impacto mínimo sobre el medioambiente. Sobre las tumbas se deja crecer la vegetación, aunque está permitido colocar alguna señalización discreta. Si el terreno no es arbolado, plantones de árboles autóctonos en la proximidad de las tumbas permiten su reforestación a medida que avanza la zona de enterramiento. El mantenimiento del lugar se hace sin pesticidas, herbicidas ni fertilizantes. No se trata de crear un parque domesticado ni un jardín con un césped impoluto, sino una pradera o un bosque.

Esta práctica resulta reconfortante para muchas personas que sienten que, a través de la muerte, sus cuerpos pasan a formar parte del ciclo de la naturaleza, pero también es una forma de que espacios de interés por su biodiversidad o sus cualidades paisajísticas adquieran protección frente a posibles usos especulativos, al tiempo que proporcionan a la población circundante un espacio verde amable, relajante, de unión con la naturaleza, donde se pueden celebrar ceremonias de recuerdo, pero también pasear o realizar otras actividades propias de un parque público.

Actualmente existe un buen número de cementerios naturales en distintos países. En Reino Unido, el Natural Death Center agrupa actualmente a doscientos setenta, pero también Bélgica, Países Bajos o Francia, entre otros, han incorporado la idea. De forma paralela, investigaciones en curso intentan encontrar las condiciones naturales más adecuadas para que la transformación de los cuerpos en humus se produzca de forma rápida y evitando los procesos de putrefacción que tienen lugar en los enterramientos habituales en fosas o nichos. Esto sería fundamental si, ante la emergencia climática, los enterramientos naturales se convirtieran en una alternativa mayoritaria. 

Según la legislación vigente en nuestro país, cualquier cadáver ha de pasar por la industria funeraria.

Según la legislación vigente en nuestro país, que data de 1974 –momento en que España era una dictadura y aún no había evidencias científicas del cambio climático y la emergencia medioambiental–, cualquier cadáver ha de pasar por la industria funeraria. Estas empresas son las únicas autorizadas para trasladarlo, prepararlo para su exposición al público y conducirlo a su destino final en el cementerio o crematorio. También tienen la exclusiva de la venta de ataúdes y, por tanto, controlan sus precios. Muchas de sus actuaciones requieren una reflexión sobre su sostenibilidad. Así, los cadáveres se transportan en bolsas de plástico, se introducen en ataúdes de madera no controlada, laminado o conglomerado, con frecuencia importados de China, tratados con barnices, complementados con adornos metálicos y forrados o acolchados con tejidos sintéticos. Los cuerpos se pueden embalsamar si se desea y, en cualquier caso, son tratados con productos cosméticos para su exposición en las salas de los tanatorios. Las tradicionales coronas suelen estar fabricadas con flores de invernaderos, a veces de importación, insertadas sobre soportes de materiales plásticos y metálicos. 

Es cierto que algunas funerarias están ofertando actualmente servicios ecológicos. Se trata de ataúdes fabricados con maderas certificadas, barnizados al agua y revestidos de tejidos orgánicos en lugar de sintéticos, todo lo cual resulta en un incremento significativo del precio. Alternativamente, algunas empresas independientes han diseñado y fabricado ataúdes de cartón que reducen el gasto energético y los contaminantes resultantes de la incineración. Estos productos están homologados y se ofertan a precios muy reducidos, pero posiblemente debido a la presión de la industria funeraria, están teniendo serias dificultades para la autorización de su venta en la mayor parte de las comunidades.

Actualmente, según datos proporcionados por Funos, de un total de 1.100 operadores que existen en España, solo cinco de ellos tienen en sus manos el 60% del negocio funerario. Estas grandes empresas, además de dar los servicios, poseen tanatorios, cementerios y hornos crematorios. La primera de ellas es propiedad del fondo de inversiones canadiense OTPP.

Toda la población es cliente necesaria e inevitablemente de la industria funeraria. El volumen de negocio es por tanto seguro y espectacular. Como no tenemos el hábito de planificar nuestros ritos funerarios, los familiares del difunto se encuentran sin haberlo deseado en el papel de compradores de un producto sobre el que probablemente nunca han reflexionado. Urgidos por los plazos, no tienen tiempo para comparar distintas ofertas como solemos hacer en otro tipo de compras ni experiencia para diferenciar con claridad unas de otras. Las funerarias dirigen hábilmente al cliente hacia la oferta más conveniente para ellas. Y como después no se comparten esas experiencias, cada nuevo cliente llega desprovisto incluso de referencias de los que le precedieron.


Otra asignatura pendiente en nuestro tratamiento de la muerte es su desacralización. Un cementerio, un “camposanto”, se sigue considerando zona sagrada. En el cementerio municipal de Sevilla, de 288 calles que contiene, solo una llamada Aurora no tiene nombre de Cristo, de Virgen o de santo. En la gran mayoría de tanatorios, especialmente en lugares pequeños o para personas con escasos recursos, es difícil conseguir un lugar digno para hacer ceremonias de despedida en ausencia de símbolos religiosos. Hasta donde conocemos, solo la Generalitat catalana ha legislado en este sentido, promoviendo que los símbolos no sean fijos a fin de facilitar que cada grupo de usuarios pueda colocar los que desee en función de sus creencias y necesidades.

Es preciso, por tanto, una actualización de la legislación funeraria que permita formas de enterramiento más acordes con los nuevos tiempos y la situación del planeta, y que obligue a las empresas a proporcionar productos sostenibles a precios razonables. En este sentido sería interesante que los distintos niveles de la Administración, especialmente los ayuntamientos, impulsaran la creación de funerarias públicas o, alternativamente, de economía social, las cuales contribuirían sin duda a la transición ecológica imprescindible en esta materia. Pero también es necesario un cambio cultural que traiga el tema a las conversaciones, al intercambio de opiniones, a pensar en la muerte y a planificarla cuando se tiene salud. Para ello, el testamento vital es un buen instrumento y actualmente se encuentra a disposición de los ciudadanos. Porque de esa falta de atención por parte de la población en general se sirven los políticos para no tocar una legislación que puede resultar impopular e incluso incómoda, así como las empresas funerarias que, en ausencia de unas normas actualizadas, campan por sus respetos buscando impunemente el máximo beneficio económico.



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